Me parece que ésa es la gran pérdida que implica la educación a distancia. Al menos hasta ahora. La falta de convivencia, de contacto físico, de pláticas. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Llevo una buena cantidad de años y semestres impartiendo diferentes materias en universidades privadas. Me han tocado grupos por demás disímbolos, toda vez que soy ingeniero y me dedico a la literatura. No es exagerado contar que, en cierto semestre, daba clase de cálculo antes de alguna de teoría literaria. Alguna ocasión, por un equívoco administrativo, me dieron una credencial en la que se aseguraba que yo era catedrático de Diseño Gráfico. Nada más lejano a la realidad, toda vez que soy incapaz de idear algo por la vía de lo visual, pero servía para la broma de mis dos ramas de conocimiento. En ese mismo tenor, he tenido grupos de todos los semestres y de maestría. Hasta ahí, ahora ya sólo doy clases de literatura en una sola universidad.

Sabíamos, desde la mitad del verano, que este semestre íbamos a iniciar con una modalidad híbrida. A distancia mientras el semáforo epidemiológico no pasare a verde; presencial cuando lo hiciere. Comenzamos hace tres semanas, dos antes que los niños de educación básica.

Tengo dos grupos de primer semestre. Es decir, salvo un par de excepciones por ciertas coincidencias en preparatoria, mis alumnos no se conocen entre sí. Como no se conocían antes los alumnos recién ingresados a la universidad, es la lógica de un cambio de nivel de este tipo. Sin embargo, bastaba una o dos semanas para que no sólo conversaran entre ellos antes de que iniciara una clase, en los descansos, en los recorridos entre diferentes salones, en la ruta hacia la cafetería, en el área donde está permitido fumar, en los desayunos, en el tránsito cotidiano, pues. Era fascinante ver cómo, al cabo de dos o tres semanas ya se habían hecho grupitos de personas que compartían algunas características.

Llegar al salón en esos días significaba experimentar varias cosas. Si la clase previa no había terminado, nos agrupábamos en el pasillo. Si ya podíamos acceder al aula, se acomodaban según sus empatías y animadversiones. Ante todo, platicaban entre ellos; también conmigo, aunque en menor grado.

Eso es lo relevante. Mis alumnos platicaban entre ellos. Ya fuera que se conocieran antes de iniciar el semestre, ya que acabaran de hacerlo, mis alumnos platicaban. Entre ellos. En otras palabras, convivían.

El encanto se ha terminado. Me conecto a clase de 7:00. Es primer semestre. No se conocen. Saludo a uno por uno mientras me solicitan acceso al aula virtual. Responden al saludo. Y callan. Debo lanzar una andanada de preguntas para perfilar un diálogo. Trabado. Sobra decir que, mientras esperamos a iniciar la clase, durante esos cinco o siete minutos en los que se integran los faltantes, no hablan entre ellos. Algunos apagan sus cámaras, todos silencian sus micrófonos. No platican. No conviven.

Su comportamiento obedece, quizá, a la lógica de los desconocidos, al testigo en que me convierto, a no querer hablar delante del profesor. También, a que nos conocemos a partir de lo íntimo. No nos da por contar nuestras preferencias, nuestras aventuras, los dramas familiares y amorosos en público. Lo hacemos con uno o con otro, con dos o tres a la vez, no con una veintena que incluye a uno montón de desconocidos.

Me parece que ésa es la gran pérdida que implica la educación a distancia. Al menos hasta ahora. La falta de convivencia, de contacto físico, de pláticas. Hemos hablado mucho de la tecnología, de los celulares, de las redes sociales y las formas de estar en contacto unos con otros. Es cierto, funcionan las videollamadas, los mensajes de texto, los mensajes de voz, cualquier artilugio de ésos. Funcionan toda vez que uno conoce al otro. Como plataforma de partida, al parecer aún tienen muchas deficiencias.

Y eso que mis alumnos son universitarios. No me quiero imaginar lo que comenzó esta semana. Niños de primer año de primaria, que no conocen a sus compañeros, deben integrarse a un modelo educativo complicado. Lo peor es que no hay culpables. No en un primer momento. Estamos intentando construir la educación a distancia funcional con la esperanza de volver a esquemas previos. A fin de cuentas, si algo nos queda claro, es que estudiar en una institución no significa sólo acudir a clases o ser espectador de conferencias magistrales. Significa, también, convivir y platicar. Conocernos. Ojalá podamos hacerlo pronto.