Ahora, mientras salen sus memorias renovadas, él filma otro documental en Cracovia, una película sobre él, más allá de la película que pasaron por Netflix. Este es un libro trágico y alegre, con la existencia de uno de los genios todavía vivos. Gracias a MalPaso por dejarnos publicar sus Memorias.

Ciudad de México, 29 de septiembre (SinEmbargo).- La tragedia y la polémica han marcado la vida de Roman Polanski. A principios de los 80, el cineasta escribió unas memorias prematuras que ahora, treinta años después, ha decidido completar y matizar desde una perspectiva mucho más madura. En estas Memorias, Polanski nos habla de la vida y de su vida, de los hechos que la han marcado y de las polémicas que lo han acorralado. Un libro único de uno de los últimos genios vivos.

El libro en español, editado por MalPaso. Foto: MalPaso

Desde que recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa.

He tardado casi toda una vida en comprender que esta es la clave de mi existencia. Ello me ha valido considerables angustias, conflictos, desastres y decepciones; pero también me ha abierto algunas puertas que, de otro modo, hubieran permanecido cerradas para siempre.

Cuando era un muchacho, en la Polonia comunista, el arte y la poesía —el reino de la imaginación— siempre me parecieron más reales que los limitados confines de mi ambiente. Desde muy temprana
edad me di cuenta de que no era como la gente que me rodeaba: vivía en un mundo de mentirijillas, completamente aparte del verdadero.

No podía ver circular una bicicleta por Cracovia sin imaginarme como un futuro campeón. No podía ver una película sin verme en el papel de principal protagonista o, mejor todavía, en el del director, detrás de la cámara. Siempre que veía un gran teatro, no me cabía la menor duda de que, tarde o temprano, yo ocuparía el centro del escenario en Varsovia, en Moscú o incluso —¿por qué no?— en París, aquella lejana y romántica capital cultural del mundo.

Todos los niños se abandonan a semejantes fantasías en determinados momentos; pero, a diferencia de la mayoría de ellos, que muy pronto se resignan a no ver cumplidas sus ambiciones, yo jamás dudé ni por un instante de que mis sueños se iban a convertir en realidad. Tenía la ingenua y candorosa certeza de que ello no solo sería posible, sino también inevitable, tan insoslayable como la anodina existencia que por derecho hubiera debido corresponderme.

Mis amigos y parientes solían burlarse de mis descabelladas aspiraciones y acabaron considerándome un payaso. Pero yo, que siempre estaba dispuesto a divertir y distraer a los demás, asumí el papel de buen grado, sin mayores problemas. Claro que, a veces, los obstáculos en mi camino fueron de tal envergadura que hube de hacer acopio de toda mi fantasía para poder sobrevivir.

Una noche de enero de no hace mucho tiempo, en el teatro Marigny de París, pudo cumplirse con creces uno de mis sueños infantiles.

Vestido de Mozart, con una levita del siglo XVIII y una peluca empolvada, estaba a punto de hacer mi entrada en escena en el doble papel de director y coprotagonista principal.

El público que asistía al estreno —una mezcla de políticos y astros cinematográficos, personajes famosos y miembros de la alta sociedad— era del tipo que los columnistas de los periódicos suelen calificar de “rutilante”. Aunque su interés me complacía y halagaba, yo era mucho más consciente del gran número de amigos que habían acudido a prestarme su apoyo moral, algunos desde medio mundo de distancia. Su presencia me decía que les importaba y que tenía, efectivamente, una familia en el más amplio sentido del término.

La obra era Amadeus, de Peter Shaffer. A lo largo de toda la representación, los Venticelli, es decir, los “vientecillos” o murmuradores, prologan y puntúan la acción a modo de coro griego. Mientras aguardaba entre bastidores, oyendo sus maliciosos murmullos, me pareció escuchar un revoltijo de voces de mi pasado. Algunas pertenecían a las personas que me habían reprendido e increpado por soñar despierto; otras, a aquellas que con su estímulo me habían ayudado a convertir mis sueños en realidad.

En aquel momento, la línea entre la realidad y la fantasía me resultaba, no ya borrosa, sino más imperceptible que nunca. Ambas cosas se habían convertido al final en una sola. Cuando me dieron el pie, salí a escena y representé mi papel con la misma soltura y desinhibición con que solía hacerlo de niño ante mis amigos. Sin embargo, mientras interpretaba la trágica fase final de la vida de Mozart, volvieron a mi mente los ensueños de antaño.

Empecé a darme cuenta de que toda mi vida estaba hilvanada con una especie de hilo teatral que engarzaba triunfos y tragedias, tristezas y alegrías, profundo amor e inimaginable pesar.

Simultáneamente, se me antojó difícil establecer una distinción entre los rostros entrevistos más allá de las candilejas y los espectros del pasado.

Fue casi como si estuviera actuando para todos mis amigos y mis seres queridos, pasados y presentes, vivos y muertos.

La representación de Amadeus estaba tocando a su fin. Se encendieron las luces y el público, puesto en pie, nos tributó una clamorosa ovación. Tuvimos que salir a saludar una y otra vez. Todavía aturdido, recorrí los cien metros que separaban el teatro de una sala nocturna que se había convertido en uno de mis locales preferidos a lo largo de los años. Mareado por el champán, observé que, mientras iban llegando los componentes del grupo del estreno, la distinción entre el pasado y el presente se borraba de nuevo y se confundía en mi mente con otras reuniones parecidas de Londres, Nueva York, Los Ángeles y —más recientemente— Varsovia.

Yo había dirigido e interpretado la versión polaca de Amadeus inmediatamente antes de empezar a trabajar en la producción de París. Como después de nuestras representaciones de Varsovia los militares tomaron el poder, pocos de mis amigos polacos pudieron acudir al estreno francés. Ni siquiera mi padre, que siempre asistía a mis estrenos, pudo abandonar Cracovia.

La “guerra”, tal como la llamábamos los polacos, arrojó una alargada y siniestra sombra sobre lo que hubiera tenido que ser un gozoso hito en mi carrera. En Varsovia, nuestro estreno revistió un carácter muy especial porque asistieron al mismo muchos de los que influyeron en mí y me convirtieron en lo que soy. El hecho de volverles a ver, de hablar del pasado y de visitar lugares en los que mis ojos no se habían posado desde mi infancia, me trajo una avalancha de recuerdos.

La percepción que tiene un niño de las cosas es tan clara e inmediata que no se da en ninguna experiencia posterior.

Mis primeros recuerdos corresponden a la calle Komorowski de Cracovia, en la que vivía a los cuatro años. Sobre cada uno de los portales había un animal de estilo modernista —un elefante, un bisonte, un puercoespín— grabado en piedra. La mítica bestia del número nueve era un horrendo híbrido mitad dragón y mitad águila.

Cuando era niño, la casa había sido construida hacía poco tiempo y olía a pintura reciente.

Había dos apartamentos en el rellano del tercer piso. El nuestro era el de la derecha: una pequeña vivienda ventilada, soleada y moderna, exceptuando la tradicional estufa de azulejos. Las dos habitaciones principales daban a la tranquila calle Komorowski, habitada por gentes de la clase media. La parte de atrás del edificio daba a un bullicioso mercado. Eran los tiempos en que las campesinas aún vendían por las casas huevos y mantequilla y el olor de los corrales se mezclaba con la fragancia de las barras de pan tierno que traían los repartidores de la panadería.

