Poco a poco se van dando pasos que avisan ya que las libertades políticas están siendo amenazadas y que la censura y el autoritarismo no son ya fantasmas del pasado. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

Es un fantasma que cada día, cada mañanera, cobra más cuerpo. Se le pueden ver ya las manos, los dientes, la lengua. Poco a poco se va construyendo, con pequeños actos, discursos encendidos del Presidente. Cada día se trasgrede más la línea, López Obrador va más allá. En muy poco tiempo pasó de llamar “fifís” a los medios y periodistas, a “conservadores”, a exhibirlos con nombres y apellidos desde la tribuna presidencial. A ese terrible nivel hemos llegado en unos días. De “pasquín inmundo” a listas negras. No puedo siquiera imaginarme qué hubiera ocurrido si Peña Nieto o Calderón hubieran hecho algo semejante. Pero los otrora defensores de la libertad de expresión, los críticos del “cerco mediático”, hoy están en el poder y encuentran aceptables los atropellos que el Presidente comete sobre ciudadanos y medios. No importa que sus ataques sean, clara e indudablemente, un abuso de poder. Ellos se suman a las campañas difamatorias, las orquestan, defienden los abusos. Son una especie tan facciosa como la que criticaban, o peores, incluso.

No entiendo en qué parte del camino se perdieron los que no reciben prebendas ni publicidad oficial, los que parecen no tener intereses, defendían buenas causas. Esos, los que llenábamos plazas, caminábamos codo a codo, coreábamos las mismas consignas, ¿dónde están?, ¿todos están ciegos y sordos?, ¿se esperarán a que el Gobierno empiece a perseguir a críticos, a que los amenacen, los hostiguen, atenten contra ellos?, ¿o el problema es que creen que se lo merecen?, ¿qué tipo de consciencia democrática es esa?, ¿lealtad ciega, en serio?

Debería resultarnos inadmisible a todos la estigmatización diaria, la reiteración del insulto. No importa quiénes sean, porque la democracia implica que todos, absolutamente todos, quepamos en el discurso público con nuestras opiniones, que no deberían poner a nadie en la picota. Nada de esto debería estar sucediendo porque las libertades se acotan de muy variadas formas. No se necesita cerrar prensas para censurar a un periodista, a un columnista, a veces, basta con amedrentarlo con la difamación y el continuo escarnio.

En los hechos, lo que el Presidente solicita es que los medios y columnistas no critiquen su quehacer, como si fuese algún tipo de reyezuelo y no un funcionario público encargado de los asuntos que nos conciernen a todos. Es en realidad una forma de persecución desde donde se le vea que pretende inhibir la crítica. De hecho, es un muy mal síntoma tener que explicar que el Presidente no debe estigmatizar a la prensa, ni a nadie. Qué tan mal estaremos que hay quienes argumentan que evitar los abusos de poder de López Obrador significa “amordazarlo”, qué tan mal estaremos que otros políticos comienzan a cometer abusos de poder, desvergonzadamente, como ha sucedido con la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, quien acusó públicamente a una ciudadana por apoyar al movimiento feminista para tratar de deslegitimarlo mientras reprimía a feministas.

Poco a poco se van dando pasos que avisan ya que las libertades políticas están siendo amenazadas y que la censura y el autoritarismo no son ya fantasmas del pasado.

Traicionan a sus votantes, pero también traicionan a la democracia que los llevó al poder y que están destruyendo, piedra a piedra. Lo hacen cuando socavan instituciones, o directamente las destruyen, como está sucediendo con la extinción de los fideicomisos de ciencia y cultura. Tragedias que están ocurriendo, oprobios que sufriremos décadas, destrucciones que cambiarán el rostro de nuestra casa y que lastrarán nuestro futuro.

No queda nada ya más que resistir el avasallamiento de un poder que es ciego y sordo y que no se detendrá ante las razones, un Gobierno arbitrario y despótico, y un Presidente dispuesto a destruir el país que entre todos construimos para edificar uno donde solo cabrán él y los suyos.