Y digo de paso: estos hombres surgieron sin necesidad de obedecer códigos de ética impuestos por el poder presidencial, del tipo del que circula hoy. Imagen ilustrativa de la Rotonda de las Personas Ilustres. Foto: Cuartoscuro.

No puedo ocultar el gusto porque Valentín Campa y Arnoldo Martínez pasen a la “Rotonda de las Personas Ilustres”. Un decreto presidencial así lo dispuso y ahora los restos de ambos políticos y personajes descansarán en el Panteón Civil de Dolores, al lado de seres con significación que dan mérito hasta ahora a nuestra república.

Me extrañó, empero, que no se dijera explícita y suficientemente que ambos formaron parte del Partido Comunista Mexicano y de la secuela de partidos de izquierda que vinieron después, hasta llegar al PRD de los buenos tiempos. En diversos momentos militaron en un movimiento internacional que, por lo que se refiere a Campa, iba en ascenso y ofrecía no pocos escollos; casi 14 años de prisión lo dice todo con relación a este prócer. Convergentes en mucho, en ideales y propósitos conviene hacer los matices que los distinguieron a través del andar político de nuestro país. Los que me parecen resaltables los expreso ahora brevemente:

Don Valentín nació en Monterrey en 1904, fue testigo prácticamente de un siglo del acontecer nacional y vivió el ascenso y ocaso del momento comunista al que estuvo ligado espiritual y políticamente en su calidad de asalariado, centralmente en ferrocarriles, distinguiéndose como un líder consecuente del sindicalismo que arrancó en los años 30, que dio una gran batalla a inicios del Gobierno de Adolfo López Mateos, cuando su gremio se fue a la huelga al altísimo costo de sufrir la represión militar y el encarcelamiento, que llegó como denuncia central, exigiendo su libertad, del movimiento estudiantil de 1968.

Frente a un mundo demasiado abyecto, hombres como Campa demostraron talento férreo y voluntad para continuar adelante por la libertad de los obreros y la democracia en el país. Formó parte del histórico Comité de Defensa Proletaria en 1935, se negó a participar en el tinglado para asesinar a León Trotsky y fue compañero de luchas de otro grande: Demetrio Vallejo Martínez. Su vida de militante también fue de disidente y al final quedó acuerpado en el Partido Comunista Mexicano, en el que estuvo hasta el final, cuando por vez postrera para disolverse cantaron “La Internacional”. Atrás quedaba lo que François Furet llamó “el pasado de una ilusión”.

A la hora de la fundación de la CTM, Campa advirtió que esta central, asociada al líder charro Fidel Velázquez, se convertiría en un aparato de dominación corporativa sobre los trabajadores mexicanos, herencia de la que no se ha podido sacudir la clase obrera.

Un último rasgo lo define y tiene que ver con lo que ahora sucede con una izquierda que se borró del mapa nacional. Campa se entregó con altruismo y abnegación a la causa que le dio aliento de vida, sin esperar nada a cambio, sin retribuciones ni dietas gubernamentales.

Cuando asistí a su funeral pude verlo en su caja mortuoria con su vestuario de ferrocarrilero y con el emblema del movimiento internacional al que perteneció, catalogado no ha mucho como la crónica de un dios que fracasó, pero que en el evento de que esto fuese rigurosamente cierto, deja incólume a un ser como Don Valentín Campa Salazar.

Arnoldo Martínez Verdugo, con vocación de pintor, se hizo de la dirección del Partido Comunista a inicios de 1960; es central en su ascenso el XIII Congreso de ese partido. Desde entonces, su permanencia ahí fue prácticamente inamovible y su gestión fue modernizadora por cuanto se refiere a asumir la propuesta democrática. Ya no se sostenía la divisa de la dictadura del proletariado y eran los tiempos en los que se cuestionaba por los eurocomunistas verdades sagradas para los soviéticos, en avance a la propuesta de un compromiso histórico con la democracia, del tipo que planteó Enrico Berlinguer para los italianos.

Su gran contribución se concretó a la hora de la fundación del Partido de la Revolución Democrática, a consecuencia del fraude salinista que robó la Presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas. Tenía una clara visión del liderazgo cardenista frente al que representaba Heberto Castillo, no obstante la grandeza de este otro patriota, sobre todo cuando, para prolongar la insurgencia cívica de 1988, legaron al nuevo partido su registro para fundar otro y transitar hacia la democracia. No cualquier líder toma una decisión de este tamaño y esto define la gestión de Arnoldo Martínez en favor de un proyecto democrático de hondas raíces que luego fue traicionado por un fraccionalismo tribal y parasitario que robó al país la presencia de una izquierda que tanta falta hace hoy.

Por estos hechos narrados con brevedad, es que me da regusto que los restos de ambos, en calidad de ilustres, pasen a formar parte del más distinguido y famoso panteón mexicano. Y digo de paso: estos hombres surgieron sin necesidad de obedecer códigos de ética impuestos por el poder presidencial, del tipo del que circula hoy.