Jean-Marie Le Clézio, Premio Nobel de Literatura, sorprende y cautiva con una fábula urbana en el corazón de Seúl.

Ciudad de México, 29 de junio (SinEmbargo).– A los dieciocho años, Bitna llega a Seúl desde la zona rural de Corea de la que procede. El deslumbramiento por la ciudad contrasta con las penurias de vivir junto a una tía y una prima que le hacen la vida imposible, casi como en La Cenicienta. Para poder huir, acepta la oferta de trabajo de un misterioso y atractivo librero: inventar historias para Salomé, una joven paralizada por una enfermedad incurable. Así asistimos, por ejemplo, a la historia del señor Cho, un antiguo policía que cría palomas mensajeras en la azotea de un edificio. En primavera, cuando sopla el viento, el anciano suelta a Dragón Negro y Diamante para que lleven mensajes a sus familiares que viven más allá de la frontera de Corea del Norte. Poco a poco, Bitna ejerce un poder insospechado sobre Salomé, que se alimenta del relato de esas vidas ajenas. Hasta que un día descubre que una misteriosa figura la está espiando.

SinEmbargo comparte un fragmento del libro Bitna bajo el cielo de Seúl, de Jean-Marie Le Clézio. Traducción del francés de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

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Primera historia narrada a Salomé, abril de 2016

En primavera, cuando los capullos empiezan a brotar y sopla el «viento de anhelo de flores», el señor Cho Han-soo saca sus jaulas de palomas a la azotea del bloque donde vive. El señor Cho tiene permiso para hacerlo porque es el portero y es el único que tiene la llave para salir a la azotea. El bloque es un edificio grande de la década de 1980 que forma parte del complejo al que llaman —no sé muy bien por qué, puede que por estar tan lejos de cualquier atisbo de suerte o de felicidad— Good Luck! (así, en inglés, con signo de exclamación y todo). Carece por completo de estilo, con miles de ventanas idénticas, cientos de terracitas donde los inquilinos tienden la colada para que se seque al pálido sol que se cuela a través de los paneles acristalados. El bloque del señor Cho tiene el número 19 pintado en negro en la pared ciega. Tiene el número 19 porque hay otros dieciocho casi iguales, el diecinueve es el mejor, en lo alto de la colina que domina Yongsan.

Cuando está en la azotea, en la vigésima planta, el señor Cho mira la ciudad que tiene alrededor, los enormes bloques de cemento que emergen en la bruma. En primavera, el sol ya calienta y a las palomas enjauladas las ponen nerviosas el viento tibio y los olores que suben de todas las ramas de los pinos circundantes. Arrullan y se empujan en las jaulas, estiran el pescuezo para intentar mirar fuera, se olvidan de la cuadrícula de rejilla que está clavada en los laterales de las jaulas. Hay gente que dice: «¡Las palomas son los animales más tontos de la naturaleza!». Para sustentar tal afirmación, hablan de esas aves que intentan escaparse a través de un agujero tan pequeño que apenas les cabe medio pico. «¿Se ha fijado usted de qué tamaño tienen el cerebro?», dicen. ¿De qué sirve discutir? El señor Cho ya intentó un par de veces llevarles la contraria: «Pero vuelan; ¿se imagina usted lo que es volar, algo tan distinto a conducir un coche o resolver un sudoku?». La gente, los vecinos, las personas que viven en el edificio e incluso los porteros de los demás edificios conocen la obsesión del señor Cho con sus palomas.

