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María Rivera

30/11/2022 - 12:02 am

Las marchas

“Esta fantasía, esta construcción del discurso político, es lo que tiene a López Obrador en el pedestal y lo tendrá mucho tiempo más”.

La fotografía es precisa y elocuente: él, el Presidente, rodeado de por una multitud que lo encierra, lo empuja, lo vitorea, le grita, enardecida “no estás solo”, como si se tratara de una víctima del poder y no su encarnación. Foto: Presidencia.

“Hay de marchas a marchas”, es el dicho de hoy en día. Marchas buenas y marchas malas, marchas legítimas o marchas ilegítimas, marchas oficialistas y marchas ciudadanas. Por supuesto, hay marchas más cuestionables que otras. Por ejemplo, aquellas donde no es una fuerza ciudadana saliendo a exigirle al poder algo, sino el propio poder gubernamental el que convoca para reafirmarse en el poder, echa mano de todos sus recursos, para hacer una demostración de fuerza y así intentar silenciar o deslegitimar las exigencias de un sector social inconforme. En el imaginario político se juegan pues la batalla ¿quién es más legítimo para salir a la calle? ¿los progobiernistas o los opositores al gobierno?

El gobierno del López Obrador ha logrado instaurar en el discurso una cala profunda, hay que reconocerlo: son los pobres, la mayoría, los desposeídos, los que ostentan ese derecho, y él ha logrado presentarse como su propia voz, a diferencia de los “fifís” o “conservadores” que, claro, no son “pueblo”, sino personas molestas por perder sus “privilegios”. Digamos, no importa cuántos ciudadanos hayan salido a marchar y si abarrotaron Paseo de la Reforma y distintas plazas del país: son una minoría que ha logrado organizarse mejor, pero que está lejos de representar un cambio en la aprobación general del Gobierno: peor aún, no representan más que sus intereses mezquinos y, por ende, ilegítimos en el mar uniforme de lo popular.

Es una tragedia, realmente, constatar que esa narrativa ha echado raíces entre nosotros, porque de esa manera cualquier oposición y cualquier injusticia puede ser justificada por el poder.

Por supuesto, hay un cambio, muy notable. Es la primera vez que la oposición logra articular y sumar un descontento capaz de aglutinar a más personas en torno a una causa: defender a la institución democrática por excelencia, el Instituto Nacional Electoral, que nos tomó décadas forjar. No solo eso: aunque la marcha convocada por el Presidente, fue numerosa y aglutinante, no oculta sus costuras, ni su naturaleza: no parte de un sincero (o espontáneo, digamos mejor) apoyo al Presidente (aunque, sin duda, haya concitado muestras de apoyo enardecido de sus seguidores y funcionarios) sino del oficialismo. Fue una marcha del poder para celebrarse a sí mismo, o dicho con más precisión, fue la marcha que el presidente se organizó a sí mismo para decirnos a todos que el pueblo lo respalda y los otros solo son un grupo apátrida y traidor. De allí, ese baño, qué digo baño, esa piscina de pueblo en la que se sumergió, extático, durante horas, caminando al lado de la gente, sin seguridad y sin importarle los peligros a los que se expuso, desde una insolación hasta un accidente. No creo que haya algún mensaje más importante que éste en toda la marcha: él es el pueblo. La fotografía es precisa y elocuente: él, el presidente, rodeado de por una multitud que lo encierra, lo empuja, lo vitorea, le grita, enardecida “no estás solo”, como si se tratara de una víctima del poder y no su encarnación. No el hombre más poderoso del país, un político, sino un hombre a ras de suelo. No verlo sería tonto, porque es probable que esa fotografía permanezca mucho tiempo en el imaginario popular.

Esta fantasía, esta construcción del discurso político, es lo que tiene a López Obrador en el pedestal y lo tendrá mucho tiempo más. Muchas personas, antes que percibir el acto de megalomanía narcisista, percibirán este acto como encomiable, una muestra innegable del enorme amor que le profesa al pueblo, donde él se disuelve, gustoso.

Y hay que decirlo, querido lector; es asombroso que el presidente haya logrado, desde que llegó al poder, presentarse no como una autoridad, un funcionario con extraordinario poder, sino como un perenne opositor desvalido que es capaz, incluso, de reivindicar la calle, ese espacio natural de la protesta social, como suya, es decir, del poder mismo. No solo quería ocupar el Palacio Nacional, sino el zócalo entero. No lo logró el PRI de antaño, porque no tenía un presidente que suscitara la devoción en millones. Esa es la verdad: no es la torta, ni el frutsi, ni el camión lo importante. Es evidente que echaron mano de toda la estructura política, militar, y probablemente administrativa para la escenificación, pero es también verdadero que a estas alturas esos datos ya no parecen importar: se ha impuesto una lógica distinta desde que comenzó este sexenio, fuera de la lógica democrática anterior, más bien neutra, animada por la polarización y el maniqueísmo del discurso presidencial. Se equivocan quienes siguen leyendo la realidad nacional con esos lentes, porque ya casi nadie lo usa, o mejor dicho, ya a casi nadie le escandaliza lo que ve ¿hay algún contrasentido más grotesco que ver en una marcha a una banda militar amenizando la “protesta” o al “pueblo uniformado” marchando sobre Paseo de la Reforma, donde antes marchaban los opositores e inconformes?

Me parece evidente, querido lector, que nos encontramos fuera ya de ese marco cultural que la transición democrática construyó y que buscar la indignación en ese espacio es del todo ocioso, al menos para la mayoría. López Obrador arrasó con ella, sin miramientos. Es hasta absurdo señalar todos los límites que ha cruzado estos años y que hubieran representado su propia enjundia si los hubieran cruzado otros presidentes. No es difícil imaginar a la “izquierda” señalando, con mordacidad, el teatro burlesco que implica una marcha convocada desde el poder para glorificarse y atacar a opositores, con la complicidad de los medios estatales y hasta privados ¡cuántos cartones se hubieran dibujado para burlarse de la cursi demagogia que inundó los micrófonos y las pantallas a cargo de funcionarios y paleros!

Por supuesto, es una forma de transformación cultural profunda, no solo de las formas sino también de los significados, hay que reconocer; y no importa si es la cuarta, la novena o la primera. La moralidad pública que alguna vez se impuso en el país, con trabajos y a lo largo de décadas contra el autoritarismo y el presidencialismo, es una antigualla ya, completamente inservible.

Claro, en este nuevo mundo (o calle), no caben ya los opositores (no como una expresión legítima) sino el presidente; no caben ya grupos sociales agraviados como las víctimas, sino el presidente; no caben ya marchas de protesta, sino las marchas del presidente encabezadas por el presidente y funcionarios que tampoco caben ya, sino como sus seguidores. Es más, ya no cabe el pueblo, porque el pueblo, uniformado, es uno y solo uno con el presidente en ese gran zócalo, amenizado por militares.

 

María Rivera
María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.
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