Fotos: Vanguardia / Luis Salcedo

En la comunidad de El Pilar de Richardson, situada en el municipio de General Cepeda, en Coahuila, unos 500 habitantes viven en la permanente angustia de no tener para comer, mientras las autoridades voltean el rostro hacia otro lado, consigna este martes un reportaje publicado por el diario saltillense Vanguardia.

Ahí, destaca la reportera Arely Ramos en su texto, reina la aridez, el polvo que se levanta por las ráfagas de viento y la incertidumbre.

En todo ese ejido del municipio de General Cepeda la situación es similar, debido a la sequía y a la falta de agua que se padece desde hace más de un año: “El ejido está aletargado, no hay actividad económica y esa inacción tiene qué ver directamente con las escasas lluvias que tiene a los 500 pobladores viviendo al día”, describe la pieza de Vanguardia.

Fotos: Vanguardia / Luis Salcedo

Las familias, que antes cultivaban o criaban ganado, ahora no tienen nada.

“No hay plantación de lechuguilla para tallar, ni candelilla. La sequedad ha acabado con lo poco que había y por eso no tenemos trabajo, no hay dinero y no hay para traer comida. Todos estamos en una situación difícil”, expresó Juan Reyna, productor de ixtle y candelilla de la comunidad El Pilar de Richardson. Ante eso, el oficio que han ejercido durante toda su vida para comer se ha extinguido.

Fotos: Vanguardia / Luis Salcedo

Ya no hay candelilla para trabajar la cera, destaca la reportera Ramos; lo poco que queda está muy deteriorado e incluso los vecinos de la población han tenido que tomar sin permiso plantas de otros ejidos, a los que tienen que caminar kilómetros para llegar, detalla.

“Ya nos andamos robando plantas de ejidos que están como a 40 kilómetros, el hambre está tan canija, la necesidad es mucha, tenemos que recurrir a otros lados para traer algo de plantas y hacer una pequeña producción de ixtle o cerote. De ahí, de lo poco que vendemos, porque hasta eso no hay mucha venta, apenas sacamos para comprar frijol o maíz”, manifestó Reyna en la entrevista con Vanguardia.

El frijol, comentó Reyna Sánchez, esposa de Juan, con quien procreó tres hijos, “aumentó mucho, estaba en 15 pesos el kilo y ahora lo venden en 28 pesos. El maíz estaba en tres pesos y ahora hasta lo venden a ocho ó 10 pesos; todo está muy caro y no hay con qué comprar”, reiteró la mujer, que a diario hace lo imposible por tener algo que llevar a la boca de su familia.

“Ni ratas hay para comer”

Aunque en el campo se han acostumbrado a comer los animales que ahí habitan, para mitigar la hambruna los jefes o jefas de las 103 familias que viven en El Pilar de Richardson recurren a la caza de ratas, liebres, víboras y cotuchas, expone Vanguardia.

Fotos: Vanguardia / Luis Salcedo

Sin embargo, esas especies ya están en extinción, pues a ellas también les ha afectado la falta de agua y alimento en su propio hábitat. Las que quedan, de acuerdo con el texto, están muy flacas y débiles, y cada vez se ven menos.

“’Ya no hay ratas, ni liebres, ni nada. Ya nos las acabamos y con esto de la sequía los animalitos se están acabando. Para cazar algo nos llevamos horas, hay que caminar mucho o escarbar muy bien en las nopaleras para dar con las ratas o víboras; ahí se esconden mientras comen ese fruto’, explicó don Juan, quien preparaba el azadón y el talache, para ir en busca de esos esquivos animalitos que terminarían en su mesa”, plantea el reportaje de Ramos.

Por ello, las familias buscan en terrenos vacíos.

“Nada de un lado, nada de otro. Hasta que Juan decidió apuntalar una nopalera para encontrar al menos una rata. Y así fue. Muy profundo y al pie del nopal, encontró al pequeño roedor.

Fotos: Vanguardia / Luis Salcedo

“Cuando salió del pozo, Juan la mató a pedradas, la tomó de la cola y con suma habilidad le quitó las vísceras y la piel. El animal quedó listo para cocinarse”.

Las cocinan, describe el texto, fritas, asadas, o en caldo: “Pese a que: ‘hay muchos díceres’, dijo Juan, ‘no nos hemos enfermado’. Es un animal limpio, sólo se le quitan las vísceras, la piel y está listo para cocinarlo y comerlo”.

Fotos: Vanguardia / Luis Salcedo

“’Cuando el hambre es canija, lo que sea es bueno. Las ratas saben ricas y aunque dicen que pegan rabia, nada de eso nos ha dado a nosotros. Tenemos toda la vida comiendo algunos animales y nada nos ha pasado’”, asegura Juan Reyna a Vanguardia.