El arribo de la brigada de voluntarios que busca por todo Veracruz los restos o señales de los desaparecidos, ha sacado de las fosas muchas historias conmovedoras de madres, padres e hijos y hermanos que claman justicia, desesperados. El Gobierno de Javier Duarte de Ochoa nunca le respondió a las familias o a los grupos civiles. Todo lo contrario: los activistas padecieron persecución. Pero no hay mal que dure seis años, como se dice en México. Las víctimas han comenzado a hablar.

SinEmbargo presenta en los siguientes días una serie realizada por el grupo de valientes periodistas de BlogExpediente en Veracruz. Ésta es la primera entrega…

PARTE 1: LOS DESAPARECIDOS DE VERACRUZ

Por Miguel Ángel León Carmona

Atoyac, Veracruz, 29 de julio (BlogExpediente/SinEmbargo).- “Cuando llegué al pueblo el horror ya se había ido. Nada más encontré sangre en las paredes. A mi hermano lo dejaron casi muerto, no pudo evitar que se llevaran a mi hija y a mi madre, de 75 años de edad, y a otras 19 personas. La mayor desgracia que se recuerde en Atoyac, Veracruz. Fueron ellos: los policías estatales”.

Marisela Nájera Zayas relata cómo el 2 de agosto de 2013, abuelas, madres, padres, hijos, hermanos, 19 en total, fueron subidos en patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado y se los llevaron a la tierra del nunca jamás. Por el caso, se abrió la carpeta de investigación 443/2013.

Como parte de una rutina enfermiza, Marisela ha viajado 15 horas, desde la ciudad fronteriza donde radica, para preguntar a los agentes de la Fiscalía Regional en Córdoba sobre el paradero de su madre y de su hija. Las respuestas, siguen siendo las mismas palabras deprimentes, asegura. “No, señora; pero seguimos trabajando”.

Su hija, María Inés Sánchez Sayas, desapareció a los 32 años de edad, cuando se disponía a ofrecer una misa a la Santa Muerte en una comunidad de la región. Fue de las primeras en ser sustraída por los hombres de Arturo Bermúdez Zurita, titular de la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz. A María Inés y a los cinco devotos que la acompañaban se les vio por última vez pidiendo auxilio desde la batea de rehenes.

En tanto a su madre, Luz del Carmen Sayas Rodríguez, de 75 años de edad, fue sacada a rastras del bar “La Potra Zaina”. La mujer era la dueña de ese lugar, y ese día preguntó por qué se llevaban a sus clientes. Marisela ignora si su pecado fue haber sido testigo de todo con su vista nebulosa y cansina.

“Días después los agresores me contactaron por teléfono. Conocí la voz del sujeto. Le pedí que me las devolviera. Que viniera por mí. Que tuviera compasión. Pero nunca olvidaré su respuesta: ‘No, perra. A ti no te queremos. Y, ¿compasión? A mi madre yo mismo la degollé por puta'”, recuerda Marisela mientras regresa al momento y sacude su cabellera para largar a los fantasmas de la memoria.

SE LLEVARON A 19

La tarde del viernes 2 de agosto de 2013. La rutina en el pueblo cañero estaba por concluir. Los niños disfrutaban de un refresco tras un partido a diez goles. Música de banda se filtraba del bar “Potra Zaina”, ubicado en el centro de la localidad. La gente se disponía a encerrarse en sus casitas de madera. Pero todo se arruinó con el rugir de las camionetas de la SSP.

De acuerdo con la investigación ministerial 443/2013, María Inés, hija de la entrevistada, caminaba cerca del ingenio cañero El Potrero. Un grupo de amigos, la mayoría adolescentes, habían acordado ofrecer esa tarde una serie de oraciones por la Santa Muerte, en una comunidad vecina. No había dinero para el traslado, entonces a alguien se le ocurrió pedir un aventón.

“Eran ritos de muchachos. Gustos de mi hija y yo los respetaba. Tiene tres tatuajes; uno que abarca su espalda y otro en el pie. Ambos con la imagen de la ‘santísima’. Son señas que explico a la gente para solicitar informes”, cuenta Marisela.

La idea de ahorrarse el caminar fue aprobada por los amigos, así que comenzaron a levantar los pulgares hasta que alguien los asistiera. Fue cuando se vislumbraron las carrocerías estatales.

Los amigos, se miraron entre sí y concluyeron pedir ayuda a los agentes del orden. Para su primera sorpresa, la velocidad de las camionetas aminoró. Sin embargo, el entusiasmo mudó al horror cuando de la batea se asomaron rostros suplicando auxilio y advirtiendo peligro. Sin emitir palabras, a todos ubicaron en las bateas.

“Solamente de Potrero Nuevo fueron 19 personas, pero ya llevaban a más. Los rumores dijeron que la barredora comenzó desde Paso del Macho”, comparte Marisela Nájera, cuidadosa de que sus palabras, apenas las registre la grabadora.