Mi madre era una persona muy ordenada. En nuestro apartamento todo relucía como el oro. El único lugar descuidado era un rincón del balcón donde había un armario lleno de trastos, entre ellos un misterioso artilugio que mi padre aseguraba le servía para saber si decía mentiras. Puesto que apenas dudaba de la existencia de semejante aparato, aquello me preocupaba sobremanera. El detector de mentiras doméstico entraba en acción cada vez que alguien sospechaba que no decía la verdad. Hasta mucho más tarde no logré identificarlo como una vieja e inservible lámpara de mesita de noche de extraño diseño.

Aunque mi padre no era rico, jamás me faltó nada. Y, sin embargo, era en muchos sentidos un niño exigente, difícil e irritable, con tendencia a la murria y a los berrinches —un chiquillo mimado, en suma—. ¿Por qué? Tal vez por culpa del largo cabello rubio que yo aborrecía y que inducía a los mayores a tomarme por una niña. Es posible también que esa fuera mi respuesta a las risas y burlas que suscitaba mi francesa manera de pronunciar la erre; nací en París el año en que Hitler accedió al poder y pasé en dicha ciudad los tres primeros y olvidados años de mi vida, adquiriendo un acento francés que conservé hasta los cinco o seis años. Y finalmente —aunque no en orden de importancia— estaba la cuestión de mi nombre. En un afán de imprimir a su hijo un sello francés, mis padres me inscribieron en el registro con el nombre de “Raymond”, en la errónea creencia de que era el equivalente francés de Roman, nombre muy corriente en Polonia. Por desgracia, al polaco medio el nombre de Raymond le resultaba impronunciable como no fuera bajo la forma de “Rimo”, y a mí me enfurecía y me avergonzaba tanto este ridículo apelativo que me libré de él en cuanto pude. A partir de entonces, excepto para mis cariñosos parientes o mis sarcásticos compañeros de escuela, yo fui sencillamente Roman o bien Romek, su diminutivo polaco.

Siempre hacía las cosas a mi manera. Tal como mi padre me contó repetidamente en años sucesivos, me ponía hecho un basilisco si él me tomaba de la mano cuando subíamos en la escalera mecánica del metro, pataleando como un loco y poniéndome colorado de rabia como un tomate. Lo mismo ocurría cuando trataba de quitarme su preciosa cámara fotográfica que llevaba arrastrando de un cordel como si fuera un cochecito de juguete.

Era un chiquillo extremadamente susceptible. El 18 de agosto, día de mi quinto cumpleaños, tía Teófila me regaló un espléndido camión de bomberos color carmesí con neumáticos de goma, escaleras de mano telescópicas y una colección de bomberos movibles.

Mi familia y sus amigos estaban distraídos conversando —la fiesta era más para ellos que para mí— y yo, abandonado a mis propios recursos, decidí examinar el juguete con más detenimiento. Tras
haber retirado el resto de las figuritas, traté de levantar al conductor de su asiento. La diminuta figura se me rompió en la mano porque estaba pegada. Lleno de horror, la oculté en la estufa más próxima.

Cuando, al final, los mayores decidieron prestarme un poco de atención, alguien observó que el camión de bomberos no tenía conductor.

Yo simulé ignorancia, pero mi madre encontró infaliblemente la figura que faltaba. El coro de indulgentes risas que acogió mi pequeña fechoría me dolió mucho más que si me hubieran regañado.

Todas estas escenas las recuerdo un poco al azar, pero con increíble fuerza y claridad. Sin ninguna idea preconcebida con la que poder compararlas, una mente joven, fresca y desinhibida asimila las impresiones en forma ecléctica y casual.

Recuerdo también el día en que trajeron a casa un pedido de galalita: una sencilla caja de otro color para el pequeño negocio de plásticos de mi padre, propietario de un taller en el que se fabricaban ceniceros y toda clase de chucherías ornamentales con esta materia.

Mi padre se dispuso a abrir la caja en mi presencia. Al cabo de un rato, tomé un martillo de orejas y empecé a quitar los clavos. —Gracias —me dijo él bruscamente—, no hace falta que me ayudes.

Me hirió en lo más vivo de mi sensibilidad. Entonces sacó un trozo de reluciente galalita roja de su lecho de virutas de madera y me lo ofreció a modo de propuesta de paz. Estuve tentado de aceptarlo —su perfume y su aspecto me atraían en grado sumo—, pero sacudí la cabeza y me fui.

Mi padre solía herir mis sentimientos en las pequeñas cosas. Sin embargo, jamás me causó ningún daño físico, ni siquiera cuando quebranté el único tabú de mi casa: me tenían estrictamente prohibido tocar el mayor orgullo y deleite de mi padre, la enorme máquina de escribir Underwood que utilizaba para despachar su correspondencia comercial, tecleando a impresionante velocidad.

No obstante, me estaba permitido permanecer de pie a su lado, mirando, y él acostumbraba invitarme a identificar las letras del teclado.

Así fue cómo aprendí el alfabeto.

Fue una suerte, porque me expulsaron del jardín de infancia al primer día por haberle dicho “Pocaluj mnie w dupe” a una niña de mi clase… ¿O tal vez se lo dije a la maestra? Le debí de oír la frase a uno de mis tíos. Significa “bésame el trasero”.

Mi desgracia me obligó a permanecer mucho tiempo en casa, con la sola compañía de Annette y de nuestra criada. Annette era mi hermanastra adolescente, fruto del primer matrimonio de mi madre.

Era muy aficionada al cine, y ambos pasábamos muchas tardes juntos en las salas medio vacías de Cracovia, viendo películas que yo no entendía en absoluto. Mis primeros recuerdos cinematográficos corresponden a un filme musical en el que Jeanette MacDonald, luciendo un vaporoso traje blanco, descendía por una escalinata a los acordes de Sweethearts. Lo recuerdo muy bien porque me moría de ganas de orinar. Annette, que no quería perderse ni un minuto de la película, me dijo que lo hiciera debajo del asiento.

Jamás me aburría. Siempre había algo interesante que observar desde las ventanas de cualquiera de los lados de la casa. De todos modos, era muy difícil aburrirse en una ciudad como Cracovia, con
el trompetero de la torre de Santa María dando la hora con su charanga ritual, el castillo de Wawel, el río Vístula y la celebración más destacada del año, el gran festival de verano llamado Wianki.

Este último acontecimiento me atraía hasta tal punto que me pasaba varios días recorriendo con Annette la orilla del río en busca del lugar más adecuado para contemplar los fuegos artificiales,
las carrozas y los desfiles de barcazas adornadas. El Wianki, cuyos orígenes se remontaban a la era precristiana, evocaba la leyenda de la princesa Wanda, que había elegido la muerte arrojándose al río desde el castillo de Cracovia antes que casarse con un rey alemán.

Al anochecer, por las aguas del río, tan cercano a nuestra casa, empezaban a bajar cientos de coronas de flores adornadas con velas encendidas; la muerte de la princesa era rememorada por una muchacha vestida de blanco que se arrojaba al Vístula desde un castillo de mentirijillas
instalado sobre una barcaza. Era un espectáculo de cuento de hadas, rematado por una impresionante exhibición de fuegos artificiales que me dejaban boquiabierto de asombro. Los fuegos artificiales poseían para mí una magia especial. Ardía en deseos de que empezaran y no podía soportar que terminaran.

El invierno tenía también sus ribetes mágicos. Las bengalas que chisporroteaban en nuestro árbol de Navidad me dejaban hipnotizado con sus cascadas de fuego plateado… ¡fuegos artificiales en
miniatura en nuestra propia casa! Eso y el sabor de las uvas pasas, los higos y las nueces constituyen mi primer recuerdo de la Navidad polaca en el número nueve de la calle Komorowski.

