El Presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto Cuartoscuro

Las pasiones encontradas que inspira Andrés Manuel López Obrador contaminan los sentidos y envenenan las apreciaciones. En efecto, es un hombre al que resulta más fácil amar u odiar que comprender. Puedo entender que haya sectores afectados en sus intereses y privilegios por los cambios que propone la 4T; empresarios molestos por el fin de prebendas y licitaciones a modo, medios de comunicación y columnistas que nunca le perdonarán haber sido destetados de la ubre presupuestal, intelectuales y sus proyectos que habían convertido en modus vivendi el subsidio oficial; rivales políticos arrasados por la ola morenista. Ninguno de estos sectores dejará de descalificarlo existan o no argumentos, y seguirán deseando el fracaso de su proyecto.

Pero hay muchos otros mexicanos molestos “de buena fé” por lo que consideran errores, defectos o arbitrariedades del presidente; personas, incluso, que habrían votado por él. Es arrebatado y rijoso, desdeña las instituciones democráticas, desprecia a la sociedad civil.

Hemos cometido un error al creer que López Obrador era un portador de los ideales de la izquierda moderna que abraza los temas ecológicos, el feminismo, los derechos humanos de segunda generación, la diversidad sexual, etc. No es que está en contra de ellos, pero su obsesión son la pobreza y la desigualdad en la que vive la mitad de la población. Esos son los derechos humanos que le importan, esa es su prioridad.

En el fondo se trata de dos cosmovisiones encontradas. Los sectores urbanos de clase media y alta, sean progresistas o conservadores, son producto de su circunstancia, una muy distinta a la de AMLO. Él proviene del México profundo, en el cual la mayor parte de las preocupaciones de estos sectores modernos resultan una exquisitez. Cuando el estudiante que se ha preparado durante años para irse a estudiar al extranjero se topa con recortes en las becas argumenta, con razón, el crimen que representa para un país dejar de capacitar a sus cuadros con calidad competitiva a nivel internacional. La respuesta de AMLO es igualmente irrefutable: no es posible sostener tantos becarios internacionales cuando escuelas en la sierra tarahumara tiene un solo profesor para los seis grados de primaria.

Dos visiones válidas, pero que al combinarlas se convierten en agua y aceite. López Obrador desconoce realidades de los pisos superiores del edificio social, pero nadie como él conoce los pisos inferiores. Ningún otro miembro de la clase política ha vivido, como él, recorriendo los municipios del país y visitando cuanta ranchería existe. Ciertamente algunas de sus apreciaciones resultan rústicas a nuestros ojos, carece de roce internacional, está encerrado en sus lecturas del siglo XIX y en los mitos de sus héroes, y maneja una decena de pulsiones que repite sin cesar. Pueden parecérnos simplistas, pero son las que emanan cuando se mira desde abajo el país que hoy tenemos.

Mientras el mundo urbano de los de arriba cada vez se sentía más cerca de Suecia o España por las formas democráticas conquistadas, el territorio se perdía ante el crimen organizado, el Estado se convertía en botín de políticos y empresarios depredadores y se abandonaba el resto del territorio a la inseguridad y la pobreza. A ojos de AMLO la corrupción y la desigualdad entre sectores y regiones nunca había sido mayor que ahora; tal entramado de instituciones sirvió de nada o fueron cómplices pasivos de ese inexplicable deterioro de los sectores desprotegidos. En todo caso, la llamada sociedad civil no es su sociedad civil, pues en ella están sobrerrepresentados los sectores beneficiados por una modernidad que en los hechos ignoró al México subterráneo donde habita la mayoría.

¿Son irreconciliables estas dos visiones encontradas? Sí, pero eso no descarta la posibilidad de construir mínimos de convivencia para alcanzar algunas metas comunes, una de las cuales consiste en no destrozar al país. Desde luego que seguirán existiendo los chairos que animados por el resentimiento están más interesados en
el desquite que en la construcción. De la misma manera, habrá sectores que no cejarán en su propósito de hacer fracasar al presidente para evitar perder sus privilegios. Pero la mayoría vive entre estos dos extremos. Y ambos polos tendrían que asumir que esto es lo que hay. AMLO concibiéndose como presidente de todos los mexicanos y no solo de los que le apoyan; lo cual significaría seguir viendo por las mayorías pero intentando minimizar el costo para las minorías.

Por su parte, a los que cuestionan su visión, sus métodos o sus actitudes, a los que se avergüenzan de su provincialismo, les convendría asumir que el paquete viene completo y habría que estar conscientes de que quizá les salió barato. Hay un México rezagado, profundamente ofendido y potencialmente violento que votó por AMLO tras muchos años de abandono. Pese a sus defectos es una versión pacífica y constructiva del México lastimado en cuya construcción todos fuimos cómplices. No volvamos a lastimarlo ridiculizando a su líder por no saber inglés, porque comete errores o porque no tiene mundo. Desde Salinas hasta Peña Nieto, gabinetes incluidos, fuimos gobernados por egresados de universidades en el extranjero, y así nos fue. No, López Obrador no va a destruir el país; seguramente terminará su sexenio con un balance de aciertos y desaciertos como lo han hecho sus predecesores, aunque esta vez el impulso pendular será en dirección opuesta y a favor de los pobres. La verdadera amenaza para México es que polarización nos carcoma y terminemos saboteando entre todos las bases mismas de la convivencia. @jorgezepedap

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