La conspiración no debe ser exitosa para que la teoría cuente como una teoría conspirativa. Foto: Jeff Chiu, AP.

[S]i no se es un teórico de la conspiración en el sentido anodino de la palabra, entonces se es un idiota en el sentido griego de la palabra, es decir, se es alguien tan miope políticamente que no tiene opinión alguna sobre historia o asuntos públicos.
– Charles Pigden

En últimas fechas, parecieran estar en boga lo que algunos consideran, de forma generalmente despectiva, como teorías de la conspiración o teorías conspirativas. En realidad, lo que parece multiplicarse hoy en día son los argumentos y líneas de pensamiento que algunos ubican en esta categoría. Aparentemente, la extrema derecha internacional—que para algunos manifiesta tendencias proto-fascistas, “fascistoides” o llanamente fascistas—construye con mucha mayor frecuencia este tipo de teorías, y desinforma o manipula a la opinión pública a través de redes sociales, quizás como nunca antes en nuestra historia. En fechas recientes, he detectado—de forma cada vez más reiterada—acusaciones y señalamientos con la intención de deslegitimar argumentos o ideas tildándolos de desinformación o teoría conspirativa, o catalogando a personas como conspiranoicas o teóricas de la conspiración.

La desproporción en la supuesta aparición de estas “desafortunadas” teorías, nos lleva a tratar de entender mejor este fenómeno y, adentrándonos en la observación y el estudio del mismo, podemos apreciar algunas tendencias que vale la pena sistematizar. Pareciera ser que ahora una parte del mundo tuviera la verdad absoluta, mientras que otra parte (muy significativa también) se ha convertido es una masa acrítica de personalidades (en su mayoría de derecha) supersticiosas y ¿por qué no? un poco desquiciadas o locas. Aparentemente, estas personas no creen en la ciencia y se encuentran convencidas de una serie de ideas sin sentido, alimentadas por líderes manipuladores que las llevan a creer en disparates que no tienen ni un ápice de sustento o legitimidad.

En el mundo cada vez más maniqueo en el que vivimos, pareciera ser que la derecha conspiranoica, anti-científica y fascistoide es enemiga de la verdad, la ciencia, la inclusión y la diversidad. Cualquier referencia al marxismo cultural; el Gran Reinicio; los planes del Foro Económico Mundial; la imposición de la Agenda 2030 de la ONU para avanzar ciertos intereses denominados “globalistas”; la influencia en el manejo de la pandemia por parte de fundaciones filantrópicas privadas vinculadas a los grandes intereses farmacéuticos; la infiltración de movimientos sociales por intereses políticos o económicos (a veces transnacionales); la manipulación de las caravanas migrantes para fines político-electorales o geopolíticos; la utilización de la filantropía para influir en algunos procesos político-electorales y de geopolítica, entre otras ideas, recaen claramente en la categoría de teorías conspirativas según algunos analistas y medios de comunicación.

Estas temáticas, de acuerdo al denominado ‘mainstream’, los medios hegemónicos y la “gente sana mentalmente”, no deberían tomarse en serio—ni siquiera considerarse como alternativas para entender fenómenos políticos, sociales o económicos de interés. Según esta perspectiva, los argumentos que integran estas teorías carecen de fundamento, y se relacionan directamente con teorías aún más disparatadas sobre la existencia de los “Iluminados de Baviera” o “Illuminati”, los “terraplanistas/tierraplanistas”, los amos del mundo representados en el Club Bilderberg, la expansión del coronavirus a través de la tecnología 5G, el movimiento QAnon y la pedofilia del Pizzagate, entre otros. Al colocar todo esto en el mismo grupo, pareciera ser que los cerebros de muchas personas han dejado de funcionar, y que la verdad y la bondad sólo están reservadas para quienes creen en las denominadas sociedades abiertas, estableciendo, a través de los medios de comunicación formales y las empresas de Silicon Valley y la verificación de hechos (fact-checking), una especie de hegemonía cultural.

