Juárez con Jota es una serie de ensayos de Carlos Urani Montiel, maestro de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Aquí el primer texto íntegro, Vereda hacia el camino boreal.

Por Carlos Urani Montiel

Ciudad Juárez, 29 de junio (SinEmbargo).– Resulta de particular interés explorar el contrapeso de una tradición literaria local escrita por hombres que celebran el gusto de ser machos, beodos e inspirarse en “senos altos, sitios de recreo”. ¿Hasta qué punto la poesía refleja la ideología dominante de una sociedad, o será que la misoginia e indolencia hallaron cauce en el verso libre? Frente a una escritura que gana premios, publica en editoriales de renombre, coedita con universidades públicas, dictamina becas y brinda por “la división aleve de [las] nalgas” femeninas, existen otras voces más allá del fulgor heterosexual.[1] En esta serie de breves ensayos –diez en total– hago un recuento de la creación literaria en Ciudad Juárez con temática queer.

Si México se escribe con J, como anuncia la famosa antología de Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán (2010), Juaritos no precisa de la falta ortográfica y Juanga, hijo predilecto de la ciudad, da fe de ello; sin embargo, la historia de la cultura queer en la frontera norte –incluida la gay y todo tipo de orientación sexual– espera paciente para ser escrita. Los actos de homofobia y los crímenes de odio cometidos contra lesbianas, gays, bis y trans nos recuerdan que las innegables contribuciones de la comunidad LGBT a la cultura universal han sido siempre acalladas y relegadas por motivos religiosos, sociales o raciales. El objetivo primordial de esta decena de reseñas es, desde el campo de los estudios literarios, aportar un sustento simbólico a la lucha contra la inequidad, discriminación y estigmatización motivadas por visiones autoritarias, homófobas. Las obras literarias que iré presentando, una a una en orden cronológico según su fecha de composición o publicación, recogen estilos de vida, elecciones y decisiones personales ejercidas en el disfrute de la intimidad, del amor y, sobre todo, del ser.

A inicios de este año, asistí a una charla de café, organizada por jóvenes estudiantes de literatura, en donde se discutieron ideas en torno a Narrativas queer. Me interesaba, por supuesto, escuchar la incidencia en el ámbito fronterizo. Al evento, acudió el escritor José Jasso, autor de Torceduras (2016), una colección de cinco relatos cortos plagados de sanas puterías y de sobrado humor (me refiero a cada uno de los líquidos de un organismo vivo). En la contraportada, se lee que el plaquette “inicia la Literatura Queer en Ciudad Juárez”. Acostumbro dudar de este tipo de afirmaciones tan categóricas –tan peligrosas a la hora de urdir una historia literaria–, ya que suelen ser falsas. Además de omitir (o desacreditar, que sería peor) la obra de autores contemporáneos, la sentencia desconoce los antecedentes del siglo pasado.

Fue una grata sorpresa, durante la investigación, hallar una novela con la que inicio el recuento y que transcurre en parajes ajenos a El Vampiro de la Colonia Roma: “Noble y fraternal tierra del norte. Hecha de contraste y de sorpresa, de esperanza y austeridad. Plana y recia en la llanura. Sinuosa y erecta en la montaña. Quemada y muerta en el desierto. Húmeda y rumorosa en la serranía”. Vereda del norte, compuesta en 1937 por José Urbano Escobar, se mantuvo inédita hasta que el historiador Darío Oscar Sánchez proporcionó el mecanuscrito a José Manuel García, quien –por aquel entonces a inicios de la centuria– dirigía el apartado cultural de la revista Semanario. ¿Que cómo se titulaba aquel suplemento? Armario, sí… de ahí salió, por entregas, Vereda del norte. En el verano de 2005, junto con otra de sus obras, El evangelio de Judas Keryoth, el consejo del Fondo Municipal Editorial Revolvente tuvo la oportunidad de sacar a la luz ambas novelas en un solo volumen. La editora del texto, Adriana Candia, advierte el valor de lo que traía entre manos: “Probablemente la primera novela mexicana con tema homosexual, y la primera novela juarense de la revolución”.

Me detengo primero en unas cuantas líneas sobre el autor y después sobre Vereda del norte. Darío Oscar Sánchez, en la reedición de Siete viajeros y unas apostillas de Paso del Norte, publicado originalmente en 1943, destaca la “inquietud errante”, que sin duda expresa el carácter multifacético del escritor nacido el día de San Urbano en Ciudad Juárez hacia 1889, unos meses después de que la antigua villa de Paso del Norte cambió de nombre. “Atleta, orador, poeta, pintor, revolucionario, pugilista, explorador, profesor, cantante, actor, novelista, historiador, periodista, político; todo esto fue José U. Escobar”, primo hermano de Numa y Rómulo, chihuahuenses ilustres que fundaron la Escuela Particular de Agricultura en la frontera. Al estallar la Revolución mexicana, nuestro novelista participó al lado de Pascual Orozco. Tras el asesinato del General en 1915 en Van Horn, acusado de haber robado ganado, Escobar pronunció la oración fúnebre en el sepelio del caudillo en El Paso. El movimiento armado, la pérdida de su amigo y el exilio calaron hondo en la sensibilidad del escritor.