La nieve empezó también muy pronto a formar parte de aquella Navidad cuando mi tío Stefan me compró unos esquís y yo los probé por primera vez, con mucho ánimo pero escaso éxito, en las blancas riberas del Vístula.

Los recuerdos que guardo de mi madre son vivos y confusos a un tiempo. Me acuerdo del sonido de su voz, de su elegancia, de la precisión con que trazaba unas delgadas líneas sobre sus cejas depiladas, del cuidado que ponía en pintarse para modificar la forma del labio superior según la moda del momento, y de la carita de su piel de zorro que se mordía vorazmente su propia cola.

Recuerdo su naturalidad la vez que entré en su dormitorio y la vi desnuda. Muchas personas me dijeron más tarde que era asombrosamente guapa. Era también, tal como la guerra iba a demostrar, una mujer altiva e ingeniosa.

Me agrada pensar que mi testarudez y resiliencia las he heredado de ella.

Recuerdo un verano en que mis padres alquilaron una casita en un pueblo de montaña con el imposible nombre de Szczyrk. Fue, ahora que lo evoco, el último período despreocupado y feliz que
pasamos juntos. Y fue también mi primer contacto real con la naturaleza.

Era una campiña preciosa, llena de bosques y colinas. Me pasé mucho tiempo pensando que todos los bosques crecían en las laderas de las montañas.

Mis padres estaban jugando a las cartas en el jardín con unos amigos.

Yo les observaba desde lejos, montado a caballo en una silla de tijera que terminó volcándose y pillándome los dedos en su armazón de madera. Mi apurada situación me dejó lleno de turbación y
culpabilidad. Me habían ordenado que no jugara con la silla y no quería que se dieran cuenta, pero el dolor era espantoso y acabé desmayándome.

Cuando recobré el conocimiento, un médico estaba inclinado sobre mí.

—Te estabas quedando azul —me dijo mi madre

Mi sexto cumpleaños coincidió con nuestras vacaciones en Szczyrk.

Mi madre invitó a unos niños a merendar. Llegaron temprano, cuando yo estaba todavía en el orinal, y oí que mi madre les decía con la mayor soltura:

—Romek está en el trono.

Hubiera querido que me tragara la tierra con orinal y todo —¿cómo era posible que mi madre me hubiera traicionado de aquella manera?—, y me negué a salir. Ella trató entonces de arreglarlo, diciendo que lo de “estar en el trono” significaba algo muy distinto: que yo era el rey del día porque festejaba mi cumpleaños. Se inventó todo un juego basado en mi nuevo título, pero no pudo convencerme de que me reuniera con los demás.

Cracovia está rodeada por el Planty, un parque circular que se extiende por el trazado de las antiguas murallas de la ciudad. Una vez, paseando con mi padre por allí, nos tropezamos con un mercachifle que vendía unos grabados que, doblados de una determinada manera, transformaban los rostros de cuatro hombres en el semblante de un cerdo. A juzgar por el grupo de personas que se habían congregado a su alrededor, el mercachifle estaba haciendo muy buen negocio. Mi padre me dijo que las caricaturas representaban a Hitler, Himmler, Goebbels y Göring. Me explicó quiénes eran y por qué los nazis representaban una amenaza para nuestro país.

Aquellos nombres se oían cada vez con más frecuencia. Era un síntoma de la nueva atmósfera de tensión que se respiraba, del temor a una guerra inminente. Se observaban en toda la ciudad nuevas formas de actividad: se cavaban trincheras en el parque Planty y las ventanas y escaparates aparecían cruzados en todas las direcciones con papel adhesivo antiexplosión. Mi familia no paraba de celebrar reuniones —horas y horas de serias discusiones de las que estaba excluido—. Como resultado de todo ello, mi padre decidió dejar el apartamento de la calle Komorowski y alquilar un escondrijo en Varsovia, mucho más lejos de la frontera germano-polaca. Mientras tanto, en espera del desarrollo de los acontecimientos, íbamos a vivir en casa de mi abuela y mis dos tíos solteros, Stefan y Bernard.

Al parecer, la situación era tan grave que se consideraba más seguro concentrar a toda la familia bajo un mismo techo.

El apartamento de mi abuela en Kazimierz, la única aproximación a un barrio judío que había en Cracovia, era todo lo contrario de nuestra antigua casa: un oscuro y enorme lugar al que se accedía a través de un polvoriento patio. Las estufas de azulejos no eran blancas como las de nuestro apartamento, sino unas voluminosas construcciones barrocas con complejos adornos.

Cada estancia tenía su olor particular. El penetrante aroma de la pomada de mi abuela impregnaba toda la habitación que ella nos había asignado y en la que había una adornada cama de latón y un
tocador con un espejo tríptico. El cuarto de baño olía a desagüe y a cañerías viejas. Tenía una bañera antigua con un reluciente calentador de cobre. Mis dos tíos guardaban allí sus esquís. El dormitorio que ambos compartían me estaba absolutamente vedado. El salón que les servía de taller olía a las bolas de naftalina de las pieles que ellos preparaban para el peletero que les daba trabajo.

Mi abuela se llamaba María. Mis padres y mis tíos la llamaban “madre”, pero, para mí, era la abuelita. Yo la adoraba. Era menuda, llevaba el cabello gris recogido en un moño y vestía generalmente de negro. Había insistido en ofrecernos su alcoba y dormía en la cocina. Hasta que empecé a ir a una escuela como Dios manda, la cocina era el lugar en el que solía pasarme las horas muertas. Constituía para mí una fuente inagotable de diversión y hechizo, y no ya solo por la inagotable paciencia de mi abuela y su buena disposición a jugar conmigo y a responder a mis incesantes preguntas. La cocina contenía un enorme aparador labrado, una balanza que se prestaba
a infinidad de juegos y muchos tarros repletos de misteriosos jarabes y mermeladas caseras. En el antepecho de la ventana había un tarro más pequeño lleno de agua y cubierto con una gasa, sobre
la cual descansaba una alubia. De la alubia surgían unas espigadas raíces blancas que iban creciendo poco a poco cada día y que parecían tener vida propia, algo así como si fuera una exótica criatura marina provista de tentáculos. Mi abuela pretendía con ello enseñarme cómo crecían las plantas, pero a mí aquella visión me resultaba más horrorosa que educativa.

Un domingo mi madre me llevó como de costumbre a jugar a la orilla del Vístula. Aquel verano de 1939 fue excepcionalmente caluroso, pero junto al río siempre soplaba una agradable brisa y las mariposas danzaban por allí bajo la trémula luz del sol. Una de ellas me pareció distinta de las demás: grande y de color pardo con manchas azules. Realicé la increíble hazaña de cazarla con mi gorra de marinero infantil. Tío Bernard la durmió con éter y la fijó a un trozo de corcho. Dijo que era un Paje de la Reina, una auténtica pieza de coleccionista.

Al día siguiente de mi memorable captura, el pánico se apoderó de mi círculo familiar. Pusimos en práctica nuestro plan de emergencia. Mi padre hizo apresuradamente las maletas y anunció que
me iba a llevar a Varsovia con Annette. Puesto que todos los enseres de nuestra casa los teníamos almacenados en Cracovia, mi padre decidió quedarse allí con sus hermanos, por lo menos de momento, para ver qué curso seguía la situación. Mi fatalista abuela no quiso marcharse, pasara lo que pasase.

Había estallado la guerra, pero nada me iba a arrebatar mi más preciado tesoro. Mi madre no quería que me llevara la mariposa.