Como dice el Profesor Charles Pigden de la Universidad de Otago, experto en Filosofía de las Teorías de la Conspiración (https://www.otago.ac.nz/philosophy/dept/staff-pigden.html), la sabiduría convencional acerca de estos fenómenos señala que “no se debe creer en ellos.” De acuerdo con esta perspectiva, denominar una idea como “teoría de la conspiración” pone en duda su validez intelectual, y llamar a alguien “teórico de la conspiración” es sugerir que esta persona es “irracional, paranoica o perversa”. Frecuentemente “se piensa que las teorías conspirativas no sólo levantan sospechas, sino que son totalmente irracionales y demasiado tontas” o irrelevantes para merecer siquiera un esfuerzo por tratar de evaluarlas o refutarlas (Pigden, s.f., p. 1). Karl Popper, autor de La Sociedad Abierta y sus Enemigos (1945) y Conjeturas y Refutaciones (1963), entre muchos otros escritos, es uno de los principales críticos de estas teorías—o mejor dicho, de lo que interpreta son estas teorías.

Es una práctica común por parte de ciertos actores (políticos, empresarios y representantes de poderosos grupos de interés en general) desestimar argumentos críticos en su contra, tildándolos de teorías conspirativas. Es verdad que algunas de estas teorías carecen de sustento y que otras parecen ser demasiado extremas o inverosímiles—como algunas de las que mencionamos anteriormente. Sin embargo, en algunos casos y dada la manera en que se configura el poder, algunas de estas teorías no parecen descabelladas. Valdría pues la pena analizarlas con mayor detenimiento. Inclusive, podría ser recomendable intentar verificar algunas de estas ideas, que aunque plantean varias problemáticas para su verificación y evaluación, parecen razonables y si las analizamos y buscamos evidencia que las sustente, podrían brindarnos luz sobre las estructuras y relaciones de poder complejas que determinan ciertos procesos políticos, económicos, sociales o geopolíticos de gran interés.

Pigden hace una defensa magistral de estas teorías y se contrapone de manera frontal a las ideas de Karl Popper. En primer lugar, define claramente lo que es una teoría conspirativa, lo cual elimina el prejuicio o el carácter despectivo de otras concepciones sobre estas líneas de argumentación. Para Pigden, “una teoría conspirativa es simplemente una teoría que plantea una conspiración—es decir, un plan secreto diseñado por un grupo para influenciar eventos, en parte, a través de medios secretos. La conspiración no debe ser exitosa para que la teoría cuente como una teoría conspirativa, ni siquiera el plan de los conspiradores debe mantenerse en secreto. Una conspiración no debe dejar de serlo si ésta falla en alcanzar sus objetivos” (s.f., pp. 5-6).

En resumen, una teoría conspirativa es simplemente una teoría alternativa a la oficial que plantea una conspiración. En realidad, no representa una locura, ni es nada del otro mundo. Una teoría conspirativa no plantea necesariamente la existencia de una élite mundial que decide—sin fallar y sin conceder agencia alguna a los miembros de la sociedad—el futuro del mundo. Reducir a ese pensamiento el concepto de una teoría de conspiración parece pueril, al tiempo que denota ignorancia y falta de racionalidad. Las conspiraciones en la política a todos niveles son parte del día a día. Del mismo modo, forman parte de las relaciones internacionales y del comercio mundial. Es difícil entender plenamente las conspiraciones de cualquier tipo pues su carácter secreto es precisamente lo que las caracteriza y la mayoría de las veces no tenemos acceso a información clasificada o de primera mano con relación a su configuración, sus actores y sus dinámicas. Por lo tanto, es preciso especular en cierto modo e investigar redes y relaciones con limitado acceso a la información.

