En su ensayo (New) Fascism, el profesor suizo Nidesh Lawtoo explora el auge de los fascismos a través de la imitación y aboga por que la izquierda use esos mismos métodos para combatirlo como hace Bernie Sanders.

“Los líderes fascistas fueron muy buenos usando a los medios de comunicación de masas. En la actualidad, medios como Facebook o Twitter tienen una capacidad de influencia mucho mayor”.

Por Aldo Mas

Ciudad de México, 29 de noviembre (ElDiario).- A los políticos de la extrema derecha o ultraderecha populista suelen llamarlos “neo-fascistas”, “fascistas aspiracionales”, “cuasi-fascistas”, “alter-fascistas” o, también, “ur-fascistas”, como dijo el intelectual italiano Umberto Eco en su ensayo homónimo publicado en la prestigiosa New York Review of Books en 1995.

El suizo Nidesh Lawtoo (Bellinzona, 1976), profesor de filosofía y literatura de la Universidad Católica de Lovaina, se refiere a este fenómeno con la expresión que da título a su último libro (New) Fascism, o Fascismo (nuevo). El volumen, publicado por la editorial de la Universidad de Michigan State, recoge parte del análisis y las impresiones de Lawtoo en su tiempo como docente en la también estadounidense Universidad Johns Hopkins.

Su investigación, sin embargo, también afecta y encuentra chocantes ejemplos de “fascismo (nuevo)” en Europa, incluida España. En su opinión, el reciente éxito electoral de VOX en España se ha producido porque ese partido ha animado sentimientos de la población que Lawtoo llama en su libro, no directamente “fascismo”, sino “la sombra del fascismo”.

“Los sentimientos centrales en el éxito de Vox, como el sentimiento anti-inmigración, al igual que en la Liga Norte en Italia, la Agrupación Nacional en Francia, por no hablar de Hungría, Turquía, o Rusia, están dirigidos por motivos racistas, hipernacionalistas y xenófobos”, dice Lawtoo en esta entrevista con eldiario.es.

—Usted enseña literatura y filosofía en la Universidad Católica de Lovaina. ¿Por qué escribir un libro como el que ha escrito, sobre un tema como el fascismo?

Este libro es resultado de un proyecto del que estoy al frente en la Universidad de Lovaina, financiado por el Consejo Europeo de Investigación (ERC) y que apoya iniciativas que aportan innovación a la investigación y que se ocupan de desafíos y problemas sociales.

Mi investigación está centrada en la imitación. Los humanos nos consideramos originales, pero también tendemos naturalmente a imitar a otras personas. Esto es algo que se viene tratando en la filosofía y en la literatura desde Aristóteles y Platón. En la imitación, hay cosas positivas y racionales, pero también las hay irracionales, sobre todo, cuando la gente se encuentra en masa.

—¿Cuál es la relación entre ese comportamiento irracional y el actual empuje de la extrema derecha?

En que esa corriente política, en auge en Europa y en Estados Unidos, explota esa dimensión irracional de las personas, utilizando emociones que promueven pasiones negativas contra “los otros” y que pueden ser determinadas minorías.

—Su libro se llama (New) Fascism. ¿Qué hay de fascista y qué hay de nuevo en ese auge de la extrema derecha?

Yo no diría que lo que está pasando ahora es lo mismo que el fascismo de los años 20 o 30 del siglo pasado. Pero es útil volver a ver lo que fue el fascismo de los años 20 y 30 para ver qué métodos retóricos se usaron para llegar al poder. No olvidemos que el fascismo llega al poder con el apoyo de parte de la población y esto es algo importante de lo que aprender, especialmente hoy.

Lo que es nuevo, tal vez no sea lo racista, hipernacionalista o las ensoñaciones míticas de grandes naciones, sino el uso de nuevos medios para generar emociones contagiosas que difuminan la línea que separa la ficción y la realidad.

—Pero hoy, a diferencia de lo que ocurría en los años 30, en la ultraderecha y en la extrema derecha no se proclaman abiertamente “fascistas”. Los partidos de ultraderecha en Alemania, Francia, Italia o España no dicen de sí mismos con orgullo que son “fascistas”.

Cierto. El fascismo se ha convertido en un término peyorativo en la segunda mitad del siglo XX, tras la derrota del nazismo y del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Pero hoy día tampoco hay nadie que se esté reivindicando claramente racista o sexista. Nadie va por ahí diciendo: ‘¡Soy un sexista!’. No obstante, eso no significa que en la sociedad de hoy no haya tendencias racistas, sexistas o fascistas.