Armé tal escándalo que acabó dándose por vencida y accedió a meterla en una maleta, pero no quise que lo hiciera. Por fin, emprendimos la marcha hacia la estación cargados con nuestro equipaje: yo llevaba la sombrerera de mi madre, mi cesto de la merienda de la escuela, mi oso de felpa… y mi Paje de la Reina prendido con un alfiler a su soporte de corcho.

Era la primera vez que me separaba de mi padre y que viajaba en tren de noche. Algunos borrachos de nuestro vagón de tercera empezaron a molestar a mi pálida y angustiada madre; entonces ella pagó el suplemento de segunda clase y nos fuimos a otro compartimento.

Mi padre creía que íbamos a estar más seguros en Varsovia, donde nuestra nueva vivienda se encontraba en una casa no terminada de una zona suburbial. Era una morada tan impecable como nuestro apartamento de la calle Komorowski, pero con una considerable diferencia: exceptuando una cama plegable y un colchón, no había ningún mueble. El hecho apenas tuvo importancia, porque empezamos a pasar todas las noches y algunos días en el sótano.

El constante silbido de las sirenas de alarma antiaérea inducía a nuestros convecinos —todos ellos unos perfectos desconocidos para nosotros— a bajar a toda prisa a sentar sus reales en el sótano. Se organizaba un barullo tremendo con niños que lloraban, ancianos que refunfuñaban y mujeres que se entregaban a ataques de histerismo.

Nuestro refugio carecía de ventilación. Era sofocante y húmedo, y circulaban espantosos rumores de que los alemanes estaban a punto de utilizar gas letal. Los habitantes de Varsovia disponían de
auténticas máscaras antigás; los rezagados como nosotros solo teníamos unas almohadillas de gasa humedecidas con una sustancia química que olía a demonios.

Aquellas noches pasadas en el sótano viví una verdadera tortura: no podía quitarme los zapatos porque mi madre temía que tuviéramos que salir a escape. Hipnotizado por el parpadeo de la luz de las velas, me dormía en el regazo de mi madre abrazado a mi osito de felpa, despertándome de vez en cuando y volviendo a dormirme hasta que pasaba la alarma. Entonces las familias recogían sus máscaras antigás y subían de nuevo a sus apartamentos; volvían a bajar al cabo de una o dos horas, cuando empezaban a sonar de nuevo las sirenas.

Con la intensificación de los ataques aéreos empezó a faltarnos comida. Y se nos acabó también el dinero. No teníamos noticias de mi padre. Mi madre, que pertenecía a una acomodada familia rusa
y que, según todas las opiniones, se había casado con un hombre de clase inferior, siempre había tenido criada en Cracovia. Pese a lo cual, reveló en aquellos momentos una asombrosa habilidad, rebuscando comida entre la basura como todo el mundo.

Una vez regresó de una de sus cotidianas expediciones con un saco de azúcar mezclada con arena porque la había recogido del suelo de la calle. Tras diluir el azúcar en un lata de galletas, sacó toda la arena que pudo y elaboró después unos deliciosos pastelillos que vendimos a cambio de dinero contante y sonante.

Otra vez regresó con una enorme lata de pepinillos encurtidos y nos pasamos varios días sin comer otra cosa. Al principio nos gustaron y el agua salada nos supo bien. Pero, poco a poco, advertimos
que aquella dieta nos daba mucha sed en unos momentos en que el agua potable era muy escasa.

Nos habían aconsejado que llenáramos la bañera y todos los recipientes que tuviéramos a mano.

Cuando cortaron el agua corriente, a Annette y a mí nos encomendaron la tarea de hacer cola durante horas con toda clase de cacharros y envases junto a los puestos de distribución.

Algunas veces, cuando mi madre no estaba, Annette y yo nos asustábamos, temiendo lo peor.

—Vámonos a dormir —decía Annette—. El tiempo pasa más deprisa de esta manera.

Y era cierto.

Siempre aguardaba el regreso de mi madre con trémula y emocionada anticipación. Una noche, al oír unas pisadas, corrí a abrir la puerta… y entraron cuatro personas a las que jamás había visto: un matrimonio con dos hijos cuya casa había quedado destruida por un bombardeo. Sin una palabra, se acostaron en nuestro diminuto recibidor. Cuando regresó mi madre, encontró el apartamento
lleno de desconocidos, pero no pudo hacer nada.

El hecho de que, por primera vez en mi vida, nadie me controlara, tuvo para mí sus ventajas. Empecé a jugar con otros chicos alrededor de los cráteres abiertos por las bombas. Encontré la aleta caudal de una bomba alemana y me la llevé a casa, convirtiéndola en otro de mis trofeos.

En una calle cercana hice un horrible descubrimiento: un caballo de tiro muerto. Examinándolo más de cerca al día siguiente, vi que habían rebanado un trozo de carne de sus cuartos traseros. Al otro día, aparecieron nuevas escisiones en la carroña del animal. Los tres lo comentamos y llegamos a la conclusión de que, por mucha hambre que pasáramos, jamás recurriríamos a la carne de caballo podrida.

Un día en que me alejé un poco, vi algo mucho más doloroso: abandonado en el cuarto piso de un edificio bombardeado, un solitario perro aullaba lastimeramente. Nadie le hacía el menor caso. El
espectáculo me conmovió tanto que supliqué a varios transeúntes desconocidos que acudieran a rescatar al animal. Todos me apartaron a un lado y siguieron su camino.

Varios días más tarde, estaba jugando en nuestro solar cuando vi que alguien se agachaba y me observaba con atención. Tardé un rato en reconocer a mi padre porque estaba muy demacrado e iba sin afeitar. Extendió los brazos y corrí a su encuentro. Su barba pinchaba. Inmediatamente me puse a gemir, para demostrarle lo bien que sabía imitar una sirena de alarma.

Fue muy agradable tener de nuevo a nuestro padre en casa, sobre todo porque nos libró de nuestros huéspedes no deseados. Mientras los cuatro nos acurrucábamos muy juntos en el suelo, él nos habló de sus viajes.

Para huir de los alemanes, él y sus dos hermanos solteros se habían incorporado al éxodo masivo tomando a pie el camino del este, en dirección a Lublín. Mi tercer tío, David, casado con Teófila,
hija de un panadero, había emprendido el viaje hasta allí en el carro de reparto de sus suegros. Los alemanes ya estaban en Lublín cuando llegaron los hermanos y estos tuvieron que ocultarse. Al
final, se separaron y mis tíos regresaron a la ocupada Cracovia mientras mi padre se reunía con nosotros en Varsovia. Nuestro plan de emergencia había fracasado debido a un error de cálculo. En
lugar de quedarnos en Cracovia, donde no hubo ningún combate, nos fuimos directamente al epicentro de la guerra.

No perdía de vista a mi padre en ningún momento. Le llevé a ver al perro, cuyos ladridos eran cada vez más apagados.

—¿Qué podemos hacer nosotros? —dijo él, encogiéndose de hombros.

Pero no podía quitármelo de la cabeza. Cuando volví a pasar por allí, el perro ya no estaba.

Poco después vi un solitario carro blindado polaco bajando por una calle en ruinas con los hombres macilentos y agotados. Aquella misma tarde, cogido de la mano de mi padre, contemplé las cerradas filas de los soldados de infantería de la Wehrmacht marchando hombro con hombro por Varsovia, gallardos y pulcros como si fueran de juguete con sus uniformes verde gris. A mí me fascinaban todos los soldados, incluso los alemanes, pero mi padre me apretó la mano con fuerza y murmuró por lo bajo:

—¡Cerdos, más que cerdos!

