Plagas e incendios. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

…como las aves y sus nubes de alas grises

son también hormigas, tarántulas, jaguares,

guacamayas, jirafas, ciervos

y unos cuantos secretos;

el sol al mediodía y la luna llena;

 

las copas de vino y sus cristales de anhelo,

música presentida en el umbral del vidrio;

la dicha de abrazarse, su tristeza antes de partir,

la remembranza del afecto un paso adelante;

 

la lluvia, sí, la lluvia,

ese milenario abecedario

danzante de campos y techos;

geométricas moléculas

del tac tac tac tac…

que arremolina sus gotas:

fértiles ascienden, y retornan;

 

y la Torre de Babel en su pintura

se derrumba en el “nadie-escucha”:

el siniestro estruendo de la ruptura,

estertores y gritos, columnas de humo,

puñales y navajas,
pólvora de minuciosas incisiones;

el divorcio de la lengua,

sus postergadas tareas

en el cómplice silencio.

 

Dispersos ya los vocablos

sin anclaje y sujeto,

son plagas e incendios,

queman rostros, envenenan la tierra;

y aniquilan de un día para otro

la cordura y sus sentidos;
más letales atentan

contra las mismas almas

que imploran su vida

entre las correrías del viento.

 

Los ángeles,

de palabras impregnan

su resplandor y soltura,

y por una extraña razón

no saben pronunciarlas:

mudos en su presencia

desconciertan.

 

Consonantes y vocales,

evaporadas y extraviadas,

retornan,

y desde su esquiva esencia

nos interpelan.

 

Son sagradas,

y lo hemos olvidado.