Jordi tiene un camión de fletes y mudanzas que ha convertido en galería. Foto: Especial.

El mundo se mueve. Los meses de incertidumbre y aislamiento dan paso a una nueva era; la vacuna nos coloca en una misma sintonía: la libertad de respirar sin que el simple acto de toser nos ponga en peligro. El ciclo de vida ralentizado se transforma poco a poco. Por fin nos liberamos del túnel virtual en el que estuvimos obligados a vivir. No fue nada fácil. Reducir lo visual a una imagen reproducida, dar por hecho los olores, escuchar sonidos alterados por la tecnología. Ni qué decir de la nostalgia por abrazar y tocar al otro. La vorágine de información entorpeció nuestros sentidos; el más valioso de todos, la intuición. Nunca habíamos tenido tantos datos y tan pocas certidumbres”.

Como lo dijo Guy Debord, somos la sociedad del espectáculo. Ansiamos salir del impasse en el que la pandemia nos obligó a vivir. Teatros, salas de concierto, museos y casas de ópera se reaniman. Lentamente abandonan su estado de cementerio. Los vampiros vuelven a la vida. Entretenimiento, evasión, distracción. Llama la atención la loca necesidad de vivir la vida.

En las terrazas de la Ciudad de México abundan los adultos jóvenes que beben, comen y arrojan miradas seductoras. La música a todo volumen obliga a expresarse a gritos sin que nadie parezca incómodo. No usan tapa bocas. Las esporas de saliva se entremezclan y crean una nube invisible que a nadie importa. Aunque es una maravilla ver las calles invadidas por negocios que resurgen, la falta de precaución exhibe un hartazgo que vuelve a exponer a todos. ¿A qué? Ya lo sabremos si los vaticinios aciertan y la COVID-19 no sea la última pandemia que azote al planeta.

La maquinaria del arte se ha echado a andar. Dilapidar talento, cultura y experiencias, permitir a la sociedad que goce del espectáculo en grande. Se anuncian exposiciones nunca vistas para saludar al mundo. Artistas que emergen todos los días urgidos de expresar su talento. Parece que a todos nos apremia arrebatar a Bezos, a Netflix, y a TikTok los millones de instantes de mediocre satisfacción.

Las ferias de arte reinventan la fórmula para sobreponerse al golpe de un año en paro. Acaparar el mercado mostrando lo mejor del ser humano a buen postor. Mercancías que se aislaron en bodegas salen a buscar su espacio en los muros de los coleccionistas que empiezan a abrir sus casas. “Dime qué compras y te diré quién eres”. Habrá que replantear el consumo y proponer obras que propicien la reflexión y expandan la conciencia. No podemos volver a ser los mismos. Sabemos que la vieja fórmula no funcionó. ¿Cuántas propuestas y cuál será el sentido de cada una de ellas? ¿El atasque de un año nos dejó algo?

Esta semana se lleva a cabo MACO en una versión totalmente distinta; no habrá un espacio específico para negociaciones de compra y venta ni el ya acostumbrado lucimiento social; en vez de pasillos y boots retacados, las galerías abren sus espacios con lo mejor de sus contenidos embodegados tantos meses. replantear los espacios para que se entienda que no somos los mismos después de la pandemia. Espacios replanteados para mostrar que no somos los mismos después de la pandemia. Una puesta en escena meritoria para destacar los esfuerzos que hacen los artistas para no desesperar y seguir produciendo

El Carrillo Gil es uno de los sitios favoritos para los que amamos los museos. Su tamaño, disposición de espacios y ubicación fuera del circuito obligado, lo hacen una de las mejores opciones. Es un museo de barrio que no solo vale por su acervo. Es un centro de propuestas siempre frescas, creativas y originales. Pero ahora se lleva los aplausos su centro de documentación que será, por algún tiempo, la casa del artista Pedro Reyes con su proyecto Tlacuilo. Una biblioteca creada desde Instagram. El artista pone en manos de quien lo desee su acervo de LP (fascinante indagar qué escucha Reyes), y activa las funciones del almacén de libros del museo. Arte para ser prestado, compartido a cada uno de nosotros. La noción de intercambio y préstamo abre distintos tipos de relación más allá de la compra y venta. La cualidad contra el consumo rápido y desechable.

El potlach era una forma primitiva de intercambio social. Su condición es que siempre exista una deuda entre dos; un pequeño desbalance que permita su eterna compensación. Pedro Reyes es uno de los más influyentes y consolidados artistas mexicanos. Imposible poner en duda el éxito económico de una trayectoria impecable en sus contenidos e intención. Como todos, Reyes habrá experimentado meses de incertidumbre y días complicados. Suma lo que la pandemia le diezmó a través de un proyecto generoso, sin ningún afán materialista, más que el intercambio que permitirá nuevas formas de relacionarse.

Jordi Hernández es un artista mexicano. Seguidor de los legendarios artistas povera, heredó de su abuelo el oficio de carpintero y el taller de Neza en el que trabaja todos los días. Conoce los distintos tipos de maderas. Incluso, puede calcular la edad de un árbol por los nudos que se dibujan en la superficie de su tronco. Un día se dio cuenta que más que carpintero, era artista.

Para Jordi tratar con la madera es manipular un cuerpo animado que guarda en sí muchos secretos que se transmiten con la simple experiencia táctil. Sus obras son caligrafías que danzan libres. Sin intención, dibujan formas en el espacio y se extienden en las sombras que generan. Parecen haber brotado sin prisa de la naturaleza. Jordi tiene un camión de fletes y mudanzas que ha convertido en galería. En estos días sale a competir con la enorme oferta de negocios de arte establecidos, “los espacios artísticos suelen ser cerrados”. Quien asiste a las galerías y museos se predispone al arte, a la experiencia. Ahí dentro el clima, la luz, la temperatura, el volumen de voz se regulan. El arte y el espectador se domestican. Algún autor dijo que dentro del museo/galería no pega el Sol. Es una ausencia de realidad. Si el arte es como la naturaleza, y hoy buscamos volver a ella desesperadamente, la idea de abrir el espacio de exhibición a un entorno dinámico, urbano, permite una verdadera comunión de los seres humanos con los objetos. Sinceramente, el proyecto de Jordi gana en originalidad. Dentro encontraremos piezas suyas y de otros artistas. Esta especie de ambulantaje tejerá otro tipo de relaciones comerciales.

Y como un reinicio urgente, después de estos dos años de parálisis, la galería Hilario Galguera resurge con un proyecto fascinante. Asociado con el talentoso anticuario Daniel Liebsohn nos lleva a un recorrido de oscuridad, belleza y exaltación de los sentidos. Con el sugerente título Post tenebras spero lvcem, es una reflexión evidentemente posmoderna. Elementos orgánicos, objetos creados para el placer de los sentidos, naturalezas monstruosas atrapadas entre alegorías de lo que somos en nuestras sensaciones y emociones.

El aislamiento nos afectó a todos en este tiempo de encierro y obligada reflexión, ¿podremos sumar a la neurosis, al miedo, a nuestras pérdidas, algún que otro hallazgo interesante?, ¿cómo será este nuevo mundo cuando haya que hablar de él?, ¿o living la vida loca y ver hasta dónde llegamos?

@Suscrowley