Los primeros judíos llegaron a Polonia procedentes de Praga y Alemania a principios del siglo XI. Trescientos años más tarde, Casimiro el Grande invitó a judíos de otras regiones europeas a establecerse en Cracovia y les concedió grandes privilegios y ventajas por considerarlos un factor de desarrollo económico capaz de convertir la ciudad en un centro de comercio digno de rivalizar con los principales de otros países de Europa.

Sin embargo, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, los sesenta mil judíos de Cracovia llevaban más de quinientos años conviviendo con el resto de la población y estaban completamente integrados.

Aunque había un barrio predominantemente judío —donde vivía mi abuela—, no existía nada que ni de lejos se pareciera a un gueto, porque, gracias al rey Casimiro y a sus sucesores, los judíos de Cracovia habían gozado desde un principio de plenos derechos de ciudadanía. Habían jugado un importante papel en el desarrollo de la ciudad, contribuyendo no solo a su expansión comercial, sino también a su merecida fama de baluarte cultural e intelectual con su mundialmente famosa Universidad Jaguelónica (así llamada por la dinastía de los Jagellón), su soberbia arquitectura renacentista y sus florecientes teatros, galerías de arte y prestigiosas editoriales.

Siempre se plantea una pregunta cuando surge el tema de la “solución final”: ¿Por qué permitieron los judíos que los liquidaran en masa durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Por qué no advirtieron
desde un principio la suerte que les aguardaba y por qué no comprendieron antes la verdad y se levantaron contra sus opresores?

El principal motivo de que sus temores solo aparecieran gradualmente y con retraso se debió al hecho de que el Holocausto aún no se había consumado. Era algo que escapaba a cualquier marco de referencia conocido. Las presiones se fueron ejerciendo poco a poco y, al principio, parecieron simplemente una leve amenaza. El método alemán consistía en adormecer a la gente para que asumiera una actitud de pasividad, fomentando la esperanza y convenciendo a los judíos de que las cosas no podían efectivamente llegar a ser tan malas.

Pensaba que, si alguien les explicaba que no habíamos hecho nada malo, los alemanes comprenderían que todo era un gigantesco malentendido.

Lo que le ocurrió a mi familia es una perfecta ilustración de la forma en que se llevaba a la práctica la “solución final”.

Superficialmente, la vida volvió a su curso normal tras nuestro regreso a Cracovia. Sin embargo, ya nada fue igual.

Empecé a ir a una escuela que estaba a la vuelta de la esquina y no me gustaba. La escuela significaba tener que estar sentado en hileras de bancos y llenar cuadernos de ejercicios con la frase Ala ma kota [Ala tiene un gato]. Creo que ya no pasé de ahí, porque, al cabo de unas cuantas semanas, a los niños judíos nos prohibieron súbitamente ir a clase. A mí me pareció de perlas porque todo ello me producía un aburrimiento insoportable, solo paliado por un artilugio que a veces utilizaba el maestro. Era un episcopio que servía para la proyección de ilustraciones en una pantalla del pasillo de la escuela. Debo confesar que no me interesaban en absoluto las palabras y ni siquiera las imágenes que proyectaba. Lo que me interesaba era el método de proyección.

Quería saber cómo funcionaba el aparato y examinaba constantemente la lente y el espejo, o bien interrumpía la sesión y me ponía pesado cubriendo el haz luminoso con mis dedos.

Descubrí también que sabía dibujar, no los habituales garabatos infantiles, sino temas bastante sofisticados con cierto asomo de perspectiva. Los retratos que hacía a los miembros de mi familia
eran reconocibles. Recuerdo también que hice un dibujo bastante preciso de un soldado alemán con su casco teutónico. Por alguna extraña razón, lo único que no podía copiar fielmente era una estrella de David. Los dos triángulos que formaban la estrella estaban entrelazados con gran complejidad. Sin embargo, tuve mucho tiempo para estudiar su diseño. A partir del 1 de diciembre de 1939, mi familia se vio obligada a llevar unos extraños brazales blancos con la estrella de David estarcida en azul. Me dijeron que eso significaba que éramos judíos.

Mis padres jamás habían practicado su religión. Mi madre solo era parcialmente judía y tanto ella como mi padre eran agnósticos y no creían en la conveniencia de impartir enseñanza religiosa a los
niños. El hecho de ser judíos significó que ya no podíamos seguir estando donde estábamos.

Volvimos a mudarnos de casa, pero esta vez no por propia voluntad como al estallar la guerra, sino por obligación. No tuvimos que ir muy lejos. El reasentamiento, que tuvo lugar sin alborotos ni amenazas, lo organizaron las autoridades municipales de Cracovia. Aunque solo nos permitieron llevar lo que pudiéramos acarrear, la nueva vivienda no era peor que la antigua, exceptuando el
hacinamiento. El apartamento que nos asignaron en una planta baja de la plaza Podgorze, al otro lado del Vístula, era más espacioso que el de mi abuela, pero lo compartíamos varias familias. La abuelita ya no estaba con nosotros. Le habían asignado una minúscula habitación en el otro extremo de la nueva “zona judía” de Cracovia.

Mis padres, mi hermanastra y yo ocupábamos ahora dos habitaciones en un oscuro apartamento en forma de L, con muchas ventanas y una vista sobre una iglesia de ladrillo rojo. Había varias tiendas allí cerca y en ellas aún se podía comprar comida.

Eso fue la primera fase. Aún podíamos ir y venir libremente y yo jugaba con niños polacos y no simplemente judíos. La única razón de que mi padre no nos comprara un árbol de Navidad aquel primer invierno obedeció a su deseo de no llamar la atención.

Poco después Annette me acompañó a la ventana y me señaló una cosa. Unos hombres estaban trabajando en la construcción de algo al otro lado de la calle. Parecía una barricada.

—¿Qué están haciendo? —pregunté.

—Están construyendo un muro.

Lo comprendí de repente: nos estaban emparedando. Se me encogió el corazón y empecé a llorar con desconsuelo. Era la primera señal inequívoca de que los alemanes iban en serio. Los obreros
tapiaron también la entrada principal y las ventanas de uno de los lados de nuestra vivienda, impidiéndonos con ello la vista de la plaza y la iglesia. El lado tapiado era una prolongación del muro, por lo que hubo que abrir otra entrada por la calle Rekawka, con unos peldaños que conducían, a través del sótano, al espacioso y oscuro zaguán. Lo que al principio era una agradable perspectiva —una tranquila calle que desembocaba en una plaza arbolada—, se convirtió en un callejón sin salida cerrado mediante un muro de ladrillo rojo pulcramente rematado por unas onduladas almenas de hormigón.

Una calle principal dividía en dos nuestra nueva metrópoli. Había una valla de alambre de púas a ambos lados de aquella transitada calle. Los residentes del gueto podían ver pasar el tráfico y a su vez ser vistos por los que utilizaban la calle, pero la calle propiamente dicha les estaba prohibida y les era inaccesible. Para que la gente pudiera pasar de una parte a otra del gueto, se construyó una pequeña pasarela.

A pesar de nuestro confinamiento, sería erróneo pensar que el temor dominaba entonces nuestras vidas. En aquellos primeros meses me lo pasé muy bien jugando con mi trineo en la nieve, canjeando sellos de correos y haciendo amistad con otros chicos.

En la calle Rekawka supe por primera vez qué era la sexualidad. Solía recorrer las calles con otros chicos, recogiendo toda clase de objetos. Nuestro botín incluía a veces unos pequeños tubos de goma parecidos a unos globos deshinchados que encontrábamos en los portales y junto a los bordillos de las aceras. Un chico de nuestro grupo dijo que eran preservativos. Los mayores los utilizaban para no tener hijos; y explicó que, para tenerlos, el hombre introducía el miembro en la mujer. La revolucionaria revelación me dejó perplejo. ¿Era esa la única forma en que nacían los niños o había una combinación de circunstancias? A mí siempre me habían dicho que a los niños los traía la cigüeña.

