“El presente será después pasado”, cantó Bob Dylan en su magistral Los tiempos están cambiando (The Times They Are a-Changin’, 1963). En términos físicos, irremediablemente así será; pero lo que probablemente tenía en mente Dylan no es el sentido unidireccional de la flecha del tiempo, sino la eventual derrota de la resistencia de los conservadores ante los nuevos paradigmas surgidos gracias al complicado recambio generacional de su época.

Hay eventos que ponen a prueba nuestra capacidad de escapar de las trampas impuestas por las convenciones y de generar escenarios mejores para la vida humana. Hace menos de dos semanas nuestros diputados aprobaron, sin poder esgrimir un solo motivo racional, la reducción de un impuesto a los refrescos. Días después la OMS dio a conocer que productos ampliamente consumidos que están hechos a base carne procesada, como las salchichas o el jamón, son cancerígenos. Finalmente, la SCJN votará el próximo miércoles una iniciativa que permitiría a una organización cultivar y consumir su propia marihuana.

Los debates generados alrededor de estos tres temas tienen al menos un par de elementos en común. El primero es evidente y no tiene mucho sentido profundizar en él: en todos los casos mencionados en el párrafo anterior se alude a asuntos de interés público. Mucho más interesante resulta poder comprobar, gracias a las tres polémicas que, cuando se discute sobre el daño que puede producir el consumo de alguna sustancia, buena parte de nuestra población toma como bueno lo comúnmente aceptado sin buscar criterios de verdad o falsedad que lo justifiquen.

Hace varios años, cuando ya se sabía que la marihuana era una droga mucho menos dañina que el alcohol o el tabaco, pero aún no empezaba la ola de legalizaciones en el mundo, tuve la oportunidad de discutir sobre el tema con un conocido. Durante la conversación, este individuo repitió una y otra vez que a él le parecía inconcebible una fiesta de navidad en la que la gente estuviera fumando cannabis en lugar de beber alcohol. También dijo que consideraría una escena semejante casi apocalíptica.

Derivando sus posiciones de lo convencional al igual que mi conocido –aunque en sentido inverso-, hay personas que no consideran posible que sea peligroso consumir productos que desde pequeños han entendido como normales o inofensivos. Antes que aceptar revisar sus creencias, éstos prefieren ridiculizar a la ciencia. Así, desde que la OMS publicó los resultados de sus investigaciones sobre cancerígenos, los memes que se burlan de las conclusiones de su informe están a la orden del día; la música de Ricardo Arjona podría producir cáncer en el oído y los libros de doble columna de Porrúa podrían ocasionar cáncer en los ojos, satirizan.

Parte de la resistencia a los hallazgos científicos se debe a que se suele esperar que éstos apliquen en el 100 por ciento de los casos que pueden presentarse, condición que de ninguna forma es necesaria. Lo que se pierde de vista es que si bien teorías como la Teoría General de la Relatividad deben ser válidas en todo nuestro universo –aunque aún queda pendiente definir cómo puede resolverse su discrepancia con la teoría cuántica-, hay ocasiones en las que se descubre una tendencia que no aplica en absolutamente todos los casos, pero sí en un número de ocasiones suficiente para que ésta sea pueda ser considerada relevante.

También es frecuente escuchar a quienes desprecian argumentos basados en evidencias científicas dándoles el mismo valor que a sus limitadas experiencias de vida. Este tipo de afirmaciones se expresan en formas como: “lo de la OMS es una tontería porque mi papá cenó hot-dogs durante cuarenta años y jamás se enfermó de nada” o “la marihuana es peligrosísima porque un amigo que la fumó terminó convertido en adicto a la heroína”.

En otra subcategoría se encuentran quienes aceptan como válida cualquier proposición que empiece con las palabras “un estudio demostró” sin considerar el origen de dicho estudio, su metodología o su lugar dentro de un contexto de pruebas sobre el mismo tema. Y es que no es lo mismo un estudio financiado por Coca Cola sobre el daño que uno de sus refrescos produce al cuerpo humano, que uno alternativo realizado de manera independiente por universidades y organizaciones defensoras de la salud. Del resultado del primero podemos esperar la misma objetividad que obtenemos cuando se le pregunta a un funcionario que recibe cantidades millonarias, y poder casi ilimitado, para combatir el tráfico de marihuana, si cree que sería buena idea legalizarla y destinar todo el presupuesto que hoy pasa por sus manos a la prevención o a otro tipo de rubros fuera de su área de injerencia.

Toda sociedad democrática necesita, según Philip Kitcher, una definición compartida de razón pública. Al afirmar lo anterior, este filósofo de la Universidad de Columbia se refiere a la importancia de alcanzar acuerdos sobre los tipos de evidencias que podemos considerar como válidas y al peso que se le asignaremos a cada una de éstas. Por eso nuestros juicios deberían fundamentarse en el estudio de las evidencias disponibles y no en lo que la mayoría de la gente considere como válido en un momento determinado.

La ciencia tiene la cualidad de siempre estar abierta a revisiones. Algo considerado como cierto durante años puede ser derrumbado al calor de nuevas evidencias. Sin embargo, no terminamos de acostumbrarnos a la idea de que precisamente lo que permite el progreso –sin importar lo que por éste se entienda-  es la aceptación de que no hay verdades absolutas ni incuestionables para la ciencia y que todo paradigma puede llegar a dejar de funcionar en algún punto.

Por lo pronto, en el México de 2015 las salchichas y la Coca Cola aún se consumen en fiestas infantiles a pesar de todas las evidencias de los daños que pueden producir, y aún se prohíbe a los adultos fumar marihuana a pesar de todas las evidencias que indican que es ridículo criminalizar su consumo. Vivimos un presente que tarde o temprano será pasado.

@asalgadoborge

Antonio Salgado Borge

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