Durante el invierno, todo descansa, las palomas y el señor Cho, como en un letargo perezoso. El señor Cho tiene un acuerdo con el gerente de Good Luck! Es el portero, pero sin sueldo. En lugar de cobrar un sueldo, le permiten quedarse con sus palomas mensajeras y subirlas a la extensa azotea del edificio para que les dé el aire. «¡Pero tiene que estar pendiente de que no ensucien nada y no puede meterlas en el ascensor!» El señor Cho acepta. Por supuesto que recibe un trato de favor del gerente, pero es porque el señor Cho es policía retirado y en un bloque de viviendas siempre viene bien tener a un policía. El señor Cho es portero del 19 desde hace cinco años, pero antes vivía en el campo, en una aldea de Ganghwa-do, cerca de la frontera con Corea del Norte. Es la aldea donde creció, su madre atravesó la zona de combate, se refugió en esa península y allí se quedó, cultivando cebollas y patatas, primero de jornalera y luego se casó en segundas nupcias con el dueño de la explotación. Cuando el señor Cho era pequeño ya no había guerra pero tampoco había llegado del todo la paz. Había soldados por todas partes, las carreteras solo servían para que circulasen los tanques y los camiones, había una base estadounidense no muy lejos. Lo único que sabe de la comarca de su madre, de sus abuelos y de su padre es el nombre, Gaesong. Al señor Cho su madre le contó algunas cosas de su abuelo, un hombre alto y muy guapo, de piel muy morena y pelo abundante, que era cantante de pansori. También era propietario, por matrimonio, de una plantación de perales. Un hombre rico, decía su madre, autoritario pero generoso. ¿Qué fue de él después de la guerra? Pues se murió hace ya tiempo y ahora nadie se acuerda de él a este lado de la frontera, excepto él, el señor Cho, porque escuchó todo lo que su madre le contaba, y cuando ella murió a su vez, se llevó consigo esos recuerdos. El amor que siente el señor Cho por las palomas se lo debe a ella. Cuando su madre cruzó la línea de demarcación, se llevó una pareja de palomas mensajeras que había criado su padre, cargadas a la espalda, como su hijo, metidas en una bolsita llena de agujeros para que pudieran respirar. Lo hizo para que un día pudieran volar a su país natal y llevarle noticias a la familia que se había quedado del otro lado. Sin embargo, pasó el tiempo y la madre del señor Cho no tuvo valor para mandarlas allí de vuelta, vivieron de este lado de la frontera, se hicieron viejas y acabaron muriéndose. Pero mientras tanto, tuvieron muchos hijos, que son las palomas que cría el señor Cho para que algún día, quizá, lleven a cabo su misión. No se lo ha contado a nadie, ¿quién iba a creer que la tercera o la cuarta generación de aves conserve el recuerdo de su país de origen?

Es por la mañana, no hay un momento mejor para las palomas. El señor Cho ha subido las cinco jaulas, una tras otra; en cada jaula hay dos parejas de palomas separadas mediante un tabique de cartón grueso. Cada pareja tiene algo así como un apellido, y cada miembro de la familia, su propio nombre. Puede parecer un detalle baladí. La señora Li, la vecina del señor Cho, le comentó un día: «¿Por qué les pone nombre a los pájaros esos? ¿Acaso las palomas saben cómo se llaman? ¡Ni que fueran perros!». El señor Cho la miró con cara de reproche: «Pues claro que saben cómo se llaman, señora. Son mucho más inteligentes que su perro, si quiere saber mi opinión». La señora Li no da su brazo a torcer. Le gustan los enfrentamientos y se alegra de que, por una vez, el señor Cho se digne hablar. «Es lo más ridículo que he oído en mucho tiempo —dice—. ¿Qué tienen sus palomas que no tenga mi perro?» «Vuelan, señora», dice el señor Cho, y es una respuesta categórica que le cierra el pico a la señora Li. Más tarde, la mujer piensa: «Tendría que haberle dicho que volar no significa ser inteligente y que, por otra parte, si Ranita (así se llama su perro, porque es pequeño, orondo y paticorto, y tiene una voz que parece más de rana que de perro) tuviera alas, sabría volar».

Así pues, aquella mañana de primavera, el señor Cho subió las cinco jaulas a la azotea. No cogió el ascensor porque, como es el portero, respeta el acuerdo que tiene con el gerente de Good Luck! de no meter las palomas en la cabina del ascensor. Se arriesgaría a que lo amonestara el banco propietario del edificio, tras recibir la queja de algún vecino malintencionado so pretexto de ser alérgico a las plumas de paloma. Acabarían discutiendo y al señor Cho no le gustan las discusiones.