Mis compañeros me miraron con desprecio. Señalé que una de las habitaciones de nuestro apartamento de la calle Rekawka estaba ocupada por una mujer que no estaba casada y vivía sola, pero tenía un hijo. ¿Acaso no demostraba eso la intervención de la cigüeña? Resultó que los demás tampoco tenían las ideas demasiado claras.

Insistí en el tema algunos días más tarde con los chicos del mismo grupo. Acababa de tener una inspiración. Una vez dentro de la mujer, dije, no lo dejabas allí sin más, sino que lo movías hacia delante y hacia atrás. Me tacharon de ingenuo; pues claro que sí, me dijeron.

Durante aquellos primeros meses, el gueto fue —a pesar de los periódicos accesos de terror— una ciudad autónoma en la que la gente se enamoraba, se casaba e incluso se divertía. Aparte de sus propias fuerzas policiales judías, llamadas Ordnungsdienst, su administración local, o Judenrat, su servicio sanitario provisional y sus asistentes sociales, en el gueto había un pequeño restaurante y un mísero café-cabaret al aire libre con una orquesta en la que predominaban los acordeones. Dos amigos de mi padre, los hermanos Rosner, formaban parte de dicho conjunto. La pared del café estaba decorada con un mural en el que se representaba la escena de un judío hasídico, con su atuendo tradicional, siendo registrado por un policía polaco mientras por debajo de los faldones de su larga levita negra asomaba la cabeza de un ganso que iba a introducir subrepticiamente en el gueto. Un día asistí a la fiesta de cumpleaños del pequeño Richard Horowitz, de tres años, sobrino de los Rosner, y a los niños nos ofrecieron pasteles y chocolate caliente. Richard, que era un chiquillo muy temperamental, se negó a beberse el chocolate de su cumpleaños.

Aunque fueron bastante pacíficas, aquellas semanas estuvieron caracterizadas por unos leves pero siniestros intentos de apretarnos las tuercas. A mi padre le confiscaron su querida máquina de escribir Underwood. Poco tiempo después de la construcción del muro, todas las familias judías tuvieron que entregar cualquier prenda de piel que poseyeran. La gente se vio obligada a hacer cola durante varias horas. Mi madre entregó su zorro; mi abuela, su cuello de piel.

Una noche oímos unos gritos procedentes de la escalera. Apagamos inmediatamente las luces y mi padre salió a escondidas para ver qué ocurría. Regresó de puntillas y dijo que los alemanes estaban en el edificio. Vio que arrastraban a una mujer escalera abajo por los pelos. Permanecimos sentados aguardando, iluminados tan solo por el apagado resplandor de la estufa. Me humedecí un dedo con saliva y dibujé una cruz gamada en la pared. Mi padre la borró enfurecido.

Siempre me mandaban que fuera a visitar a la abuelita. Por desgracia, mis relaciones con ella ya no eran las de antes. Su conversación me aburría. Siempre me preguntaba cosas de mis padres. ¿Iba todo bien? ¿Se peleaban? Sus pesquisas obedecían probablemente a una sincera y justificada preocupación, pero yo las consideraba un simple fisgoneo. Había dejado de ser un niñito mimado. Estaba deseando que terminaran aquellas aburridas sesiones para poder regresar junto a mi primer amigo auténtico. Pawel —jamás supe su apellido— vivía en la casa de al lado. Tenía unos doce años, era huérfano de madre y había sido encomendado a la custodia de un padre adoptivo que no le quería, le pegaba constantemente y le obligaba a cuidar de su hermanita todo el día.

A causa de las obligaciones domésticas de Pawel, yo no podía jugar con él en cualquier momento. Me constaba que su vida era muy desgraciada —tanto como las que se describían en los libros
infantiles—, pero él no se dejaba vencer por las dificultades. Era un chico muy listo y muy alto para su edad, con el cabello castaño, un rostro fuerte y hermoso y una extraordinaria capacidad para absorberlo todo y organizar cosas.

Pawel era mi alegría y mi primer compañero auténtico. Su amistad me compensaba de las amarguras de una existencia cada vez más limitada y dominada por el temor. Esta íntima relación con alguien no perteneciente a mi círculo familiar fue un despertar no solo educativo, sino también emocional. Siempre había experimentado el deseo de tener información sobre toda clase de cosas, y Pawel tenía respuesta para todo; no respuestas indiferentes como las de los mayores, que no satisfacían mi curiosidad, sino explicaciones auténticamente científicas sobre la naturaleza de la electricidad, la forma en que los automóviles funcionaban por medio de gasolina y la razón por la cual los aviones se mantenían en el aire. Hizo un timbre eléctrico estupendo con dos trozos de alambre de cobre barnizado y un interruptor intermitente. Juntos nos lanzamos a la construcción de un simple motor de baterías. Solía dibujar unos aviones de extraño diseño y él me explicaba pacientemente por qué motivo no podrían volar jamás, enseñándome los principios elementales de la aerodinámica aprendidos Dios sabía dónde. Todavía hoy, cuando veo extraños aparatos como el AWACS o la lanzadera espacial, pienso que ojalá pudiera decirle a Pawel: “¿Lo ves, amigo mío? Las formas extrañas también pueden volar…”.

Acababa de visitar a mi abuela y estaba deseando reunirme con Pawel cuando tuve un presagio de los acontecimientos que iban a producirse. Al principio, no supe lo que pasaba. Vi simplemente
personas que escapaban en todas las direcciones. Entonces comprendí por qué razón se había vaciado la calle con tanta rapidez. Unos soldados alemanes se estaban llevando a un grupo de mujeres. En lugar de huir como los demás, experimenté el impulso de quedarme a mirar.

Una anciana del final de la columna no podía seguir el paso. Un oficial alemán la empujaba constantemente hasta que, por fin, la mujer cayó de bruces al suelo, arrastrándose, gimiendo y dirigiéndole una súplica en yidis. De repente, en la mano del oficial apareció una pistola. Se oyó una fuerte detonación y la sangre empezó a salir a borbotones de la espalda de la mujer. Corrí al edificio más próximo, me oculté en un maloliente escondrijo debajo de una escalera de madera y tardé varias horas en salir.

Adquirí una extraña costumbre: la de cerrar las manos en puño con tanta fuerza que hasta me salieron callos en las palmas. Una mañana, al despertar, descubrí que me había orinado en la cama. No pude hacer nada por ocultar aquel desastre. Me reprendieron severamente, pero, a la otra noche, volvió a ocurrir lo mismo. Y así de manera interminable. Me dormía, soñaba que me orinaba en la cama y, al despertar, comprobaba que mi pesadilla era una inoportuna realidad.

El acaparamiento estaba prohibido. Nos advirtieron de antemano de que se efectuarían registros en el gueto para descubrir posibles almacenamientos ilegales de comida. Quiso la mala suerte que mi madre acabara de cocer unos panecillos que se convirtieron en motivo de discusión. Mi madre quería reducirlos a migajas y arrojarlos al excusado, pero mi padre la convenció de que los guardara en una sombrerera y los ocultara encima de un armario. Entró un oficial alemán de elevada estatura con su gorra de visera y sus relucientes botas de montar, acompañado por un soldado
y un civil del Judenrat. Empezó a hablar con mi madre en alemán y después se fue con ella para inspeccionar la cocina. Mi padre y yo nos quedamos sentados, sin osar movernos. Regresó el oficial, seguido por mi madre. Pensábamos que el registro ya había terminado, pero él se quedó allí de pie, esbozando una ligera sonrisa mientras miraba a su alrededor como un ave de presa y hacía oscilar mi oso de felpa por una pata. De repente, con la punta de su bastón ligero, hizo caer la sombrerera de encima del armario. La tomó, la abrió y esparció todos los panecillos por el suelo.

