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Guadalupe Correa-Cabrera

30/08/2021 - 12:03 am

Una Guerra Eterna

La militarización del país continúa y aunque Andrés Manuel López Obrador decide no confrontar a los denominados carteles como lo hicieron sus predecesores, pareciera que no existe otra opción.

La violencia sin fin. Foto: Cuartoscuro.

Después de escuchar el fragmento de una charla del periodista australiano Julian Assange, fundador y editor principal del sitio Wikileaks—hoy preso en una cárcel de Londres y acusado por las autoridades estadounidenses por una serie de delitos relacionados con espionaje e intrusión informática—reflexiono sobre las verdaderas causas de las guerras y sobre los actores que efectivamente se benefician de ellas. Algunos piensan que estos últimos son aquellos que conspiran para continuarlas y descubren mayores espacios para generarlas.

El futuro de Afganistán es incierto. La salida de Estados Unidos de ese país deja muchas preguntas en el aire y cambia, quizás de forma radical, el tablero geopolítico. No obstante estas consideraciones inciertas, de algo sí podemos estar seguros: que en los próximos años nuestro mundo no tendrá paz; nuevas guerras se avecinan. El mundo no es lo que era antes, pero sigue dominando el gran capital transnacional, ahora quizás con sedes alternas en otras latitudes del mundo.

En el año 2011, cuando Estados Unidos mantenía aún su poder hegemónico, Assange dijo lo siguiente con respecto a la invasión de Afganistán que los estadounidenses llamaron guerra: “El objetivo es utilizar [este conflicto bélico] para lavar dinero de las bases impositivas de Estados Unidos y de países europeos a través de Afganistán y traerlo de vuelta a las manos de las élites de la seguridad transnacional”. Según el fundador de Wikileaks, quien parecía saber muy bien de lo que estaba hablando: “El objetivo era una guerra eterna, y no una guerra exitosa”.

Lo mismo parece haber sucedido en México desde que Felipe Calderón declaró su llamada “guerra contra las drogas”, muy bien asesorado y apoyado estratégicamente por los Estados Unidos [según nos contaron a mí y al Profesor de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), Tony Payan, cuando entrevistamos a varios personajes que trabajaron muy cerca con el expresidente para nuestro último libro titulado: La Guerra Improvisada: Los Años de Calderón y Sus Consecuencias (Océano, 2021)]. Calderón declaró una guerra cuyas dinámicas estuvieron diseñadas para ser eterna. Y así lo ha sido. Por más “abrazos y no balazos” que deseaba nuestro actual presidente, la violencia relacionada con la delincuencia organizada no cesa y los paramilitares criminales—o “mercenarios”, cuyo origen no es fácilmente verificable—se siguen multiplicando en distintas regiones del país.

La militarización del país continúa y aunque Andrés Manuel López Obrador decide no confrontar a los denominados carteles como lo hicieron sus predecesores, pareciera que no existe otra opción—o, por lo menos, es lo que dicen sus opositores y sus vecinos del norte, señalando que la violencia no para y se multiplica. Los “talibanes de México” (en sentido figurado)—o más bien mercenarios—siguen recibiendo armas provenientes del mundo desarrollado—especialmente de Estados Unidos. Al mismo tiempo, aparecen organizaciones criminales utilizando armamento de altísimo calibre, propaganda mediática y estrategias para mantener la atención en México de la prensa internacional. Estas tácticas nada tienen que ver con aquellas que utilizaron, en las dos últimas décadas del siglo pasado, los narcotraficantes mexicanos, es decir, aquellos que trabajaron con Caro Quintero, Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo, Juan García Ábrego, la Familia Arellano Félix y el Señor de los Cielos.

Algo muy distinto y más complicado sucede en México hoy en día, al tiempo en que arrecia la violencia, se multiplican los homicidios y las desapariciones, se masacra a migrantes, se acribilla a civiles (en ataques dirigidos a la población y no en fuego cruzado por enfrentamiento entre bandas criminales) y se continúan encontrando fosas clandestinas (llamados por los “activistas internacionales” y nacionales campos de exterminio). Pareciera ser que por más que el presidente mexicano se resiste a continuar con la guerra, la situación misma lo presiona a continuarla e inclusive a extenderla. Por su parte, los estadounidenses en distintos ámbitos—políticos de los dos partidos, diplomáticos y lobistas de la guerra en particular—continúan recomendando volver al pasado para recuperar la siempre anhelada (y nunca lograda) estabilidad. Presionan y amenazan con denominar a los ¡carteles mexicanos” organizaciones terroristas internacionales para promover de nuevo la guerra eterna contra las drogas en territorio nacional.

La guerra contra las drogas iniciada por Nixon el siglo pasado ha resultado también ser eterna y se le ha impuesto al resto del continente de una u otra manera—de forma quizás más directa, primero a Colombia y después a México. Así como en el caso de Afganistán, los perdedores de la guerra son todos los ciudadanos de los pueblos de América (el continente). E igualmente, los ganadores resultan ser las mismas compañías del complejo (fronterizo) militar industrial, los contratistas de las guerras de Estados Unidos (la guerra contra las drogas, la guerra contra el terrorismo, las guerras en la frontera), es decir, las “élites de la seguridad transnacional” a las que se refería Assange.

Y estas empresas que determinan la política exterior de un país que se juega su hegemonía pueden ser identificadas fácilmente. Preguntemos a los jefes de Nixon, de Reagan, de Clinton, de Obama, de Biden, a la familia Bush, y a quienes financian los think tanks de lobistas en Estados Unidos. Los ganadores de la guerra eterna en Colombia, México, Centroamérica y el Medio Oriente, tienen marca, y hasta nombre y apellido. El comentario del fundador de Wikileaks parece ser más relevante que nunca. En las guerras que prevalecen y se avecinan, el objetivo parece ser “una guerra eterna y no una guerra exitosa.” Así es la guerra contra las drogas en México.

Guadalupe Correa-Cabrera
Guadalupe Correa-Cabrera es Profesora Asociada en la Universidad de George Mason (Virginia, EEUU) y se encuentra afiliada al Woodrow Wilson Center en Washington, DC y al Centro México del Baker Institute en la Universidad de Rice. Es autora del libro Los Zetas Inc. (Editorial Planeta, 2018).
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