No encuentro la forma de no salir herido. Gritar tu nombre resulta igual de doloroso que no hacerlo. Es igual a tener una cortada en la punta del dedo y tocar con él el cuerpo: en realidad sólo de duele el dedo, pero piensas que te duele cada parte que tocas. A mí sólo deberías dolerme tú, pero me duele toda la existencia.

Me la paso mirando las fotografías que aún no he borrado. Siempre apareces sonriendo y yo siempre con ese gesto de incertidumbre. Como si antes de ese click, ambos supiéramos qué pasaría con nuestro futuro.

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 30 de noviembre (SinEmbargo).- Primera semana. Aún estiro el brazo hasta tu lado de la cama y duermo mirando hacia la pared para que tu rostro sea lo primero que mire al despertar. Acostumbrarme a tu ausencia está resultando sumamente difícil, no puedo soportarla y no quiero asumirla. No es que siga esperanzado, simplemente, no me gusta la derrota.

No encuentro la forma de no salir herido. Gritar tu nombre resulta igual de doloroso que no gritarlo. Es igual a tener una cortada en la punta del dedo y tocar con él el resto de tu cuerpo: en realidad sólo de duele el dedo, pero te enfocas en pensar que te duele cada parte que tocas. A mí sólo deberías dolerme tú, pero me duele toda la existencia.

La calle es un pozo oscuro que no tiene fondo. No verte esperándome en la acera de enfrente es caer sin estrellarme en algún punto, por ello sólo salgo para lo necesario: voy de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa en un loop infinito.

Aunque mi casa tampoco ayuda mucho. Estás en cada rincón pero también en ninguno. Dejaste aquí tu olor, algunas de tus blusas favoritas, dos palabras de amor, escritas con labial en el espejo de mi habitación, esa maldita playlist que creaste para mí, una lágrima en el vinil de mi chamarra favorita y un boleto para llegar directo al infierno, patrocinado por las tangas que me regalaste y que conservo con amor en un cajón.

Espero que, donde quiera que estés, no te encuentres bien. Y que me extrañes. Que te duela pensar en mí y que te arda pronunciar mi nombre. Que te angustie evitar nombrarme. Que las calles por las que transites también sean un puto agujero. La cama, un manicomio. Dormir, una tortura. Que nunca puedas encontrar la palabra “orgasmo” en la sopa de letras que armaste con los nombres de cada uno de tus amantes. Y si lo haces, que te quede la duda si lo que sientes es placer por ti misma o dolor por mi ausencia.

Ojalá que regreses por todas las cosas que olvidaste, incluyéndome a mí.

Segunda semana

Comencé a dormir de espaldas a la pared, aunque siempre que despierto, lo primero que hago es voltear, por si las dudas. Ésas dudas que se vuelven la esperanza de un estúpido. Estoy consciente de que no tengo esperanza alguna, pero desde que no estás soy mucho más estúpido.

Me la paso mirando las fotografías que aún no he borrado. Siempre apareces sonriendo y yo siempre con ese gesto de incertidumbre. Como si antes de ese click, ambos supiéramos qué pasaría con nuestro futuro.

Ahora pienso con la cabeza fría y la verdad es que no quiero culparte por todo. El otoño no se encarga de tirar las hojas de un solo árbol. Una tormenta no cae para mojar una sola calle. El océano deja que sus corrientes se transformen en grandes olas y las deja marcharse; las arrulla, las consiente y se enamora de ellas, pero siempre hay una costa en la que todo acaba. Debí estar consciente de un posible naufragio, tuve que haber buscado una isla cercana y no esperar que regresaras. Pero no lo hice y terminé chocando contra los castillos de arena que construí en mi mente, derribándolo todo.

Cuando voy por la calle, siento que soy invisible. Todo mundo mira hacia el espacio en el que deberías estar tú, pero a mí nadie voltea a verme. Tengo el peso de tu ausencia encadenado en mis tobillos. No conozco peor condena que ser libre y no tenerte.

Alicia, mi amiga, dice que todo es producto de mi imaginación.

Incluso ella, —le dije.

Sobre todo ella, —respondió.

Cuando llego a La Victoria, el bar que está a la vuelta del lugar donde trabajo, ya saben qué voy a pedir para tomar. Puedes considerarte un alcohólico con todas sus letras, cuando el mesero, al verte entrar, asocia tu tristeza a un vaso de ron en las rocas.

No me emborracho para olvidarte, yo sé que lo mejor de mí sale cuando te recuerdo. Lo hago para no depender de tu boca. Para terminar vomitando tu nombre en un excusado sucio. Para que el camino a casa sea más largo que de costumbre, para que el sueño me derrote en el transporte, pero sobre todo para que tu ausencia sea un espejismo que no duela. Me emborracho porque no puedo besarte. Nada más por eso: porque no puedo besarte.

He comenzado a poner orden en mi casa. Ya no parece una escena apocalíptica. Tiendo mi cama todos los días, enciendo un aromatizante con olor a manzana con canela. Ordeno mis camisas por colores, los cuadros equilibrados perfectamente, a mis plantas nunca les falta el agua. Podrías mirar sin problema tu hermoso reflejo en el piso de mi cocina y siempre tengo café recién hecho. Todo sabiendo que no regresarás nunca. Pero ya sabes, por si las dudas, porque soy estúpido.

Semana 3

Ya casi es invierno. Y digo “casi” porque desde que te marchaste, todo está incompleto. También fue casi otoño. Pero el invierno me preocupa más porque serán dos inviernos los que tendré que sufrir: el que está por iniciar y el que dejaste aquí.

Hará un frío del carajo, de eso no tengo duda. Hace un par de días que despierto y sigues sin aparecer en tu lado de la cama, pero ahora tengo la sensación de haber soñado con otra. En mi cabeza existe una mezcla de culpa y vacío que se escurre hasta mi pecho y mis latidos son tan desafinados, que me da miedo sufrir un paro cardiaco. Yo, que te he visto bailar tantas veces, sé que es posible morir por eso.

Me atreví a volver a uno de esos sitios en los que la felicidad no es un tema complicado. Pero no estoy ni cerca de sentir que todo alrededor está en la misma sintonía que yo. Todos bailan alrededor, pero yo desentono. Creo que para ser feliz debo dejar de preguntarme si de verdad lo soy. Debo dejar de preguntarme si las cosas que hago me satisfacen porque la respuesta podría regresarme al punto donde me encontraba hace dos semanas.

Cuando recuerdo que mi vida me parece una mierda, pienso en todas las personas en el mundo que la están pasando realmente mal. En aquellos inocentes en medio de guerras sin sentido y mi infierno se convierte en una tontería. Sin embargo, pienso que lo verdaderamente jodido no es mi infierno en sí, sino el tamaño del demonio que lo gobierna.

Porque la realidad es que sigues aquí, después de tres semanas, gobernando mi infierno. Y continúas siendo un demonio enorme que, lejos de disminuir su tamaño, lo incrementa.