Debemos impedir volver a la normalidad letal que el capitalismo impone como forma de vida cotidiana. Foto: Sugeyry Romina Gándara.

La crisis sanitaria mundial producida por un virus que escapa a nuestra mirada provoca al mismo tiempo incertidumbre, temor, angustia. Las drásticas medidas de distanciamiento social y cuarentena decretadas como necesarias para enfrentar la pandemia trastocan la vida cotidiana tal como la conocíamos y muchos quisieran regresar cuanto antes a la normalidad perdida.

Pero es necesario preguntarnos si realmente queremos regresar a esa “normalidad”. Debemos preguntarnos, porque justo esa normalidad es la que nos ha traído a esta situación extrema de una pandemia que ha provocado medidas radicales de Estado de excepción y crisis económica, que serán más dañinas que la misma enfermedad para los más pobres y con menos medios.

Si queremos aspirar a un mundo mejor después de la pandemia por coronavirus, no debemos aspirar a la “normalidad” del capitalismo de desastre que teníamos. Como dice el filósofo alemán Markus Gabriel: “El orden mundial previo a la pandemia no era normal, sino letal”.

Nos angustia y debe preocupar una pandemia que en pocos días superará el millón de infectados y los muertos se contarán por decenas de miles. Pero debería angustiarnos que antes de la pandemia cada día mueren 8 mil 500 niños y adolescentes por desnutrición, lo que suma 3.1 millones de muertes prevenibles al año, según la Agencia de la ONU para refugiados.

Con dolor y tragedia se superará la pandemia. Pero desde ahora que nos decretan distanciamiento social y cuarentena, es necesario repensar a qué “normalidad” queremos volver.

Quizá es pronto para tener las respuestas porque apenas entramos en el oscuro túnel de la emergencia, pero no es tarde para empezar a imaginarnos qué normalidad desearíamos.

No debería ser la normalidad de un sistema que se reproduce a costa de la vida. Debe ser cuestionado el modelo de capitalismo rapaz que propicia la aparición de emergencias como las que vivimos ahora. Con su expansión depredadora para ampliar la agricultura industrializada o para la extracción de recursos valiosos, el capitalismo despoja y engulle ecosistemas cuyas especies afectadas se ven obligadas a entrar en contacto con otros seres vivos y en esas interacciones se producen virus que enferman a las sociedades despojadas, mutando a veces en epidemias o pandemias. Como ahora.

No debe ser normal que la salud y el cuidado de la vida sea uno de los grandes negocios capitalistas. Debemos preguntarnos si queremos volver a sistemas de salud debilitados por la austeridad neoliberal, o a sistemas de salud universales gratuitos y de calidad para todos. Ahora frente a la emergencia los gobiernos sacan a relucir los recursos que en los años de políticas de libre mercado se negaron para la salud.

Cuando pase la pandemia, los más ricos y los más poderosos querrán regresar a sus privilegios y pasar el costo de esta emergencia a toda la sociedad, a los más pobres, como siempre han hecho. Debemos pensar y reflexionar cómo evitamos que eso ocurra. También pensar como contener las tentaciones autoritarias que se heredarán de los estados de excepción que se han impuesto con el pretexto de la pandemia.

Debemos pensar cómo salir de la cuarentena a la que se confinó a la protesta social, las resistencias contra el despojo, al movimiento feminista, y todas las luchas por la autogestión para continuar pensando-creado un mundo con relaciones sociales distintas al capitalismo destructivo que ha provocado esta crisis civilizatoria.

Debemos impedir volver a la normalidad letal que el capitalismo impone como forma de vida cotidiana.