El señor Cho llega a la azotea jadeando porque ha tenido que subir cinco veces los veinte pisos hasta la azotea y calcula que equivale a unos cuatrocientos peldaños en cada viaje, es decir, dos mil peldaños en total. El señor Cho ya no es ningún niño. Ya ha superado la edad de jubilarse, después de treinta años de servicio en la policía, y nota en las piernas y en los pulmones que ya no tiene veinte años, ni siquiera treinta y cinco. Así que al llegar a la azotea se toma un respiro, sentado en la base de una boca de ventilación, mientras mira el paisaje de la ciudad que emerge despacio de la bruma matutina. Dentro de un instante, verá claramente Namsan y la aguja de la torre de radio y, un poco más allá, la serpiente grande y brillante del río Han y, aún más lejos, las siluetas de los rascacielos de Gangnam y las cintas de las autopistas. Es un domingo de primavera, todavía es temprano y el ruido de la ciudad está atenuado, como si todo el mundo contuviera el aliento por lo que va a pasar ahora.

Es el momento. Las palomas lo esperan cada vez más impacientes, dando vueltas en el estrecho compartimento de las jaulas, intentan aletear y el sonido de las plumas remeras emite un silbido que las impacienta aún más. El señor Cho lo siente en su propio cuerpo, como un fluido eléctrico que le recorre los miembros, se exacerba en la yema de los dedos y le eriza los pelillos del dorso de la mano. Se acuclilla delante de las jaulas, les habla a las aves, recita lentamente sus nombres, uno tras otro:

Raposa, y tú, muchacho, Pinzón,

Azul, y tú, Petirrojo,

Cohete, Flecha Blanca,

Luz, Luna,

Mosca, Cigarra,

Viajera, Presidente,

Acróbata, Ardilla,

Diamante, Dragón Negro,

Cantora, Rey,

Bailarina, Sable

Le gusta mucho llamarlas por su nombre, acercando la cara a las jaulas y, una tras otra, el ave nombrada deja de rebullir, echa la cabeza hacia atrás y lo mira con sus ojos amarillos. Para el señor Cho es como recibir una confidencia, una frase de gratitud al tiempo que una promesa. ¿Promesa de qué? No sabría decirlo, pero es lo que sucede: algo que se une a él y le rememora el pasado, algo como un sueño que se reanuda al cabo de unos días durmiendo.

Ha llegado el momento. El señor Cho abre una caja alargada de hojalata, parecida a un plumier de escuela. Dentro hay una serie de mensajes que ha preparado, escritos a mano primorosamente en un papel de arroz muy fino, casi translúcido. Son mensajes que el señor Cho ha meditado mucho antes de trazarlos. No quiere escribir así como así. No se trata de una mera diversión, aunque su hija Soo-mi aproveche para hacerle rabiar: «¿Qué, papá, escribiéndole a tu novia?». O bien: «¡Que no se te olvide poner tu número de teléfono!». Ella, claro está, no se lo cree. No es propio de su generación ni de las personas mayores que viven en el mismo bloque. Son personas de su tiempo a quienes les importan un comino las quimeras del señor Cho. Tienen internet, escriben con el móvil o en la pantalla, utilizan el correo electrónico. Hace mucho que ni siquiera escriben cartas. Aunque a Soo-mi, hace unos años, le gustaba mucho escribir cartas. El señor Cho recuerda que hasta compuso algunos poemitas para que su papá los enrollase como cigarrillos y sujetase las cápsulas a las patas de las palomas. Y luego se le pasó. Cuando se mudaron a este bloque, en el centro de esta ciudad tan grande, dejó de creer en las palomas y en sus mensajes, se volvió como todos los demás.

Es la hora. El señor Cho abre la jaula donde está Dragón Negro, lo coge delicadamente, lo sujeta en el hueco de las manos, nota lo deprisa que le late el corazón en el pecho, la tibieza suave del vientre y las patas frías. Con la yema de los pulgares acaricia al ave, se la acerca a la cara y le sopla en la cabeza, en la punta del pico. La paloma entorna los ojos, luego los abre y se le dilatan las pupilas porque ha comprendido que ha llegado el momento de hacer lo que sabe hacer, volar.