Las teorías de la conspiración, según Pigden, se reconocen como supersticiosas. Sin embargo, “la historia parece estar repleta de conspiraciones, algunas exitosas y otras no tanto”. ¿Por qué entonces [se pregunta Pigden] es tonto suponer que los eventos históricos son en ocasiones causados por una conspiración? Para este experto en teorías conspirativas, la crítica de Karl Popper a lo que él llama “la teoría conspirativa de la sociedad” (en la Sociedad Abierta) es una teoría firme, “sin embargo, es una teoría que ninguna persona [en su sano juicio] podría mantener”. Asimismo, “su falsedad es compatible con la prevalencia de las conspiraciones … Entonces, “la creencia de que es supersticioso plantear conspiraciones es, en sí misma, una superstición” (Pigden 1995, p. 3). Pigden también explica que, según la sabiduría convencional, “las teorías conspirativas no deben creerse, ni ser investigadas”. Pero, por el contrario, él piensa que en ocasiones se debe permitir “tanto investigarlas como creerlas”. Esta es, según su visión, una disputa en el seno de la ética de la creencia. Entonces, para Pigden, “la estrategia de formación de creencias para no creer teorías de la conspiración sería un desastre político y el equivalente epistémico a la auto-mutilación” (s.f., p. 1).

Estoy totalmente de acuerdo con este argumento. Como politólogos o científicos sociales debemos aceptar que las conspiraciones forman parte de la política misma, de los negocios y de las distintas formas de acceder al poder. Por último, es necesario reconocer que hay de conspiraciones a conspiraciones, y no es descabellado plantear conspiraciones (y tratar de investigarlas) desde la élite del poder. Los trabajos de Charles Wright Mills y autores más contemporáneos como Janine Wedel nos explican el comportamiento de esa élite, sus estrategias, conformación y su estructura. Y en esos relatos y sus respectivas teorías, se aspira a entender cómo la élite en el poder conspira para mantenerse en el poder y extender su capacidad de influencia.

No sorprende entonces que algunos políticos o personalidades que pertenecen a las élites del poder político y económico en el mundo reaccionen con virulencia ante algunas de las teorías que los involucran en alguna conspiración para mantener el poder o extender sus áreas de influencia. No obstante lo anterior, pareciera ser que ahora es cada vez más frecuente desestimar las críticas de este tipo tildándolas de teorías conspirativas o tildando al mensajero de conspiranoico, paranoico o supersticioso. Por ello, me parece preciso plantear una defensa de las teorías de conspiración en una sociedad que se dice o aspira a ser abierta.

Bajo la lógica popperiana, existe una nueva forma de censura en la era moderna. No se da cobertura a la idea o al tema que podría lastimar con su crítica a la élite en el poder. Cabe destacar que en nuestro tiempo parece ser que esta élite apoya en su gran mayoría los valores progresistas y a lo que denominan como “capitalismo inclusivo”. A estos valores los consideran de izquierda, y aunque no apoyan la lucha de clases, basan su nuevo proyecto (que continúa siendo capitalista) en el ambientalismo y las políticas de identidad. En este contexto, cualquier argumento en contra del ‘mainstream’ se califica de fascismo, anti-semitismo, xenofobia o teoría de la conspiración. Esta parece ser la nueva forma de censura del progresismo capitalista.

Referencias:

Pigden, Charles. 1995. “Popper Revisited or What is wrong with Conspiracy Theories?” The Philosophy of the Social Sciences 25(1): pp. 3-34.

Pigden, Charles. 2006. “Complots of Mischief.” En David Coady, ed., Conspiracy Theories: The Philosophical Debate. Aldershot, Ashgate: pp. 139-166.

Pigden, Charles. 2007. “Conspiracy Theories and the Conventional Wisdom.” Episteme: A Journal of social Epistemology 4 (2): pp 193-204.

Pigden, Charles. Sin fecha de publicación (s.f.). “Conspiracy Theories and the Conventional Wisdom Revisited.” https://philpapers.org/archive/PIGCTA-2.pdf.