Existen empresas que se quedaron sin recursos para pagar sus nóminas y sus gastos corrientes y que, pese a ello, decidieron seguir hasta el final con sus trabajadores. Foto: Margarito Pérez, Cuartoscuro.

Existen…
-personas que, desde el inicio del confinamiento, le pidieron al personal de servicio que trabajaba para ellos en sus casas que no se presentaran y, pese a ello, llevan más de dos meses pagando sus salarios íntegros.
-personas que, en cambio, tras la primera o la segunda semana, despidieron a sus trabajadores domésticos.
-personas que se limitaron a reducirles el sueldo.
-personas que ya no tuvieron con qué pagarles.
-personas que, pese a tener los recursos, decidieron no pagarles pues no debían hacerlo toda vez que no están trabajando.
-empresas que permiten a sus empleados trabajar en casa pese a que las finanzas del negocio van mal toda vez que las ventas se han desplomado.
-empresas que han asumido como propias las pérdidas que tendrán este año y no las trasladarán a sus empleados.
-empresas que han solicitado a sus trabajadores renuncias voluntarias, temporales o parciales para poder seguir operando.
-empresas que redujeron sueldos o recortaron a los colaboradores externos.
-empresas que se quedaron sin recursos para pagar sus nóminas y sus gastos corrientes y que, pese a ello, decidieron seguir hasta el final con sus trabajadores.
-empresas que vieron reducida buena cantidad de sus ingresos pero siguen siendo operativas: algunas optaron por despidos y reducciones de sueldos, otras no.
-empresas que aprovecharon el pretexto del COVID para deshacerse de buena parte de su personal.
-empresas que obligan a su personal a ir a los centros de trabajo pese a que, en su mayoría, toda su labor podrían realizarla en casa.

Hoy sólo estoy hablando de los patrones, para no caer en el drama de los millones de familias que han perdido su sustento. Es cierto, hay quien ya no puede pagar lo que pagaba por los servicios que recibía. Es comprensible que prescinda de ellos. También se podría justificar el hecho de no pagarle a alguien que no está trabajando. El homeoffice de la persona de entrada por salida que ayudaba a limpiar la casa es impensable. Incluso se puede entender que una empresa decida amortiguar el impacto contra sus finanzas despidiendo a su personal, reduciendo sus sueldos o invitándolos a renuncias temporales.

Sin embargo, la sorpresa no es menor cuando uno se entera de esas otras posturas que, pese a atentar contra las finanzas de los patrones, terminan convirtiéndose en una verdadera preocupación por la gente que trabaja para ellos. Ni siquiera es un asunto de rentabilidad o retribución a futuro. Hay quien entiende que todos la estamos pasando mal y busca atenuar el golpe. Cierto, en la medida de sus posibilidades. Cierto, hasta donde alcance a hacerlo. Cierto, sin el escrúpulo que indica que, el año próximo recibirá algo a cambio. Lo hace porque puede y, sobre todo, porque quiere; porque, de una u otra forma, para ellos, las personas siempre han significado más que el dinero. Y no es un asunto de tamaño o importancia pues sabemos de millonarios y empresas trasnacionales que lo han hecho y de otros que no. Es, entonces, un asunto de voluntad porque, salvo en casos extremos, tampoco es criticable la postura opuesta. La diferencia, quizá, está en que, entre más haya de un lado y menos del otro, más pronto o más tarde nos recuperaremos del devastador mandoble que nos ha propinado la pandemia.