Las camionetas estatales, continuaron su caminar, no obstante, faltaba una última parada en el bar del pueblo, “La Potra Zaina”, perteneciente a Doña Luz, madre de la entrevistada.

Al bar, presuntamente los oficiales entraron por un joven apodado “La Gallina” y una mesera de origen hondureño. Doña Luz, al presenciar la tunda a sus clientes, preguntó cuál era el motivo de la violencia. No hubo respuestas habladas, solo la tomaron a la mujer de 75 años por la ropa y a rastras la dirigieron a los vehículos.

Un hijo de Doña Luz justo arribaba al sitio, cuando notó que a su madre era secuestrada. “Hey, a dónde se la llevan”, preguntó entre gritos. El comandante entonces dio la orden de silenciar las protestas.

“Mi hermano, después de esa golpiza, no quedó bien. Le cuesta seguir las órdenes y las conversaciones. Testigos me dicen que lo descalabraron a patadas. Cuando llegué al pueblo él estaba refugiado en casa de un vecino. “Mana, ¡busca a mamá! Y desde entonces no he parado”.

Aquella tarde de viernes, 19 personas fueron levantadas: Luz del Carmen Sayas Rodríguez, María Inés Sánchez Sayas, Margarito Martínez Peña, Juan Carlos Martínez Peña, Emma Guadalupe Pérez Arroyo, Ricardo Illescas Ramírez, Jairo Manuel Flores, Blanca Paula Aguirre Torres, Marco Antonio Fernández Flores, María Isabel Mirón Gutiérrez, Kevin Malone Pantiga Hernández, Eduardo Alberto Ramos Tecalco, son los nombres de los que se tiene registro.

Las familias de los desaparecidos, se dedicaron a buscar entre los campos predilectos para los criminales, los cañaverales. Sin embargo, fue hasta el basurero municipal que encontraron respuestas. Prendas e identificaciones quedaron regadas en el piso. Marisela, únicamente recuperó un pasador de su madre.

En tanto, las autoridades, ante el señalamiento de miles de habitantes, soltaron la coartada: Nosotros no dimos la orden de ningún retén, se excusaron. Podría tratarse de unidades clonadas, al menos ocho, refieren los testigos presenciales.

“LES ROGUÉ QUE ME LAS REGRESARAN” 

Ocho días posteriores al levantón masivo, timbró el teléfono de Marisela Nájera. Los captores conocían sus datos. Incluso le ordenaron que vendiera sus propiedades si quería devuelta a sus dos familiares. “Conozco la voz, le rogué que que me las regresara, pero son inmunes al dolor”.

El hombre detrás del teléfono pactó un trueque con Marisela, la citaron en punto de la media noche, a mitad del monte, en una antigua estación del tren. Tras 60 minutos de zozobra, el teléfono volvió a sonar.

“Creí que no ibas a venir”, dijo el sujeto entre carcajadas.

“Ten piedad. ¿Por qué te llevaste a mi mamá?, es una señora de la tercera edad. Ven por mí, yo no tengo quién me llore. Ten compasión”, suplicó Marisela.

“No, perra. A ti no te queremos. Y ¿compasión?… a mi madre yo mismo la degollé por puta”, luego resonaron las últimas carcajadas y el contacto con los presuntos captores y las mujeres desaparecidas se perdió hasta la fecha.

“TENGO QUE ENCONTRARLAS”

Son las palabras de la mujer que busca a madre e hija, secuestradas, precisamente, en el terreno más inseguro del estado de Veracruz, según los índices de delitos por municipios, registrados en el Sistema Nacional de Seguridad.

En Córdoba, municipio colindante con Atoyac, al menos 30 homicidios se han suscitado en lo que va del año 2016; 12 con arma de fuego, siete con arma blanca y once sin especificar. Además de cuatro secuestros y nueve violaciones; cinco a menores de edad.

Es el panorama que ha enfrentado desde hace tres años Marisela Nájera Zayas. Sin embargo, no baja la guardia y busca a Carmelita, la mujer que se pasaba destapando cervezas en el bar y tejiendo servilletas para las tortillas. Una abuela consentidora, se la vivía comprando regalos para los hijos la presume.

“Lo que más coraje me da es que a los mismos policías que se la llevaron les invitaba refrescos y botana cada vez que pasaban a saludarla. ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? Es una personas de la tercera edad”.

En tanto, María Inés dejó tres hijos huérfanos, por ellos Marisela no cesa de buscarla. “No ha sido fácil mantenerlos, son ya unos adolescentes, y trabajo de lunes a viernes no alcanza. Son las chácharas que vendo en los mercados los domingos que ayudan a sobrellevar la situación”, explica la madre soltera al final de la entrevista.

Han transcurrido 36 meses desde el hecho trágico en la localidad Potrero Nuevo, en Atoyac. De los 19 desaparecidos se sabe nada. Un hecho que para la regidora, Leticia Amira Delgado Hernández, de Movimiento Ciudadano, tiene un origen: la complicidad entre los hombres de Arturo Bermúdez Zurita con el crimen organizado.