“Hay bosques que son memoria”. Foto: Museo Memoria y Tolerancia Argentina

1.
Hay bosques que son memoria.

Bosques sembrados de recuerdos.

Bosques que tararean viejas canciones, que tienen lágrimas al atardecer, que cuentan historias y dolores.

Bosques que también saben volverse espacio tibio para que los más chicos jueguen y las parejas se abracen, para que los amigos hagan circular el mate, o alguien mire las estrellas.

Así es el Bosque de la Memoria de Rosario, una de las ciudades argentinas más castigadas por la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Más de cuatrocientos árboles plantados allí recuerdan a los desaparecidos y asesinados en aquellos años negros.

Bosque de la memoria. Foto: Museo de la Memoria Argentina

Bajo un hermoso y aún joven timbó están las cenizas de Cristina Cialceta Marull e Yves Domergue, asesinados por el terrorismo de Estado el 26 de septiembre de 1976. Ella había nacido en México, hija de un matrimonio de argentinos que se exilió en 1955 después del golpe de Estado contra Juan Domingo Perón. Él había nacido en París, era el primogénito de una pareja francesa que radicó con sus nueve hijos en Argentina durante quince años. Ambos se encontraron y enamoraron siendo militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, convencidos de que la única lucha que valía la pena era la que se hacía por un mundo mejor, sin injusticias, sin desigualdades lacerantes.

¿Una chica mexicana entre los desaparecidos argentinos? ¿Quién era? ¿Por qué nunca había yo escuchado hablar de ella? Apenas leí la nota que la mencionaba empecé a buscar datos, a pedir información; la gente querida y sus redes solidarias me hicieron conocer esta historia:

Cristina e Yves habían sido secuestrados en Rosario pocos días antes de aparecer sin vida en un campo cerca de Melincué, una localidad del sur de la provincia de Santa Fe que hoy tiene alrededor de 3000 habitantes. Ella tenía 20 años y era estudiante de antropología, él tenía 22 y estudiaba ingeniería.

Sus familiares los buscaron durante ¡34 años! El modo en que finalmente los hallaron no sólo es digno de una novela, sino que es, sobre todo, un ejemplo maravilloso de lo que pueden lograr las políticas educativas pensadas en términos de memoria, verdad y justicia, cuando una sociedad y su gobierno buscan fortalecer su compromiso con la democracia y los derechos humanos.

2.
En 1993, Argentina estableció en la Ley Federal de Educación la enseñanza obligatoria de los derechos humanos desde la escuela primaria. A partir de esto se crearon numerosas iniciativas para transmitir la memoria del pasado reciente; todas buscando caminos para responder las preguntas clave: ¿cómo se comunica la historia del horror a las nuevas generaciones? ¿Cómo se transfiere la experiencia de la represión de manera objetiva y racional, pero buscando también la reacción emocional y afectiva? ¿Cómo se logra que los conocimientos se vuelvan en los estudiantes emoción y compromiso?

Hay maestras y maestros que han logrado respuestas impresionantes por parte de los chicos -niños y adolescentes- y ésta que quiero contarles es una de ellas.

Cuando un hombre de Melincué en 1976 encontró dos cuerpos desfigurados por la tortura, sin huellas dactilares y cada uno con un tiro en el ojo derecho dado a corta distancia, llamó a alguien que tenía una pequeña camioneta para llevarlos al cementerio. Hicieron la denuncia correspondiente, levantaron un acta, y decidieron junto con otros vecinos enterrarlos como NN. Nadie sabía quiénes eran esos dos jóvenes, pero darles sepultura fue un gesto piadoso que todos apoyaron. Todos también se ocuparon de que, a lo largo del tiempo, sus tumbas tuvieran flores.

Yves y Cristina. Foto: Especial

Muchos años después, en 2003, Juliana Cagrandi, profesora de Ética Ciudadana en la escuela 425 Pablo Pizzurno, intentaba imaginar el mejor camino para transmitir la importancia de la memoria a sus estudiantes del último año de bachillerato. Pensó entonces que establecer un vínculo entre aquellos militantes desconocidos y ellos mismos podría acercarles el tema del terrorismo de Estado, y al mismo tiempo regresarles la dignidad de sus propia identidad a esos cuerpos sin nombre.

Fue así como comenzó la investigación de los chicos de Melincué. Leyeron la historia de la dictadura, entrevistaron al empleado que levantó el expediente en el 76 y fueron reconstruyendo parte de lo que había sucedido. El informe que redactaron fue llevado de oficina en oficina, hasta que finalmente la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia tomó cartas en el asunto en 2008 y se reabrió el caso.

Fue entonces cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense pudo identificar los restos. Inmediatamente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo el anuncio en la Casa Rosada en una ceremonia en la que estuvieron los familiares de Cristina y de Yves, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y los chicos del colegio Pizzurno. La profesora cuenta:

 “Fue todo muy fuerte. Cuando terminó, la Presidenta se abrió paso entre la gente hasta encontrarse con los chicos, charló con ellos de igual a igual, les hizo preguntas. No hay un momento de la Casa Rosada que no fuese emotivo. Estaba Taty Almeida, de la Línea Fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Muy humildemente nos acercamos a saludarla, con admiración. No alcanzamos a llegar, cuando ella se da vuelta y dice: ‘Acá están, son los chicos, mirá, mirá’. Ellos nos agradecían a nosotros…”

Conocieron también en ese momento a Eric Domergue, uno de los ocho hermanos de Yves, el único que siguió viviendo en Argentina y lo buscó durante tantos años, a su padre, Jean de ochenta, llegado de Francia para la ceremonia, a los compañeros y la familia de Cristina, y se fundieron todos en un abrazo. Un abrazo que anticipaba los abrazos que se darían durante el entierro, bajo un timbó, de las cenizas de esos chicos de 20 y 22 años que un mal día vieron cercenados sus sueños de la manera más brutal.

“Hemos venido a decirles que valió la pena. Promoción 2003”, decía el pasacalles que los estudiantes de aquella clase de Luciana Cagrandi, ya jóvenes adultos, escribieron tomando una frase de Eduardo Galeano.
En el conmovedor blog que Eric le dedica a la pareja, un párrafo de los agradecimiento dice: “A la Escuela Pablo Pizzurno de Melincué, un interminable abrazo a los chicos y docentes que un día de 2003 emprendieron el loco sueño de descubrir quiénes eran esos dos jóvenes acribillados y tirados a la vera del camino en septiembre del 76 y sepultados como NN, y lo lograron”.

Hay bosques que son memoria.

Bosques sembrados de recuerdos.

Así es el Bosque de la Memoria de Rosario.

 

“Hemos venido a decirles que valió la pena.”

Veo tus huesos desnudos.
Huesos perforados, delicadamente ordenados en una mesada.
Te miro y te reconozco.
Veo tus huesos desnudos, recorro tus miembros delgados, no quiero que tomes frío… entonces te arropo.
Te arropo con la mano amiga de quienes te encontraron, te desenterraron, te cuidaron, te devolvieron una identidad y una familia.
Te arropo, te vuelvo a desvestir y te llevo conmigo.
Hermano, amigo, compañero.
Partamos en busca de más huesos desnudos, que quedan tantos por hallar.

Eric Domergue