Genaro García Luna, exsecretario de Seguridad de Felipe Calderón. Foto: Tercero Díaz, Cuartoscuro.

Por Tony Payan* y Guadalupe Correa-Cabrera

La historia propiamente no es buena ni mala. Es sencillamente eso, historia. Sin embargo, y precisamente por su importancia para explicar, legitimar y justificar el presente, así como para trazar la ruta del futuro, su contenido se encuentra muy a menudo sujeto a contiendas, a veces intestinas, centradas en su interpretación y reinterpretación. En estos periodos de controversia por la definición y establecimiento de la historia oficial, diferentes actores buscan desesperadamente narrar los hechos como más conviene a sus propósitos. Con base en esto, siempre es pertinente, al interactuar con la historia y quienes la relatan, preguntarse lo siguiente: ¿quién la cuenta? ¿para qué propósito la cuenta? ¿qué incluye? y ¿qué deja fuera?

Estas preguntas son particularmente importantes cuando se trata de eventos o personajes trágicos, polarizadores o controvertidos. En tales casos, la lucha por la definición de la historia es todavía más reveladora de los intereses de quienes entran en pugna por definirla. Todo mundo se adelanta apresuradamente a idealizar o a satanizar; a redimir o a condenar; a elevar en las gradas de la historia o a desechar al “basurero” de esta. El campo de batalla lo constituyen los periodistas, los partidarios, los comentócratas, los políticos, etcétera. Los académicos, sin embargo, no podemos, o más bien, no debemos darnos ese lujo. A nosotros nos corresponde agregar sutileza, perspicacia, matiz y profundidad a los eventos o figuras que se nos presentan a la vista.

Y es por esto, por lo que decidimos colaborar con esta columna, después de un amplio debate sobre una de esas figuras en cierta manera trágica, en cierto modo polarizadora, y en muchas formas controvertida: Genaro García Luna, exsecretario de Seguridad Pública del 1º de diciembre de 2006 al 30 de noviembre de 2012. Ahora bien, con lo que estamos escribiendo, no queremos exonerar a García Luna ni pretendemos declararlo inocente. Esa tarea es un trabajo técnico que le corresponde a un jurado que en su momento evaluará la evidencia de las acusaciones contra él y escuchará los argumentos de los fiscales y la defensa. Ponernos a declarar su culpabilidad o inocencia, sin miramientos al trabajo del sistema judicial que habrá de enfrentar en su momento, sería más que desaseado, poco ético y poco profesional. Si García Luna es culpable o no, se dirimirá en donde corresponde y por quien corresponde. Los demás son posicionamientos a conveniencia, o intentos por sacar una nota o por adquirir notoriedad.

Lo que queremos hacer aquí es aprovechar el momento y la figura de un personaje (u operador) clave como método para plantear una serie de temas que merecen reflexión, y al cual nos da pie el arresto y juicio de Genaro García Luna. Lo hacemos así, porque consideramos que la defensa ciega y la condena fácil nos privan de una excelente oportunidad para examinar lo que un análisis de la trayectoria de García Luna nos ofrece a manera de metodología para entender qué es lo que nos ha pasado y lo qué nos está pasando como sociedad, y de lo que nuestro personaje es fruto, señal, causa y efecto. Si nos abocamos a condenarlo y desecharlo al proverbial “basurero de la historia” faltaríamos a nuestro deber ético y a la obligación de preguntarnos qué nos dice su presencia sobre nosotros como sociedad, sobre el sistema político mexicano e internacional, sobre nuestra trayectoria, y sobre lo que podemos aprender de ello. No hacer este ejercicio es equivalente a lavarnos las manos, sentirnos moralmente superiores y no aprender nada de nuestra propia historia.

