Un Centro Publico de Investigación en la ciudad de San Luis Potosí: El Colegio de San Luis. Foto Gabriel Figuroa Flores.

“Que tu corazón se enderece:
aquí nadie vivirá para siempre…”

Nezahualcóyotl

El remplazo de un gobierno conlleva reajustes y desajustes, estos últimos (si se multiplican) ponen en riesgo los cambios de rumbo que se pretenden implementar. Las tensiones se acrecientan cuando lo que se busca es transformar el régimen, no sólo el Gobierno. Tal vez sea aquí donde la 4T encuentra su mayor dilema e incluso corre el riesgo de tropezarse consigo misma, y no ya con sus adversarios.

Un ejemplo cercano es el que se vive en el ámbito académico científico, en particular en la esfera del Conacyt y con mayor precisión en los Centros Públicos de Investigación (CPI) que están bajo su coordinación.

Cada centro tiene una historia diferente, todos ellos son construcciones institucionales que han tomado años y múltiples esfuerzos de la comunidad científica del país para edificarlos.

Cada uno tiene una experiencia valiosa que advierte de la vitalidad de nuestro país, son en conjunto constructores de Nación. A lo largo y ancho del territorio de la República amalgaman los procesos de identidad a través del estudio, la investigación, la enseñanza, la formación de nuevos cuadros de investigadores y de profesionistas que enriquecen la vida de las diversas regiones donde se asientan; abriendo horizontes, cultivando la cultura en su más amplia expresión como forma de vida.

Constructores de nuevos lenguajes, aliados de las universidades públicas y en general de todos los centros de educación superior públicos y privados; vinculados a organismos del estado y a empresas para impulsar con conocimiento la prosperidad; convirtiéndose con sus prácticas educativas en estratégicos diques en las localidades para evitar la expansión y hegemonía de la violencia; son a su manera una guardia nacional del conocimiento, sembradores de la transformación pacífica que permea las diversas capas sociales.

Dinamizan lazos internacionales que ya no están centralizados en la Ciudad de México, son nodos de la comunidad científica mundial; vasos comunicantes fuera y dentro del país del pensamiento científico y humanista que se teje en la complejidad de la acelerada y avasallante globalización.

Si citáramos a Benito Juárez y lo parafraseáramos, diríamos que la capital de la República está en cada rincón de su geografía, donde hay un profesor, una maestra, un grupo de investigadores, de estudiantes, una comunidad académica que analiza discute propone y se relaciona con el entorno social y natural donde sus instituciones se asientan. Espacios donde se aprende a pensar, a dilucidar individual y colectivamente con libertad.

A lo largo de los últimos lustros se han manifestado complejos y profundos cambios donde la hegemonía de la tecnología transforma las formas de organización del trabajo, la cultura, las propias estructuras del quehacer cotidiano que trastocan la vida misma de los ciudadanos en sus concepciones más básicas. Ante todo ello las comunidades delos CPI’s han logrado ser un referente importante: verdaderos transmisores de conocimiento, de la relevancia de las diversas disciplinas científicas para esta época cargada de incertidumbre.

Han acompañado los procesos democráticos, siendo espacios de análisis y estudio, de reflexión, debate y pluralidad, respetando las diferencias ideológicas y logrando abrir puertas a cientos de estudiantes para recorrer caminos de vida, para tomar conciencia de las responsabilidades generacionales y apreciar la tradición propia; ubicándose así con certeza en la acelerada y abrumadora transformación planetaria que afecta los procesos de vida en todos los aspectos de las sociedades de hoy en día.

Su instrumento fundamental es el método científico en continua revisión y renovación que no está sometido a un pensamiento unívoco o a una orientación hegemónica, ello impediría su continua creatividad.

El orden político y el científico no son de la misma naturaleza, no obstante, no tienen por qué anteponerse o entrar en conflicto, ambos apelan a la razón como su anclaje. Por lo mismo es necesario e imperioso que las nuevas autoridades del Conacyt ejerzan lo que suele llamarse operación política, misma que requiere de tres principios: sensibilidad, respeto y cercanía que dan como resultado la confianza: crucial amalgama para emprender cualquier acción transformadora.

Escuchar a los CPIs, conocer sus historias, saber de sus logros, de sus dilemas, apreciar el potencial que representan ya como una realidad tangible, compartir propuestas que fortalezcan su naturaleza académica-científica, sería un gesto mínimo, ausente hasta ahora.

Si la 4T ignora todo ello, si Hacienda en su denso crucigrama de sumar y restar erosiona el capital humano de la ciencia, será una mala señal para una comunidad que está plenamente comprometida con el destino del país, con una visión que vincula regiones (de lo local a lo global) e implementa las mejores prácticas científicas y educativas convirtiéndose así en un dinamo de cohesión para la nación en este periodo complejo que reta a la misma integridad de la República.