Hoy se habla, en general, para referirse a este tipo de partidos de extrema derecha, de “populismo”. Pero “populismo”, en realidad, alude tanto a la extrema derecha como a la extrema izquierda. En el mundo académico, hay quienes dudan de que el término “populismo” abarque todo lo que está pasando en la extrema derecha.

—¿Por eso usted habla de un “fascismo (nuevo)”?

Sí, además, en el título, “nuevo” está puesto entre paréntesis. Es para interrogar, más que afirmar, qué hay en la extrema derecha de nuestros días que se puede asemejar al fascismo de los años 20 ó 30.

—¿En qué medida se pueden comparar?

Es muy difícil de comparar. De entrada, el fascismo de Italia no es lo mismo que el fascismo de Franco en España y, ciertamente, tampoco es lo mismo que el nacionalsocialismo. El fascismo, en realidad, tiene unas esencias difusas, por ser un movimiento que cambia históricamente y que cambia dependiendo del país y de los problemas que haya en el país en el que encuentre su expresión.

Sin embargo, hay características del fascismo que están volviendo a la actualidad. Y con esto me refiero al racismo, al hipernacionalismo, a una cierta promoción del militarismo, del racismo, la tendencia a dividir entre “nosotros” y “ellos”. O sea, a determinar quién pertenece a la nación y quién no, además de a esa relación afectiva con el líder autoritario que convierte ficciones en realidades, mentiras en “hechos alternativos”. También ha vuelto el usar a gente como chivos expiatorios, especialmente minorías.

—Imagino que estará al corriente de los resultados electorales en España ¿Hasta qué punto es Vox una manifestación del nuevo fascismo del que usted habla en su libro?

Vox se ha convertido en la tercera fuerza política de España gracias a un populismo que [en otras partes del mundo, ndlr.] ha llegado al poder por medios democráticos. También es cierto que los líderes fascistas usaron estrategias democráticas para llegar al poder el siglo pasado. Lo lograron dirigiendo agresiones y frustración contra las minorías para promover mitos nacionalistas de pureza en periodos de crisis.

España, por supuesto, es una democracia y a lo que estamos asistiendo con el auge de Vox no debería confundirse con el fascismo cuando éste se instala en el Estado. Pero los sentimientos que han animado este éxito son, sin embargo, lo que yo llamo en mi libro “la sombra del fascismo”. Esta sombra hay que tomarla muy en serio.

Los sentimientos centrales en el éxito de Vox, como el sentimiento anti-inmigración, al igual que en la Liga Norte en Italia, la Agrupación Nacional en Francia, por no hablar de Hungría, Turquía, o Rusia, están dirigidos por motivos racistas, hipernacionalistas y xenófobos según los cuales se puede establecer una distinción jerárquica entre insiders y outsiders en una sociedad. Eso es lo que da sustancia a “la sombra del fascismo”.

—¿Son peligrosos para la democracia los partidos como Vox cuando se hacen importantes en el sistema político?

Sí, este fenómeno es peligroso. Habría sido fácil infravalorar la popularidad de Vox hace un año, cuando las encuestas le daban menos de un 2% en la intención de voto, del mismo modo que era tentador despachar la candidatura de Trump en 2016 considerándola una “broma”.

Y, sin embargo, lo que yo argumento en (New) Fascism es que los líderes de extrema derecha, en Estados Unidos y en Europa, aprovechan frustraciones reales de la gente, a nivel económico, cultural o de identidad, conduciéndolas a través de la agresión contra las minorías y chivos expiatorios con términos que son contagiosos y eficaces. Son eficaces porque apelan al mito de la existencia de comunidades nacionales orgánicas.

La historia nos enseña que ya han existido antes este tipo de tendencias en el pasado. El éxito de la extrema derecha en España, Europa y en todo el mundo indica que sigue siendo peligrosa, ahora y en el futuro. Por eso necesitamos libros que alerten de este peligro. El mío es una contribución para desenmascarar a los fantasmas del fascismo, prestando atención a las tendencias imitativas humanas que llevan a emociones de dominación, agresivas y violentas.

—¿Cómo interviene en el actual contexto político de auge de la extrema derecha esa idea de imitación de la que hablaba?

Tanto Hitler como Mussolini leyeron en su día a Gustave Le Bon, autor, entre otros, del libro Psycologie des foules [La psicología de las masas, una obra de 1885, ndlr.]. En él se hacía hincapié en los elementos que ha de tener un discurso para que sea eficaz. Uno de ellos es la repetición de ideas sencillas. También el uso de imágenes en lugar de explicaciones, para estimular así las pasiones del grupo. O también, hacer afirmaciones con gran convicción, sin añadir explicación, y hacer uso de mentiras.

