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Susan Crowley

29/01/2022 - 12:02 am

Una historia de amistad y música

“El sentido de la West-Eastern Divan Orchestra era ver tocar juntos a árabes e israelíes. Procedentes de países como Siria, Jordania, Egipto y Líbano, junto a ciudadanos de Israel, usaron la música para el entendimiento. La tarea no fue fácil”.

“Sería deseable que los proyectos valiosos culturales capaces de cambiar vidas no dependieran de intereses coyunturales, cambios políticos o caprichos empresariales”. Foto: Cortesía West-Eastern Divan Orchestra

La música es una de las artes más complejas, profundas y por lo tanto exigentes. Es también un medio para elevar el espíritu. Difícilmente otro arte llega a penetrar en nosotros como lo hace la música, por eso nos demanda atenderla y si no es así, se convierte en un ruido insoportable. La forma en la que penetra por cada poro de nuestra piel, a nuestra psique, la vuelve una herramienta poderosa para incidir en la conducta humana. En forma de himno, exalta el nacionalismo de un pueblo, como canción acompaña a la poesía y la consagra. Puede retratar un paisaje, un estado de ánimo, un dolor profundo, la alegría, la violencia, la dulzura, el amor y la pasión. El arte que consiste en agrupar sonidos en armonía en combinaciones infinitas es la vía por la que el ser humano ha logrado atisbar el gozo en su máxima expresión. La música nos lleva a explorar otras dimensiones, pero también nos puede arrinconar en una intimidad en la que se exaltan todo tipo de emociones. Gracias a la música, un espíritu combativo puede llegar a sensibilizarse, crear conciencia, y abrir puertas a lo desconocido. La música es la duración del “yo” creador en diálogo con el otro, quien la escucha. La inmensa virtud del arte musical nos lleva a conocernos mejor y a conocer a los otros. Incluso puede ser una fructífera escuela para la convivencia. Un mensaje de paz en un mundo de conflicto e incomprensión, de antagonismo y rivalidad, de rabia y frustración.

La West-Eastern Divan Orchestra se formó con una misión, lograr que la diversidad y las diferencias entre los seres humanos se declararan vencidas. La música fue el vehículo de la aceptación y el respeto entre las distintas identidades. El sentido de la orquesta era ver tocar juntos a árabes e israelíes. Procedentes de países como Siria, Jordania, Egipto y Líbano, junto a ciudadanos de Israel, usaron la música para el entendimiento. La tarea no fue fácil. Y es que la historia de esta agrupación tan peculiar y única tiene su origen en la amistad. Una amistad a prueba de todo, que se la jugó ante la mezquindad y los intereses políticos contrarios a la idea de concordia que proponían sus creadores. Uno, el músico israelí Daniel Barenboim y el otro, el filósofo palestino Edward Said. Dos amigos que pusieron por encima de sus limitaciones la necesidad de mandar un mensaje a la humanidad. Hoy sabemos cuán poco ha podido modificar las cosas en un entramado tan complejo como el de Medio Oriente; pero en Europa, un continente que aún debe responsabilizarse por haber sido motor de los conflictos en aquellas naciones ha significado una voz de paz que no deja de asombrar.

Después de años de sueños, finalmente en 1999 se llevó a cabo la idea: reunir a esta agrupación heterogénea y brindar la oportunidad de armonizar las diferencias. La Divan inició con un taller en la ciudad de Weimar y después en Chicago. Más tarde, gracias a que logró atraer la atención de distintos países, mecenas, empresarios de Europa, se decidió que debía tener su sede en Sevilla. La idea era conmemorar aquellas épocas en las que esa ciudad abrió sus puertas a la multiculturalidad. Alrededor de noventa jóvenes recibieron la oportunidad de aprender música, formar parte de una orquesta y sobre todo aprender los unos de los otros.

La importancia es que este proyecto no fue solo musical, lo que en sí es una meta increíble. Además, los impulsores, Baremboim y Said, lograron crear una especie de foro en el que las distintas nociones culturales se confrontaran con la idea de enriquecer la discusión. El diálogo que pretendió aquel encuentro recreó los mejores momentos de luz medieval. Cada uno de los participantes conoció profundamente y entendió la postura contraria. No importó que tan acalorada fuera la discusión siempre habría una manera de llegar a un consenso. El sueño de los dos amigos se vio truncado con la muerte de Edward Said, un doloroso tropiezo del que parecía que ni Baremboin ni la orquesta podrían recuperarse. Sin embargo, el poder del arte y el compromiso del director y la lealtad a su amigo, lo obligó a seguir adelante y a buscar los medios para fondear esta inconmensurable labor.

Toda esta trayectoria puede ser vista ahora a través de Youtube; Knowledge is the beginning es un documental creado por Paul Smaczny en 2005. Cargado de momentos emotivos y la espontaneidad con la que fueron captados los jóvenes de distintas nacionalidades: en medio de ensayos, reuniones, mesas de discusión, practicando deporte, divirtiéndose en fiestas, podemos conocer la naturaleza de quienes tomaron la decisión de hacer una pausa a su enojo para rendirse a la música. Tal vez una de las escenas más conmovedoras es la visita a Ramallah. Una ciudad devastada por la guerra, en la que la única forma de superar los traumas producidos por la crueldad humana y recuperar los sueños era posible gracias a la música. Ahí la fundación Baremboin-Said terminó creando una orquesta para niños y jóvenes en medio de bombazos y afrentas de uno y otro lado.

Quizá sin el dramatismo que entrañan las profundas y dolorosas divisiones del Medio Oriente, la experiencia venezolana del Sistema Nacional de Orquestas Sinfónicas Juveniles, Infantiles y Pre-Infantiles de Venezuela fundado por José Antonio Abreu es también admirable. Miles de jóvenes a lo largo de varias generaciones pudieron enriquecer sus vidas y algunos encontraron una vocación profesional donde nadie más se las ofrecía. El ahora célebre director de orquesta, Gustavo Dudamel es el egresado más conocido pero no el único que ha destacado en el circuito internacional, producto de aquella experiencia.

Esta historia de la música relatada desde la conciencia y el amor es la prueba de que, en un mundo convulso, con un desequilibrio atroz en las economías, con una exorbitante cantidad de dinero en tan pocas manos en doloroso contraste con la pobreza abismal, aún queda un reducto en el que se vale soñar con un mundo mejor.

En México hubo un intento a través del proyecto Esperanza Azteca creado con mecenazgo privado y apoyos oficiales intentó brindar a niños y adolescentes de escasos recursos la oportunidad de desarrollar valores humanos y oportunidades alrededor de la música. La iniciativa operó durante diez años y en 2019, Fundación Azteca transfirió la gestión de las orquestas sinfónicas y coros a la Secretaría de Educación Pública, en un programa dirigido a las escuelas de educación básica. Un proyecto que merecería un balance y que por el momento se encuentra en pausa debido en parte a la pandemia y a los cambios institucionales que experimentó.

Sería deseable que los proyectos valiosos culturales capaces de cambiar vidas no dependieran de intereses coyunturales, cambios políticos o caprichos empresariales. Divan mostró que aun en medio de las peores adversidades la música es capaz de transformar la vida y engrandecer el espíritu.

@suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.
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