Vereda del norte sitúa sus acciones a principios del siglo XX en el pueblo de San Francisco del Oro, “mineral norteño repechado de sol en un anfiteatro de montañas escalonadas de pinos”. La vida alrededor de la extracción del beneficio queda bien retratada, por un narrador en tercera persona, a través de las faenas diarias en las vetas de La Fábula. “¿No era éste un nombre verdaderamente singular para una mina?” Para “El chamaco Ricardito García”, acompañar a su padre a las entrañas de la tierra era “una aventura de perfiles juliovernescos”. Copio un párrafo del primer capítulo para delinear el perfil del protagonista, un muchacho que “sentía la presencia, casi sexual, del secreto de la montaña”, y el tono de una prosa preocupada más por agitaciones corporales que por cuadros costumbristas o históricos:

“Lo llenaba de euforia acercarse a los hombres, darse cuenta de que todavía estaba junto a la humanidad. Parecía que los mineros flotaban, ingrávidos, en una ola de negrura, en donde bailaban, formando extrañas constelaciones, las llamitas de las linternas. Debajo de cada punto luminoso brillaban dos ojos; el sudor de las frentes relumbraba con resplandores anaranjados; los dientes blancos relampagueaban detrás de las bocas fatigadas. Los hombres, desnudos de medio cuerpo arriba, ya no parecían hombres, el sudor les formaba caminitos sobre los torsos hercúleos cubiertos de polvo. Las piquetas despedían chispas al chocar sobre la piedra. Los mineros cavaban en el sendero nocturno. Ya no eran seres de carne, sino de tierra”.

Muy pronto, el adolescente encuentra a su contrapunto, “otro caballero de carne y hueso, y de extraña catadura: sombrero tejano, botas mineras y zarape”. La relación entre Ricardo y Teófilo, además de sostener la tensión de la novela, encarna lo que ahora conocemos como bromance. Juegos de palabras, insinuaciones, símiles y paisajes a punto de desbordarse corresponden con el despertar sexual del más joven, quien mitiga sus ansias ante la sorpresa de su amigo: “–Qué has venido a quedarte conmigo, a dormir, aquí en el bosque. Tú no sabes lo que estás haciendo”.

Justo a la mitad de la pieza, en el capítulo 10, nos damos cuenta que el pueblo minero no era ajeno al acontecer regional. A San Francisco del Oro llega ni más ni menos que el periódico Regeneración. “Lo escribían en el extranjero unos hombres que deben haber sido nobles y valerosos”. La lectura de las ideas de los hermanos Flores Magón, así como La sucesión presidencial, de Francisco I. Madero, los conduce a las armas. Los mineros toman la vereda del norte para unirse a la bola. “-Ahora van para Casas Grandes. Los manda Pascual Orozco”; pero, más diestros con la pala que con el fusil, mueren pronto, “derrotados en el rancho de Las Escobas y en Cerro Prieto, donde los federales fusilaron a los prisioneros”. Esa suerte corrió don Julio García, padre de Ricardo, por lo que su familia, sin el diario sustento, se ve forzada a emigrar a la frontera, con una parada intermedia en la capital del Estado.

El paisaje coopera en la caracterización de figuras y detona emociones en quienes lo experimentan. La entrada a Juárez por ferrocarril es ejemplar. “Imagina Ricardo que desde las ventanillas del tren podrá encontrar lo que busca en el camino del norte. Lo examina todo, pero nada. Arenales estériles. Médanos fulvos. Sedientos. Sinuosidades azules de montañas lejanas. Ya están cerca de Ciudad Juárez”. ¿Qué le depara la frontera, esa “la línea verde de los álamos que crecen a la orilla del río Bravo”, al muchacho? Vuelve a ver a su entrañable camarada, pero a Teófilo se le acusa de haber matado a un gringo que pretendía recuperar el ganado que supuestamente le habían robado del otro lado. La trágica escena en el cementerio pone fin a las aventuras.

La búsqueda de la identidad sexual de Ricardo y el despertar que halla en la compañía de Teófilo merecen atención y deben ser leídos a casi un siglo de haber salido de la pluma de José U. Escobar, quien ofrece interesantes guiños ante una rígida, y ojalá ya caduca, moral. Pensemos que Teófilo apoda a su compañero como Sacristán “porque te ves muy mustio, muy moscamuerta y a la mejor eres una mulita”. Ricardo no se ofende y lo nombra “-Monaguillo. Así los dos tendremos nombres de gente de iglesia”. Por último, llama la atención que el vínculo homoerótico en Vereda del norte tuviera que esperar casi 80 años para concretarse en otra novela, Northern lights de Ángel Valenzuela (2016), de la que me ocuparé en su momento.

Ciudad Juárez, 21 de junio de 2019

[1] Los versos entrecomillados pertenecen a La otra cara del vidrio, poemario publicado en 1984 por Premiá en coedición con la Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Autónoma de Zacatecas, escrito por Jorge Humberto Chávez, quien dirigiera el Taller Literario del Museo de Arte del INBA en Ciudad Juárez durante la década de los 90; al día de hoy coordina el área de literatura del Instituto Potosino de Bellas Artes, es curador del Festival Internacional Letras en San Luis y miembro, desde el 2014, del Sistema Nacional de Creadores de Arte.