Soltó una carcajada y después empezó a insultarnos y a regañarnos en alemán. Al final, sin dejar mi osito de felpa, abandonó la habitación.

Eso fue todo, pero mi madre se enojó más que nunca.

—Ya te dije que era mejor librarnos de ellos —le dijo enfurecida a mi padre—. Estos malditos panecillos ya se me han atragantado.

Mi madre me propinó una vez una fuerte paliza —no recuerdo por qué—. Fue la única vez que me levantó la mano y es probable que tuviera sus buenas razones. Pienso ahora, considerándola retrospectivamente, que la tensión de la vida del gueto debía de ser insoportable; quizá por eso se peleaban mis padres y se producían entre ellos pequeñas y amargas desavenencias. Aunque entonces no lo sabía, mi madre estaba embarazada, y ello constituía una fuente adicional de
angustia e inquietud. Mi principal temor era que mis padres pudieran separarse. Esta idea, que era casi lo que más me preocupaba, tal vez fuera responsable en parte de que mojara la cama.

Algunos tramos del perímetro del gueto estaban cercados no por un muro, sino por una alambrada de púas. Desde una determinada posición junto a la alambrada que bordeaba la calle principal, podíamos ver las sesiones cinematográficas semanales que organizaban los alemanes en la plaza Padgorze para los ciudadanos de Cracovia. Las sesiones incluían noticiarios y películas de propaganda de las unidades de carros blindados en acción o de las tropas de la Wehrmacht
desfilando por los Campos Elíseos. Su propósito era el de inculcar en los polacos la idea de que los ejércitos del Tercer Reich eran invencibles.

De vez en cuando, durante los descansos, aparecían en la pantalla las siguientes palabras: “¡judíos = piojos = tifus!”. Debíamos de constituir un grotesco espectáculo para la gente del otro lado: un arracimamiento de rostros mirando a través de la alambrada de púas y estirando el cuello para poder vislumbrar algún retazo de aquellas macabras películas al aire libre. Ofrecí buena parte de mi colección de sellos a un chico que tenía un proyector de juguete para que proyectara sobre una toalla sucia algunas escenas color anaranjado de primitivas películas mudas.

La parte del gueto que, en lugar de muro, tenía solo una alambrada ocupaba un terreno elevado, lleno de matorrales y algunas formaciones rocosas. Por allí solía deslizarme en trineo durante aquel primer invierno de la guerra y por allí empecé a abandonar subrepticiamente el gueto sin que mis padres lo supieran.

Era como atravesar un espejo y salir al otro lado… entrando en un mundo completamente distinto, con tranvías y gente que llevaba una vida normal. Todo parecía más soleado, más claro, más tonificante y próspero. Vi por primera vez el muro desde el otro lado; no me pareció el mismo. La superficie interior era de ladrillo desnudo; el exterior resultaba muy decorativo, con su revestimiento de cemento picado y su ondulado remate oriental.

No estuve solo en mi primera excursión. Me acompañaban otros dos chicos, uno de mi edad y el otro mucho más pequeño. Le preguntamos a este qué iba a contestar en caso de que le preguntaran
dónde vivía.

—Diría que vivo en la calle Rekawka número diez.

Fue suficiente. Le mandamos regresar de inmediato y nos encaminamos a nuestro lugar de destino: una tienda que vendía sellos. La conocía muy bien porque había comprado allí algunas cosas antes
de que levantaran el muro. La mujer de detrás del mostrador nos miró con curiosidad.

—Vosotros sois del gueto, ¿verdad, chicos? ¿No es un poco peligroso?

Aunque hice como que no la entendía, jamás regresé a la tienda.

Salir era una gran aventura, pero mi experiencia en la tienda de sellos me demostró también que era muy peligroso. No me sentí enteramente a salvo hasta que me encontré de nuevo en el interior del gueto, tras haberme deslizado por entre la alambrada de púas.

Mi padre había organizado planes para mi supervivencia en caso de que a él y a mi madre se los llevaran. Tenía muchos amigos y conocidos en la ciudad y encontró a un matrimonio —el señor y la señora Wilk— dispuesto a ayudarme. No viviría con ellos, pero se comprometieron a buscar a una familia que quisiera acogerme. Tuve suerte de no parecer judío —uno de los factores que indujo a los Wilk a hacerse cargo de mí—. El otro factor fue el dinero. Mi padre hizo el trato en los primeros días, cuando los trabajadores del gueto aún podían moverse libremente sin vigilancia, y le costó muy caro: todas las joyas de la familia y los ahorros de toda su vida.

Stefan, el más joven de mis tíos, se casó con una muchacha muy agraciada, de aspecto ario, llamada María, la cual falsificó unos documentos que le permitían vivir como polaca fuera del gueto. Debió de sobornar a un guardián, porque una vez consiguió entrar y visitar a su recién marido. Durante su permanencia allí, me enseñó a santiguarme y a rezar las oraciones católicas fundamentales… una ulterior protección en caso de que tuviera que arreglármelas por mi cuenta.

Mi madre me acompañó en mi visita preliminar a los Wilk. La esposa trabajaba por aquel entonces para los alemanes fuera del gueto —como mujer de la limpieza en el castillo de Wawel, cuartel general del gobernador general de Polonia— y tenía un pase que le permitía entrar y salir sin dificultades. Querían que me aprendiera el camino a la casa de los Wilk para que pudiera ir allí en cuanto me encontraran un sitio.

Regresé a la casa muy pronto, tras aquella primera visita. El gueto era un hervidero de rumores, en el sentido de que los alemanes estaban a punto de organizar una masiva redada de deportación.

Los Wilk encontraron una familia que accedió a acogerme a cambio de doscientos zlotys al mes. Vivían en las afueras de la ciudad, casi en el campo. Jamás supe cómo se llamaban, pero el hombre de la casa era un tonelero que se pasaba el día dándole con el martillo a los barriles en un patio. Las noches que pasé bajo su techo fueron una pesadilla, no solo porque me encontraba entre desconocidos, sino también porque temía orinarme en la cama en caso de dormirme.

Para evitar que ello sucediera, me pasaba las noches despierto. No obstante, la situación no duró mucho. A los pocos días, el señor Wilk acudió a recogerme. La mujer del tonelero dijo que no podía
quedarme allí por más tiempo… los vecinos estaban empezando a sospechar. Me alegré de regresar al conocido y —en mi opinión— seguro gueto, pero los dos mil zlotys pagados a cuenta jamás nos
fueron devueltos. Y lo mismo sucedió con las dos pequeñas maletas que contenían todos mis efectos personales.

Cuando regresé, nos trasladaron a una casa del otro lado de la calle que atravesaba el gueto, muy cerca de donde vivía mi abuela. Los alemanes habían reagrupado a los supervivientes en una zona más reducida que, a medida que iba pasando el tiempo, se convirtió en un mísero y superpoblado barrio. La calle Rekawka quedaba ahora fuera del perímetro del gueto. Los alemanes no se molestaron en construir otro muro: el pequeño gueto estaba cercado por una alambrada de púas. Pawel ya no estaba: se lo habían llevado en la primera remesa de deportados. Por primera vez en mi vida, comprendí lo que significaba tener el corazón destrozado.

