Pareciera que Félix González, allá en Quintana Roo, y Fidel Herrera, en Veracruz, escogieron a sus sucesores pensando en la mediocridad no amenazante, seguramente para mantener ellos una posición de hombres fuertes desde la sombra en sus entidades. Pero el resultado son gobernadores como Javier Duarte, más famoso por su intolerancia tuitera y su desprecio por las leyes o Roberto Borge, célebre por la intensa búsqueda que lanzó para buscar a su perro extraviado. Pequeños tiranos que se creen dueños del poder y confunden sus fobias y sus filias con la tarea de gobernar.
Por Jorge Zepeda Patterson
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