Se ha levantado el viento, una mezcla de suavidad y de aspereza, el señor Cho conoce muy bien ese momento del año, su favorito, el «viento de anhelo de flores», el recuerdo de la nieve mezclado con el perfume de las tímidas flores de pruno que se abren en el valle. Aquí no hay prunos, solo plantas en maceta, que algunos vecinos de Good Luck! cuidan en sus ratos libres. Y abajo, bordeando el edificio, algunos magnolios sin flores.

Dragón Negro se sacude en los brazos de su amo; debajo del plumón, el señor Cho nota el corazoncito que se agita como un cascabel. Le sopla despacio en el pico, le murmura palabras de ánimo, no frases, solo palabras que elige con esmero, palabras suaves, palabras redondas, palabras livianas. «Viento», «espíritu», «luz», «ala», «amor», «regreso», «hierba», «nieve»… Para Dragón Negro, solo se le antojó una palabra: «esperanza», y para su compañera Diamante, eligió «deseo» porque también significa «viento». Dragón Negro escucha, en los ojos amarillos se le dilatan las pupilas y en lo hondo del buche el señor Cho oye rodar guijarritos, son las palabras de su idioma, del idioma solo del buche porque todo el cuerpo del ave tiene ganas de hablar con las remeras, con las alas, con las plumas de la cola, hendir el aire y hablar sumergiéndose en las corrientes. Lentamente, el señor Cho se acerca al borde de la azotea, tiende los brazos como si estuviera ofreciéndole el ave al cielo. ¡Fuff! Dragón Negro se lanza, primero cae hacia la calle y de pronto se recupera, gana altura planeando y empieza a volar por encima de los edificios, en dirección al sol naciente.

En la jaula, Diamante se impacienta. Ha oído el batir de alas, ahora le toca a ella, lo sabe, llama al señor Cho. Cuando este la coge con ambas manos, le da picotazos, para decir: «¡Que me sueltes, imbécil! ¡Mi amor ya está en el cielo, déjame ir con él!». Al señor Cho no le hace falta ir hasta el borde de la azotea. Abre las manos y Diamante se lanza a su vez, es más liviana que su macho, sube en línea recta hacia el cielo, dibuja un arco por encima de la avenida y al poco desaparece en la luz. El señor Cho no puede seguirla con la mirada, tiene la vista frágil, le lagrimean los ojos con la fuerza del sol.

Entonces el señor Cho inicia la larga espera. Sabe que puede durar horas, a veces incluso hasta la noche. Se sienta en la azotea junto a las jaulas, cierra los ojos y trata de imaginarse lo que ven Dragón Negro y su compañera Diamante, por encima de la ciudad. Los elevados edificios de cristal, que se alzan como acantilados de vidrio, las cintas de las autopistas y, a continuación, el ancho río. La energía que se les ha ido acumulando en las alas durante varias semanas de confinamiento se transforma en fuerza eléctrica, las alas se les mueven a toda velocidad, las corrientes del viento los empujan hacia arriba y las depresiones heladas que hay sobre el río los hacen zambullirse. Dragón Negro guía en cabeza hasta el río y luego se adelanta Diamante, sigue la ribera hasta el puente, hacia la isla. Hay otras aves en el cielo, más abajo, pardelas, gaviotas y, cerca de la isla, grupos de patos. Las palomas no se detienen, dibujan círculos por encima del agua, la superficie espejea al estremecerse, las matas de hierba y los juncos se inclinan con el viento, en el enorme puente los coches están parados por culpa del atasco matutino, rumor de bocinas, o bien los gritos de los patos, o incluso la llamada del tren que cruza el río lentamente. Para que le haga compañía durante esa espera tan larga, el señor Cho se ha traído a su inquilino más viejo, una paloma que conoció a su madre, puede que uno de los hijos de la pareja inicial. Se llama Chochongsa, «piloto», porque volaba tan alto como un avión. Pero ahora está ciega y paralítica por la artrosis, así que se queda en las manos de su amo sin moverse, se limita a respirar el viento y a notar la caricia del sol en las plumas.