En nuestra nueva vivienda, un enorme apartamento antiguo de altos techos, compartíamos una habitación con un joven matrimonio y su hijo Stefan. El padre era arquitecto y nuestras familias hicieron enseguida amistad. La vivienda la compartíamos también con un maloliente viejo que tenía un perro no menos maloliente, llamado Fifka. Mi hermana dormía en una habitación de la casa de al lado, separada de los otros ocupantes por medio de un armario. Stefan tenía unos cuatro o cinco años, su cabello era rubio y rizado y la expresión de su rostro era excesivamente seria. Tenía toda una colección de coches de juguete y me dijo que, cuando fuera mayor, quería ser corredor automovilístico… o automóvil. Decía cosas de lo más extrañas y divertidas. Nos pasábamos casi todo el rato jugando juntos y él se convirtió para mí en lo que yo había sido para Pawel: el entusiasta destinatario de toda clase de información.

Poco después de nuestro traslado, mi padre se enteró de que iban a organizar otra redada. Mi madre me sacó, utilizando su pase, y me acompañó a casa de los Wilk. Cuando llegó el momento de volver, fue mi padre y no mi madre quien acudió a recogerme al regresar de la fábrica de la ciudad en donde trabajaba como obrero del metal. Sobornó a un guardián para que le dejara salir antes y regresó al gueto sin el brazal. Cuando la señora Wilk me entregó a mi padre en la calle, él me abrazó y me besó con sorprendente intensidad. Mientras regresábamos al gueto cruzando el puente de Padgorze, mi padre se echó a llorar con desconsuelo. Al final, me dijo:

—Se han llevado a tu madre.

—No llores —le dije—, la gente nos está mirando.

Temía que sus lágrimas pudieran delatarnos como judíos vagando sin vigilancia por zona prohibida. Mi padre logró serenarse. Cerca de la entrada del gueto nos reunimos con un grupo de trabajadores que regresaban.

La desaparición de mi madre me afectó más profundamente que la de Pawel, pese a estar seguro de que muy pronto volveríamos a reunirnos. Nuestras inquietudes más inmediatas eran: ¿Adónde la habían llevado? ¿Qué trato le estarían dispensando? ¿Le darían suficiente comida y tendría jabón para lavarse? ¿Cuándo recibiríamos una carta suya? Desconocíamos —entonces— la existencia de las cámaras de gas.

Los padres de Stefan también habían sido deportados en la última redada y mi padre tomó al niño bajo su protección. Aunque ambos estábamos muy tristes por la desaparición de nuestros seres queridos, seguíamos jugando juntos igual que antes. Teníamos muchas cosas con que jugar —pese a que los alemanes se habían quedado con todos los objetos de valor— entre las pertenencias personales de la gente que ya había sido deportada. En un rincón del cuarto de baño común de nuestra casa, había todo un montón de reliquias de este tipo —maletas, libros, fotografías familiares— y, entre ellas, se encontraba un patinete infantil del que me apropié. Una mujer lo reconoció en la calle.

—Este patinete no es tuyo —me dijo muy seria, obligándome a dejarlo de nuevo en su sitio.

Ahora sí lo es, pensé, pero no tuve el atrevimiento de decírselo.

Volvieron a circular rumores de que iban a organizar otra redada y me enviaron de nuevo a casa de los Wilk. Pero, al cabo de un par de días, me escapé. Con redada o sin ella, quería permanecer junto a mi padre.

Me acerqué a la entrada del gueto y pedí permiso para entrar. Un guardián polaco me indicó por señas que me alejara, pero, al decirle que vivía allí dentro, me dejó pasar.

Era un caluroso y soleado día. Las calles estaban vacías. Todo el barrio estaba desierto, con la excepción de dos guardias armados de las SS que paseaban tranquilamente en la distancia frente a la alambrada de púas. El silencio se me antojó de mal agüero. Comprendí que algo terrible había ocurrido. Corrí por el maloliente pasillo en dirección a nuestro cuarto. No había nadie. Recorrí febrilmente los lugares en los que pensaba que podía estar mi padre. La habitación de mi abuela estaba vacía y patas arriba. La papelería de la esquina, otro de los lugares probables, también estaba vacía y con la puerta abierta de par en par. Dentro todo estaba ordenado y en su sitio, como si el dueño, amigo de mi padre, hubiera simplemente salido a tomar un poco el aire. No presté atención a las pinturas, los lápices de colorear y las bengalas. Hubiera podido llevarme cajas enteras.

Examiné la caja registradora para ver si había dinero. En caso de que lo hubiera, cabía la posibilidad de que el propietario regresara.

Pero estaba vacía.

Me invadió el pánico. Todas las personas que conocía habían desaparecido.

Necesitaba encontrar a alguien, aunque fuera un perfecto desconocido. El silencio era insoportable.
Los primeros adultos que encontré estaban en la calle, vigilados por unos milicianos polacos. En el interior de algunas casas aún se estaban efectuando registros. Se oía el rumor de las botas resonando en los suelos de madera y unas voces gritando órdenes en alemán.

—¿Qué tengo que hacer? —les pregunté a los adultos que estaban más cerca de mí. Uno de ellos me preguntó dónde vivía.

—Por allí. Pero ¿qué es lo que pasa?

Otro me dijo:

—Si quieres un buen consejo, lárgate.

Pero no lo hice. Si me quedaba, pensé, conseguiría en cierto modo permanecer unido a mi padre.

Apareció en la calle un oficial de las SS. Era rechoncho, con pinta de director de escuela, llevaba una lupa de cristal de roca y, en la mano, un fajo de papeles. Algunos de los prisioneros empezaron a dirigirle súplicas. Él no les hizo caso, siguió con los papeles y después nos ordenó que nos dirigiéramos a Plac Zgody, la plaza en la que se encontraba la entrada principal. Allí nos reunimos con todo un enjambre de otros posibles deportados. Algunos estaban de pie, otros en cuclillas, otros tendidos sobre los adoquines y otros lloraban. Llevaban dos días allí. Era la redada más grande que jamás se hubiera llevado a cabo.

Abriéndome paso por entre la apretada multitud, me tropecé con Stefan, que vagaba sin rumbo. Aunque no pudo facilitarme ningún dato concreto acerca del paradero de mi padre, me alegré de su compañía. Juntos proseguimos la búsqueda, mirando aquí y allá, haciendo preguntas a desconocidos, abriéndonos camino a codazos. La magnitud de aquella operación de deportación me llenó de terror, al igual que la idea de verme atrapado en la misma. Comprendí lo insensato que había sido al regresar. Teníamos que salir de allí como pudiéramos. Stefan, con su cabello rubio y su hermoso rostro, tal vez fuera nuestra salvación.

Apareció un oficial superior de las SS acomodado en el sidecar de una moto. Rodeado por un enjambre de respetuosos subordinados, empezó a dar órdenes. Le expliqué mi plan a Stefan, que hablaba un poco el alemán, y lo ensayé con él: debería acercarse al oficial y pedirle permiso para que los dos regresáramos a casa por un poco de comida… enseguida volveríamos. Después, en caso de que el oficial dijera que sí, intentaríamos atravesar la alambrada.

Al llegar el momento, a Stefan le fallaron los nervios. Cerca de nosotros, vigilando a los reclusos del gueto, se encontraba un joven miliciano polaco. Era simplemente uno de los muchos que montaban guardia a intervalos alrededor de la manada de deportados. Me acerqué a él y probé a contarle nuestra historia. Debió de comprender que era una camama, pero se hizo el distraído. Asintió casi imperceptiblemente con la cabeza. Echamos a correr.

—Caminad despacio —rezongó—, no corráis.

Empezamos a alejarnos despacio.