Lo que la situación de Genaro García Luna nos obliga a contemplar hoy son preguntas mucho más centrales a su precaria condición humana. Analizar su trayectoria habla de la manera en que se recluta, se entrena y se encumbra a figuras de la política pública en México; de cómo se definen las prioridades nacionales del país y el mismo interés nacional; de la debilidad de las estructuras encargadas del monitoreo de los funcionarios públicos; de la manera en que construimos y destruimos instituciones; de lo que se hizo mal o se pudo hacer bien en la lucha contra la delincuencia organizada; de las luchas inter-burocráticas, puesto que la Secretaría de Seguridad Pública y las fuerzas armadas no siempre coincidieron en acercamientos y operativos al problema de la inseguridad; del papel perverso que juegan los Estados Unidos a través de agencias como la DEA y de su injerencia y presión sobre el gobierno mexicano—quienes además, otorgaron a García Luna una residencia permanente al concluir su mandato; de la responsabilidad de los políticos sobre las acciones de sus funcionarios; entre muchas otras cosas. De todo esto aprendimos durante algunas entrevistas que le hicimos a García Luna. Aprendimos mucho y creemos que hoy somos más conocedores del tema de la seguridad por haber hablado con él, independientemente de lo que le suceda en el futuro.

Tratar de comprender el avance del Cartel de Sinaloa y la penetración de la delincuencia organizada en las estructuras policiales, enfocándonos en un sólo personaje después de declararlo como presunto culpable, obscurecería nuestro entendimiento sobre la justicia criminal en México. También perderíamos de vista la verdadera responsabilidad en este caso de otros servidores públicos y principalmente del gobierno de los Estados Unidos. Así, se construiría una cortina de humo. La protección al narcotráfico en México no se brinda a través de un sólo funcionario público que recibe sobornos millonarios y opera sin socios. Debemos entender que hablamos de todo un sistema y de una red compleja que involucra a múltiples actores nacionales y transnacionales. No es lógico pensar que el avance del Cartel de Sinaloa o el del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) más recientemente, se dan exclusivamente por la corrupción extrema de un sólo hombre. No se trata de una serie televisiva de policías y ladrones. Genaro García Luna no es en la realidad “Conrado Sol” de la serie “El Chapo” de Netflix. La protección a una estructura criminal y de tráfico de drogas de ese nivel y de alcance transnacional como la del Cartel de Sinaloa o el CJNG, requiere de todo un andamiaje extra-institucional e incluso institucional, además de una red que sobrepasa nuestras fronteras.

Finalmente, no humanizar y dejar de estudiar a Genaro García Luna por lo que fue y por lo que es, es perdernos de una oportunidad valiosa para aprender de nosotros mismos. Es como si se hubiese dicho en Estados Unidos: No hay que escribir de Richard Nixon; “sólo hay que echarlo al basurero de la historia”. Y con eso, ese país se hubiera perdido un importante ejercicio de auto-reflexión sobre su sistema presidencial, la corrupción a la que puede ser sujeto, y la importancia del auto-gobierno que exige la presidencia casi imperial de esa potencia. De igual forma, si Truman Capote hubiera sentido resquemores moralistas, no hubiera pasado días entrevistando a los asesinos que dieron origen a su famosa novela titulada In Cold Blood (“A Sangre Fría”), que obtuvo un premio Pulitzer.

Hoy vemos que la historia misma se encuentra en disputa alrededor del mundo, con estatuas cayendo por doquier. Personajes que una vez fueron venerados como héroes y narrativas históricas que justificaron la segregación racial y la explotación de los pueblos por siglos se ponen ahora en duda y muy probablemente serán colocados en el lugar que les corresponde. Esto no hubiera sido posible si no hubiese ya una conciencia clara, no sólo de lo que sucedió y quién lo hizo, sino de lo que representa haber escrito la historia de esta o aquella manera.

Es decir, se aprende de todo—de lo bueno y de lo malo. Y querer borrar algo o a alguien de la historia por rencillas, rencores, odios, resentimientos, o simplemente por falta de criterio—especialmente a alguien como García Luna—es perderse de una importante oportunidad para reflexionar y aprender de la historia misma; es privarse de la oportunidad de capturar el pasado para moldear el presente y redirigir el futuro. Exhortamos a todos a leer desapasionadamente la historia de este hombre y otros que fueron cercanos a él—como el mismísimo Omar García Harfuch. No hacerlo es violentar nuestro propio intelecto sólo para sentirnos moralmente superiores y justificar nuestra propia incapacidad para hacer análisis más complejos.

* Tony Payán es Director del Centro para los Estados Unidos y México del Instituto Baker en la Universidad de Rice (Houston, Texas) y profesor-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ).