Las palabras perduran en los colores, Casa Caracol, Xilitla. Foto Tomás Calvillo Unna.

En solidaridad con Sergio Aguayo

Porque en estos días hay una opción de cambio que depende no tanto del gobierno en turno sino de los ciudadanos. Y la opción está enfocada primero a vencer la amenaza que recae sobre la supervivencia de la nación misma; es decir, la violencia criminal en todas sus ramas que permea al estado mexicano, y a gran parte de la sociedad.

Es un hecho, la actual administración está rebasada en el tema de la seguridad, y eso no es nuevo; sólo se profundiza y expande una fractura sistémica que tuvo su origen inclusive antes del llamado periodo neoliberal. Es más complejo que las explicaciones ideológicas que suelen simplificar la realidad.

Lo cierto es que hoy, si los ciudadanos no se organizan y presionan a las autoridades desde lo local a lo nacional, éstas por omisión, complicidad, incapacidad o impotencia poco podrán a hacer ante la pérdida de la Paz social y el desmantelamiento de la vida civil, que la epidemia de la criminal violencia expande en esa densa sombra del terror.

Verdad, justicia y paz, en ese orden, la fórmula para empezar a revertir la decadencia nacional que implica la normalización de la barbarie.

¿Por dónde empezar? Por donde no han querido asumir, por el desafío de la verdad: sacudir y cortar en todos los partidos políticos (sin excepción) sus redes con el crimen; romper esa cohabitación de la clase política y la ilegalidad, y sus extremos de violencia y crueldad, que el capitalismo salvaje expresa en grupos delictivos que se apoderan de territorios y localidades, convirtiéndolas en el mapa de guerra de los cárteles.

Al igual que la clase política, los empresarios tienen que limpiar sus filas y dejar de ser cómplices por temor o ganancia de los corporativos criminales; que ya se dinamizan como franquicias entrelazándose con las economías regionales. Y lo mismo sucede con el sistema judicial, y el militar, y policíaco.

De ese tamaño es el reto.

La caminata que encabezaron Javier Sicilia, los LeBarón y decenas de víctimas provenientes de varias regiones del país, fue ante todo un acto de conciencia que irrumpe en medio de la polarización política y de la expansión de la violencia; un llamado a la sociedad y al estado para dinamizar otro lenguaje que libere y no encarcele, que señale horizontes y no se hunda en pantanos.

De ahí la presencia de más de 20 poetas que acompañaron y leyeron aquello que la poesía guarda: el sentido de la palabra que enmarca la misma condición humana.

La palabra grito, la palabra dolor, la palabra amor, la palabra confianza, la palabra verdad que erige la vida ante la muerte, la discierne, la ajusta a su medida, y la reta ante sus excesos. La palabra respiración: cada paso un verso, cada verso un latido cada latido una vida, cada vida un destino; caminamos verso a verso, latido a latido, paso a paso, entrelazando, zurciendo heridas y dolores.

La caminata alumbró los límites del idioma del poder, de sus estructuras y respuestas.

Si no se levanta el nivel del lenguaje de la clase política, vamos a ver pronto el estallido de la sinrazón expresada en escenas como la que se presentó el domingo 26 de enero en el zócalo; donde un “piquete de personas” fueron usadas para agredir a la victimas que después de tres días de camino en silencio fueron a entregar un documento.

Ese incidente no es menor, refleja la cañería del poder, sus estertores que no terminan de irse y que recuerdan a aquel PRI de golpes bajos y desprecio por los otros, los que no estaban sentados a su mesa o sirviéndola. Recordó los insultos vertidos a la marcha del Dr. Nava, en aquella caminata de la Dignidad. Pero lo sucedido el fin de semana pasado enseña además una grave ignorancia de quienes deberían sentir el ánimo nacional, y advertir que, si no se actúa con cordura, sensibilidad y educación, la guerra (la civil) no tardará en desbordarse.

¿Por qué la Jefa De Gobierno de la Ciudad de México no mostró un gesto de esos que hacen la diferencia?, como haber distribuido mesas con agua para que las victimas fueran acogidas con frescura, y al menos, su sed física fuera saciada como preámbulo a su sed profunda de justicia. ¿Es mucho pedir, imaginar la política de otra manera?, ¿acompañar el dolor por unos minutos y como anfitriones agradecer a esas mujeres y hombres de todas las edades y condición social su lucha por una patria de verdad de justicia y de paz? ¿Era mucho pedir que las puertas del Palacio Nacional estuvieran abiertas para que los caminantes descansaran y tomaran algún refrigerio y la autoridad se acercara y platicara con algunos de ellos antes de formalizar una reunión de trabajo con expertos y responsables del complejo e inaplazable tema de la seguridad y la violencia en nuestro país?

En lugar de ello, porras de insultos. Convirtiendo a ciudadanos en porros, ¡qué pena! ¡Qué vergüenza!

Esperemos se recupere la palabra, esa que la poesía expresa cuando se sumerge a las entrañas del ser, y asume los dolores y las alegrías que dibujan nuestros rostros y sus líneas. Menos ideología y más sabiduría del corazón para estos tiempos de emergencia nacional.