Todas estas características se usaron en su días en los años 20 ó 30. Entonces los medios que se utilizaron fueron mayormente la prensa o la radio. Los líderes fascistas fueron muy buenos usando a los medios de comunicación de masas. Precisamente para estimular el comportamiento de las masas, en la actualidad, medios como las redes sociales – Facebook o Twitter, por ejemplo – tienen una capacidad de influencia mucho mayor.

—¿Es Donald Trump el mejor ejemplo de esta nueva forma de fascismo de la que usted habla?

Es una figura interesante y preocupante. Él encarna muchas de las estrategias que se utilizaron en los años 20 y 30. Cuando escribí el libro estaba en la Universidad Johns Hopkins. Era el momento en que Donald Trump empezaba con su candidatura. Muy poca gente se lo tomó en serio. Trump usa un lenguaje simple, a menudo incoherente. Esto podría parecer que es algo que puede jugar en su contra, pero no.

Su retórica es peligrosa. Algo específico de Trump es que, a través del programa de televisión que tenía, The Apprentice [El aprendiz, ndlr.], pudo simbolizar y ejercer un papel de poder sobre los concursantes. Era un poder falocéntrico, expresado en una mezcla de dinero, mujeres, grandes torres y casinos.

En televisión, Trump se forjó una imagen de autoridad, algo que funciona muy bien en tiempos de crisis. No olvidemos que buena parte del electorado en 2016 de Trump fue gente de clase trabajadora, para la que esa imagen de autoridad y poder atrae. Los hay que quieren ser como Trump y tener lo que él tiene. Umberto Eco ya nos advirtió en aquel ensayo de 1995 sobre el Ur-Fascismo sobre el hecho que el fascismo puede volver bajo el disfraz más inocente. Algunos programas de televisión pueden, en realidad, ser utilizados para promover figura fascistas.

—¿En qué medida sirve o ha servido Donald Trump de modelo en otros países?

El modo en que, por ejemplo, Trump usa Twitter para expresarse es algo que se está copiando en otras partes del mundo, incluida Europa. En Francia, está el ejemplo de Marine Le Pen. Yo no diría que las estrategias de Le Pen y Trump son las mismas, pero el tipo de nacionalismo que ella promueve y las prácticas excluyentes de su partido son similares y, de hecho, vinculables con Trump. Pero esto se puede observar también en Matteo Salvini en Italia, en Viktor Orbán en Hungría, en el ‘brexit’ del Reino Unido, donde el premier Boris Johnson no sólo se parece a Trump en el aspecto. También ambos tienen esa capacidad de interpretar un personaje.

—Lo que usted plantea es, no tanto la vuelta del fascismo, sino de la retórica del fascismo. ¿no es así?

Exacto. Esa retórica tienen características propias. Por ejemplo, está basada en la exclusión nacionalista. Ésta establece una jerarquía social que debe definirse como racista. No debemos olvidar que esa retórica racista es lo que define el fascismo italiano y el desarrollo del nacionalsocialismo en Alemania. Tenemos que llevar mucho cuidado cuando en las sociedades se empieza a definir a sectores de la sociedad como los “otros”.

Además, la retórica no sólo es retórica. Siempre lleva asociada una imagen de los “otros” y políticas que aplican trato inhumano a otras personas, como los campos de refugiados en Europa, los campos para niños inmigrantes en Estados Unidos o las leyes anti-migración. Estas cosas son ya efectos de esa retórica.

—¿Qué se puede hacer para contrarrestar este fenómeno de “fascismo (nuevo)”?

Mi trabajo se centra en la imitación, en, como he dicho, qué papel juega ésta en la generación de formas contagiosas de identificación con líderes autoritarios que promueven el mito de una comunidad nacional pura. Por eso el subtítulo del libro es Community, Contagion, Myth [Comunidad, contagio y mito, ndlr.]. La imitación, en sí, no es ni buena ni mala. Puede ser ambas cosas.

Para contrarrestar la retórica fascista, su ideología y sus políticas, es importante que en la izquierda haya una toma de conciencia sobre la importancia de usar con fines democráticos registros miméticos, utilizar la imitación de la que antes le hablaba. Así se puede tocar la dimensión emocional y afectiva de la política, pudiendo promover políticas democráticas, pluralistas y abiertamente antifascistas.

Creo que los candidatos que mejor se enfrentan a los líderes con retóricas fascistas son aquellos que utilizan esos registros miméticos con fines democráticos. Un ejemplo podría ser, en Estados Unidos, Bernie Sanders.

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