Foto: Gabriela Pérez, Cuartoscuro.

Cuatro meses y medio después de que entré en cuarentena ya no me pregunto cuándo acabará y miro con sorna la total inocencia de mis predicciones de febrero. Cuatro meses, pensaba yo, duraría el encierro. En mis peores proyecciones, en agosto, ya habríamos salido del aislamiento. Fantasiosamente, me imaginaba que tras el pico de la epidemia podríamos retomar la vida normal, como solía ser. No ocurrió, porque el Gobierno tenía planeada otra estrategia donde no contemplaba la contención del virus. Con amargura y resignación vamos aceptando que nuestra vida no volverá a ser lo que era hasta que consigamos vacunarnos y que eso tomará meses. No importa si las autoridades cambian el color del semáforo, porque como ya se sabe y se ha dicho hasta el cansancio, México está navegando a ciegas. Sus cambios no están fundamentados en el estado real de la epidemia sino que son motivados por la necesidad de reactivar la economía. Lo más probable es que sigamos los trágicos pasos de Estados Unidos, para que la catástrofe se acentúe como en el país vecino.

Mientras, el proceso de normalización o de negación de la realidad sigue su marcha. La gente acepta cada vez más el riesgo o cree poder conjurarlo como la máxima de que vivir es riesgoso o con la fantástica idea de que pueden protegerse del contagio con métodos como la sana distancia de metro y medio, que no sirve para nada si el aire está contaminado y no portamos todos cubrebocas. Otros, sencillamente creen que les dará una enfermedad leve o que no existe o no es tan grave.

Entre tanto, la comunidad científica mundial va descubriendo los efectos en la salud de pacientes que enfermaron levemente, no requirieron hospitalización, en los que el virus ha dejado secuelas graves: desde daños en el corazón hasta en el cerebro, además de los pulmones, el hígado, el riñón, de los que no se había dado cuenta. Como es un virus nuevo, apenas vamos conociendo sus efectos a largo plazo en el cuerpo humano: somos los conejillos de Indias de un virus realmente peligroso y lesivo para nuestra especie: no nos mata a todos, nos escoge para poder transmitirse a través de pacientes asintomáticos, mata con saña a personas enfermas, deja secuelas en gente saludable y joven, se disemina a través de lo que nos gusta hacer más: hablar, respirar, junto a otros. Es una pesadilla anti-humana, porque gregarios como somos, si encuentra a uno, nos encuentran a todos.

Quizá, lo más aterrador del coronavirus sea que se transmite sin síntomas evidentes, esto es, sin que los portadores de la enfermedad estén visiblemente enfermos, cuando hablan, respiran, tan tranquilos junto a otros. Esto lo convierte en un arma letal porque contrario a nuestra forma de relacionarnos, tenemos que dar por sentado que cualquiera podría estar contagiado y no saberlo, e incluso, no enterarse nunca que contagió a decenas de personas. Los termómetros, los tapetes sanitizantes, el lavado de manos, el gel de alcohol, no lo detendrán en un salón de clases, por ejemplo. Ni en una oficina, ni en ningún espacio cerrado donde nos veamos obligados a estar durante unas horas. Incluso, si portamos cubrebocas, el riesgo, aunque bajo, sigue presente en el ambiente.

Por esto, precisamente, había que evitar a tiempo que el coronavirus colonizara nuestro país, hacer todo lo que estaba a nuestro alcance para evitar su dispersión. Ahora sabemos que no solo dejará una enorme cantidad de personas fallecidas conforme siga avanzando sino que también dejará una enorme cantidad de personas con secuelas que requerirán de atención médica especializada en un sistema de salud insuficiente, en crisis y depauperado.

Si no hacemos nada para detenerlo, el virus seguirá su camino natural: encontrará más personas que infectar. Y esta es la pésima noticia: no, no, hemos llegado a lo peor, aún le queda la mayoría de la población para cebarse en ella, es decir, estamos a años luz o cientos de miles de muertos, para decirlo de otra manera, de una supuesta inmunidad de rebaño totalmente criminal e inadmisible; con una población como la mexicana, que tiene debilidades de salud, como sabía el Gobierno desde antes de la pandemia. Es decir: la epidemia de coronavirus no se detendrá sola, no la detendrá Santa Claus, no la detendrá, evidentemente, el invierno, ni las estampitas, ni por lo visto, el Gobierno, y, conforme la gente salga, no use cubrebocas, ingrese a la “nueva normalidad”, la estará alimentando, echándole gasolina al fuego.

Esa es la triste verdad que ya podemos apreciar en los países que, incluso habiendo hecho las cosas bien, a diferencia de nosotros, ya presentan rebrotes. En nuestro caso no será un rebrote, sino una agudización de la epidemia: le facilitaremos que cada vez encuentre a más personas. El caso se torna más grave cuando esta agudización está propiciada por los gobiernos que debieran velar por nuestra seguridad y en cambio arrojan a los ciudadanos al contagio habiendo torcido las mediciones para empezar con la reapertura anticipadamente y sin hacer nada para contener el virus. Ya comienzan a exigirle a las personas, por ejemplo, que cumplan con trámites como la verificación vehicular, que salgan y cumplan con obligaciones que habían sido pospuestas. Una cosa lleva la otra: la ficción del semáforo naranja llevará a más gente a contagiarse por exigencias que los propios gobiernos generan dejando a la gente indefensa frente a sus propias decisiones, no solo negligentes, sino criminales.

¿Qué hacer frente a la locura y la incapacidad de quienes nos gobiernan?

No nos queda más que resistir, organizarnos y oponernos activamente. Ni un avión, ni un circo mediático montado para golpear a políticos opositores, ni las excusas inmorales de un Subsecretario queriendo culpar a enfermos de su propia negligencia merecen tanto nuestra atención como evitar que más mexicanos se sigan contagiando, y muriendo. Exigirle a los gobiernos que suspendan todos los trámites que nos puedan poner en riesgo, que tomen medidas de contención, que vuelvan obligatorio el uso de cubrebocas, que implementen un ingreso universal, que hagan pruebas, seguimiento de contactos, que apliquen rigurosamente el semáforo de acuerdo al estado real de la epidemia, que cierren fronteras, que cambien, en fin, de estrategia.

Eso debieron hacer en un inicio y no lo hicieron, pero ahora, justo cuando se están gestando las condiciones que exacerbarán en unas semanas nuestra tragedia es que debemos de exigir que, de una buena vez, se corrija el rumbo. Quién sabe si entonces nos quede tiempo precioso para corregir, que es, si usted lo ve bien, lo único que todavía tenemos.