No es difícil para los mexiquenses entender que hoy se les presenta la oportunidad de derrotar a la bestia y que es su turno de escribir la historia. Esperemos que sepan hacerlo, que junten y no derramen. Foto: Cuartoscuro.

Ha llegado la hora para que los habitantes del Estado de México escriban su futuro y el del país; sus circunstancias actuales se han dado sólo en otras determinadas regiones, orilladas a sus propias decisiones históricas.

Así fue en el Bajío, en 1810, cuando los españoles descubrieron el complot de Guanajuato. En el pueblo de Dolores los campesinos, parroquianos y conjurados tuvieron que decidir: se lanzaban a la lucha por la independencia de la Nueva España o se quedaban en su casa apoyando con su silencio y cobardía al régimen del virrey; aquellos hombres y mujeres no tuvieron la oportunidad de inventar razones para no participar, simplemente apoyaban al cura y los insurrectos o a la élite española.

Igual en 1863, cuando los mexicanos tuvieron que decidir si apoyaban a Juárez o a Maximiliano. Después del regreso de los franceses a Puebla en 1864 y la toma de la Ciudad de México, la mayoría de los mexicanos se quedaron encerrados en sus casas acobardados y hasta empezaron a soñar que se volvían güeros, altos y de pelo rubio mientras Juárez, con un puñado de leales, se refugió en el desierto en esta (como diría Fuentes Mares) heroica Paso del Norte, y desde aquí reconquistó el país cuando se debilitó el Ejército francés. De nada valieron las explicaciones sofisticadas acerca de la incertidumbre que causaba un Gobierno dirigido por indígenas cultos porque los que vivieron entonces, o estaban con la patria o con el imperio.

En 1910 la mayoría de los mexicanos se quedaron esperando que la revolución se hiciera mágicamente, hasta que un grupo de norteños en la Sierra de Chihuahua se levantó en armas apoyando a Francisco I. Madero y su llamado a la guerra justa en contra del tirano Porfirio Díaz. Aquel grupo de serranos, seguidos por los hombres valientes de los pueblos y ciudades chihuahuenses, rodearon Ciudad Juárez; y aunque a Madero le temblaron las rodillas para la batalla final, las opciones eran muy claras: O atacaban al Ejército federal o esperaban hasta que don Porfirio muriera. La batalla empezó mientras el chaparrito consultaba a los espíritus.

En todos esos momentos no quedaban más alternativas y, aunque los intelectuales contemplaban el riesgo de un Gobierno de plebeyos, Villa, Carranza y Orozco fueron claros “el que no junta, derrama”. Ellos se unieron y, tarde que temprano, derrotaron al enemigo de la nación. Aunque después se confrontaron, por lo pronto lograron sacar a don Porfirio de Palacio Nacional.

Hoy le toca a los mexiquenses tomar una decisión histórica, y las luchas previas por la democracia y la madurez jurídica facilitan su determinación y disminuyen los riesgos; sólo algunos pueden perder la consabida despensa, mientras que nuestros ancestros podían perder la vida (mi padre se incorporó al Ejército villista a los once años).

La ruleta de la historia les ha llegado y los dirigentes de los partidos, como en su tiempo lo hicieron también los peninsulares, eclesiásticos y científicos, buscan miles de explicaciones para justificar su miedo a un Gobierno ajeno a la clase dominante, pero el pueblo, como en aquel entonces, sabe que sólo hay dos opciones: O votan por una nueva oportunidad para su Estado y preparan la caída del Leviatán en forma de partido, o deciden seguir bajo el yugo del grupo Atlacomulco y le dan resucitación cardiopulmonar al monstruo.

Esta no es decisión de los líderes de los partidos; no es de Anaya, Josefina, Barrales o  Zepeda (patiño del candidato tricolor). Es del pueblo del Estado de México, de los ciudadanos y de las personas que no tienen información sobre las fuerzas políticas, pero que tienen la posibilidad de decir de una vez por todas: ¡Basta, ya nos tienen hartos!

Votar por la maestra Delfina es dar la estocada al toro de la ganadería de Hank González,  después de que los habitantes del país recibieran múltiples cornadas, y dejarlo para darle la puntilla dentro de un año.

Hace meses Chihuahua se vio en una encrucijada similar, aunque no tan definitiva, cuando hubo que decidir entre sostener la dictadura corrupta del PRI y a su gobernador César Duarte o buscar el mejor cambio posible que en aquel momento era Javier Corral Jurado, postulado por el PAN. Igual que hoy, los dirigentes de los partidos jugaron su parte llamando a sus feligreses a votar por sus colores, pero los ciudadanos decidieron votar por Corral para gobernador y por su militancia para los otros puestos de elección.

Aunque resultó evidente la falta de generosidad del PAN, no saben devolver el favor a los ciudadanos y es obvio que cada voto por Josefina será un voto por Del Mazo, ¡qué lejos está Maquío!

No es difícil para los mexiquenses entender que hoy se les presenta la oportunidad de derrotar a la bestia y que es su turno de escribir la historia. Esperemos que sepan hacerlo, que junten y no derramen.