“Nuestro triste México”, sumido en guerra, asesinato, feminicidio, destrucción y las imágenes de pueblos en ruinas o abandonados en Tamaulipas, Veracruz y Guerrero y que circulan en la Internet, son parte del sustrato del que se alimenta una sensibilidad como la de José Luis Enciso, dice el autor de esta crítica.

Por Enrique G. Gallegos

Ciudad de México, 29 de octubre (SinEmbargo).– Dividido en dos secciones y compuesto de diecisiete cuentos, tengo la impresión que el título no termina por calzar la diversidad de que se compone El amor antes y después del final del mundo (FOEM, 2015). Aunque en una entrevista, José Luis Enciso describió su compendio como “una exploración del amor”, el libro puede ampliarse a una suma de emociones y sentimientos que van del amor al odio, del deseo al abandono, de la frustración a la gris alegría. Si tuviera que dar una rápida descripción de El amor antes y después del final del mundo diría que son historias enrevesadas, tiernas y crueles, con insólitos giros; personajes ordinarios que resultan excéntricos; o excéntricos seres que mueven a lástima por su ingenuidad.

Indudable que el amor y un conjunto de estados de ánimo cercanos a él podrían vertebrar la lectura del libro. Pienso, por ejemplo, en el cuento “Aristóteles el día que falleció mi madre y se acabo el mundo”. El personaje quiere tanto a su mascota —una mosca— que le quita las alas y luego las patitas para quedar “como una pasita ojuda. Vibraba, era lo único que podía hacer (por gratitud, supongo)” —concluye con cruel cariño. El personaje y la mosca resultan ser un par de huérfanos que sólo se tienen uno al otro. Por ello, pueden afirmar que “el mundo ya no [les] importaba”.

Pero es otro aspecto que quiero destacar de los cuentos de José Luis Enciso. Se trata de cierta mirada apocalíptica, una mirada del “final del mundo”. Conozco desde hace un tiempo a José Luis Enciso e intuyo que en esos cuentos hay mucho de él. Incluso, más de lo que él mismo pudiera imaginar; quizá por eso se nota una tristeza infinita. Repárese en “Los trineos al amanecer”: da cuenta de un naufragio y una caída representada en la pérdida de la gata Ágata. Como alma errante, el autor ha plasmado en sus cuentos un mundo cargado de una alegre catástrofe. Pero para mantener las cosas en el plano literario (por más que sólo lo personal es estrictamente literario) y a propósito de esta mirada del “fin del mundo”, léase “En la salud y la enfermedad”; relata una especie de paraíso edénico invertido en el que el “hierro torcido, el concreto devastado, cenizas y añicos eran vestigios de objetos que algún día fueron útiles”. En ese mundo apocalíptico dos seres solitarios, casi infrahumados, se encuentran y se enteran que son los únicos sobrevivientes del desastre y hacen el amor. Casi sin lenguaje, sin cultura y entregados al puro gozo animal, parecen escuchar la lejana voz de la “civilización”. Voz acusadora y sucedánea de la del Dios del Antiguo Testamento que le recuerda a ella que hubo una época en que fue “fiel esposa”…

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No puedo dejar de pensar en un debate del siglo XVIII justo en el momento en el que la Ilustración blandía todos los atributos de la civilización occidental: la razón, la filosofía, la ciencia y la cultura y los oponía, no sin cierta soberbia, al “oscurantismo” de la Edad Media y al absolutismo del monarca. De las entrañas de esa orgullosa civilización, su hijo predilecto, el perfecto exponente de la razón y el contractualismo que se encuentra en la base de las democracias modernas, Rousseau, daría una torcedura al argumento ilustrado: es justamente la civilización y su cultura la que originan la decadencia social.

Así como para Rousseau la civilización representa la degradación, no pocos de los cuentos tratan de un mundo casi destruido, atravesado por el desastre, a punto de hundirse, demorado en ruinas. “Conversaciones en el jardín”, “Hotel triste hotel”, “En la salud y en la enfermedad”, “Soberanía” y “Una melodía animal”, son relatos que plantean, como gris telón de fondo, una civilización degradada y decadente, pero que no se resuelve a hundirse definitivamente en la muerte y su final desaparición. Es en este sentido que los cuentos del volumen sitúan en una sensación de tristeza, desolación, desconsuelo y melancolía por la existencia de otro tiempo y otro mundo (que, por supuesto, no es el nuestro); pero tampoco son sentimientos que hundan en la depresión y la inmovilidad. Porque aun en ese momento de destrucción y de ciudades en ruinas, los personajes pueden hacer el amor o acudir a una extraña cena y tener inusuales conversaciones sobre Chopin o Miguel Ángel, como en el último cuento del libro —el más extenso del volumen— “Una melodía animal”.

Es este cuento en el que se muestra con mayor claridad la existencia de mundos paralelos: un mundo de amor y otro de desconsuelo, uno de esperanza y otro de ruinas, uno con vestigios civilizatorios y otro inmerso en la barbarie. Los ecos de la barbarie de nuestro país no deben ser ajenos al escritor. Nuestro triste México sumido en guerra, asesinato, feminicidio, destrucción y las imágenes de pueblos en ruinas o abandonados en Tamaulipas, Veracruz y Guerrero y que circulan en Internet, son parte del sustrato del que se alimenta una sensibilidad como la de José Luis Enciso. A partir de esta tensión es posible comprender la apuesta por el amor (en su acepción amplia); porque es justo el cariño a una mosca (“Aristóteles el día que falleció mi madre y se acabo el mundo”), el amor a una planta (“Max y los vegetales”) o el apego a un muñeco (“El mago y la marioneta”), lo que posibilita combatir y, paradójicamente, también justificar la dialéctica barbarie/civilización, pues ¿existe algo más cruel y civilizado que expresarle nuestro cariño a una indefensa mosca quitándole alas y patitas? Se dirá que son meros animales, pero también esos actos podrían ser entendidos como síntomas de nuestra cultura y su malestar.

Particularmente quiero destacar tres cuentos de una manufactura excepcional. Los dos ya mencionados (“Aristóteles el día que falleció mi madre y se acabo el mundo” y “Una melodía animal”) y “Modelos para armar”, en el que a las muñecas inflables se les depara el mismo cariño y amor que a las de carne y hueso; está escrito de forma tan sutil que el lector no sabe quién es el juguete de quién y termina con deseos de comprarse una hermosa muñeca por la ganga de 5, 500.00 pesos y pasar tardes espléndidas tomados de la mano, escuchando a Chopin, bebiendo whisky y viendo como el mundo se hunde en la catástrofe, como en el final de la película Fight Club de David Fincher. De este perverso disfrute también se nutre la barbarie de nuestro México indómito.