Estamos ya cerca de cumplir un año en esta pesadilla. Y no tiene para cuándo. Al principio, la pura verdad, no la tomamos muy en serio. Hasta nos cautivó un poco la idea de la cuarentena, ¿se acuerdan? Jugamos, al menos yo, con la idea de permanecer en encierro durante cuarenta días.

Inventé un divertido entretenimiento, según el cual durante mis salidas vespertinas al parque que tengo frente a mi casa no debería cruzarme con mortal alguno. Usaba las diversas calzadas, andadores y plazoletas que tiene el jardín para evitar cualquier encuentro con otro paseante, so pena de ser castigado con pérdida de puntos.

También decidí programar conciertos para disfrutar de la música clásica como no había podido hacerlo en toda mi vida. Cada domingo al mediodía, un concierto. Como si estuviera en la Nezahualcóyotl. Así escuché en nueve semanas las nueve sinfonías de Beethoven. Y luego me seguí con Johann Sebastian Bach, Giuseppe Verdi y no sé cuantos más.

Diseñé también un programa de alimentación, que incluía la integración de una despensa completa para resistir la pandemia, con toda clase de alimentos no perecederos que me permitieran cumplir la travesía sin padecer hambre.

A casi un año de la pesadilla de la pandemia. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro

Así pasaron los días, las semanas y los meses. Y lo que parecía un encierro de cuarenta, cincuenta días, se convirtió en cadena perpetua, por lo que estamos viendo. Dejé de jugar al No te encuentro en el parque, me harté de los conciertos de música culta y abandoné el abasto precautorio de insumos y alimentos no perecederos.

El tiempo me obligó finalmente a asumir esta situación no como una excursión temporal, sino como una forma de vida. Bastante tediosa, por cierto. Me dejé obligadamente de entusiasmos efímeros y afronté la realidad, que se forzaba a sobrevivir lo mejor posible durante una temporada que no tiene término.

Hoy, a casi un año del principio de esta pesadilla, no sólo seguimos igual: estamos peor, en el momento más alto de contagios y fallecimientos tanto a nivel nacional como aquí, en mi ciudad de México, con semáforo en rojo. Las cifras, y la razón, nos indican que ahora debemos tener más precauciones que nunca y que particularmente los viejos no debemos exponernos a ninguna posibilidad de toparnos con el maldito virus. No digo que no le temo al contagio: le tengo pavor.

El encierro en mi caso significa también soledad. Las visitas de mis hijos y mi nieta, tan gratas, son necesariamente esporádicas y breves. Durante estos once meses de cautiverio, sólo tuve dos de alivio, gracias a la presencia de Rebeca, mi querida pareja, que dejó el aislamiento en su Guanajuato para venir a compartir conmigo el encierro. Fueron dos meses excepcionales. Como pocas veces en nuestros casi 25 años de relación habíamos compartido la vida y mi pequeño departamento con tal intensidad. Cocinamos juntos, jugamos juntos, soñamos juntos con el cúmulo de recuerdos de nuestros viajes, aventuras y vivencias.

Un día Becky, que durante su estancia se ocupó además de limpiar la casa, acomodar los enseres y darme buenas ideas, tuvo que regresar a su terruño, como ella dice, donde vive su madre de 89 años de edad. Tuve la posibilidad de visitarla después unos días en un fugaz escape por carretera, solo, al volante de un Sentra absolutamente confiable y debidamente protegido. Pasé con ella su cumpleaños y el Año Nuevo y regresé a mi celda de la capitalina colonia Del Valle con iguales precauciones. Y aquí estoy, en espera de la vacuna salvadora, aturdido por el sinfín de mentiras y torpezas del gobierno.

La irresponsabilidad de nuestras autoridades fue evidente desde un principio. El 13 de marzo del año pasado escribí en este espacio:

“Sorprende –y preocupa– la pasividad con la que el Gobierno mexicano reacciona ante la ya declarada pandemia mundial del coronavirus. Mientras cada vez más países del mundo, incluidos varios latinoamericanos, toman medidas drásticas para atajar el crecimiento del problema, en México mantenemos básicamente la misma posición preventiva de hace ocho días, cuando que en sólo 24 horas el número de casos comprobados pasó este miércoles de siete a 12, es decir, creció en un 70 por ciento.

“Nadie estaría de acuerdo por supuesto en crear un clima de zozobra entre la población, pero otra cosa es tomar medidas pertinentes, aun cuando parezcan por ahora exageradas, para detener una obvia amenaza a la salud de millones de personas. Contra la alarma sí hay vacuna y se llama información”.

En un mes más se cumplirá un año del primer caso de contagio confirmado en México. Fue el 28 de febrero del 2020. Hoy las cifras oficiales, que no las reales, nos indican que el número de contagios llegó ya a un millón 807 mil. Y el de fallecimientos, según la Secretaría de Salud, a más de153 mil.

El INEGI nos descubre, sin embargo, que esas cifras son falsas. En realidad, durante 2020 hubo un 44 por ciento de muertes más por Covid-19 que las reconocidas oficialmente por la Ssa. Entre enero y agosto del año pasado, el propio INEGI reportó 108 mil 658 decesos por Covid-19, mientras que la Ssa registró 75 mil 17 muertes.

El sainete de las vacunas es absolutamente irracional. Podría ser hasta divertido, si no estuvieran en juego millones de vidas. La irresponsabilidad, la indolencia y la soberbia se suman a una criminal estrategia electoral, lo que hace un coctel verdaderamente aterrador. Mientras seguimos en esta cuarentena de nunca acabar. Válgame.

DE LA LIBRE-TA

CORRUPCIÓN. Lo más grave no es que México haya sido incapaz de erradicar la corrupción heredada del pasado, según Transparencia Internacional, y que aparezca con la calificación más baja entre los países que integran la OCDE “al ubicarse en la posición 37 de 37 países que la integran”. Lo peor es que esa ponzoña se sigue alentando desde las instancias del actual gobierno, que presume no mentir, no traicionar y no robar.
@fopinchetti