Biografía ficcionada de “El Chapo” dibuja un México de corrupción e impunidad (ADELANTO)

31/01/2016 - 12:02 am

“Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán: El Varón de la droga” es el más reciente libro de Andrés López López, autor de “El Cártel de los Sapos” y “El Señor de los Cielos”, que al igual que en esta obra utiliza la mezcla de hechos reales y ficción para narrar la historia de los grandes capos de la droga en México o en su natal Colombia. En esta ocasión, López López relata cómo en un sistema político como el mexicano, los reos del nivel del jefe del Cártel de Sinaloa pueden comprar lo mismo a guardias de una prisión de alta seguridad que tramar un escape gracias a que sus aliados pueden delinquir con tal de ser recluidos en el mismo penal con la tarea de ayudarlo a huir.

SinEmbargo presenta este adelanto con la autorización de editorial Aguilar.

Joaquín-El-Chapo-Guzmán

LA GRAN IDEA

Durante la lectura de cargos, el Chapo estuvo tranquilo, pero cuando lo raparon comprendió que el asunto iba en serio; comprendió la magnitud del problema en que estaba metido. El ánimo se le vino al piso y vio su vida en retrospectiva. Entonces decidió que, con todo lo que había hecho, nada ganaba ahogándose en sus propias penas. Tenía que actuar. Aunque estuviera encarcelado, la vida seguía. Mientras se acomodaba a esa rutina, una gran pregunta vino a su mente: ¿quién lo había traicionado?

Aún no se sabía quién había sido la borrega. Desde la cárcel se las ingenió para hacerle llegar mensajes a sus hombres indagando por el culpable. Joaquín estaba dispuesto a pagar la cantidad de dinero que fuera necesaria para descubrir al traidor, pero nadie hablaba, nadie sabía nada.

A pesar de sus esfuerzos, el silencio era grande y la identidad del traidor un gran misterio. La idea de salir de prisión se le volvió una obsesión; aunque en la calle abundaban los enemigos, el reclusorio no era el sitio más seguro. Estaba convencido de que alguien lo había traicionado, y los antagonistas, los Arellano Félix, enviaban desde las sombras información tergiversada que acusaba a sus hombres de confianza. Esto hizo que el Varón de la Droga sospechara hasta de su sombra.

Jessica, la primera agente federal que lo acusó en los Estados Unidos, trató de entrevistarse con el Chapo en prisión, aduciendo que era su amiga. Por lo sonado del caso, aunado a la poca colaboración de la Procuraduría General de la República, no obtuvo el permiso con la prontitud que lo requería. En el fondo quería confirmar si el Varón de la Droga era el mismo Chapo que ella había conocido en su infancia; pero más que eso, necesitaba saber por qué, tras esa noche que pasaron juntos en Nueva York, había desaparecido.

La vida del Chapo siempre estuvo rodeada de mujeres, a las que Joaquín llevaba del cielo al infierno en segundos. Mujeres a las que amó pero a las que también hizo sufrir al jugar con sus sentimientos. Aunque el niegue que lo haya hecho. Para el Chapo el amor por sus mujeres era puro, pero su pureza y forma de amar eran completamente distintas de las del resto de los mortales. Una buena justificación para encubrir el desamor.

Ese era el caso de Griselda, la segunda esposa del Chapo, a quien también le vibraba el corazón de rabia cada vez que lo visitaba. Aún tenia la cabeza llena de dudas respecto a la agente de la DEA que estaba obsesionada con su captura. Era tanta la rabia que corría por sus venas que amenazó al Chapo con dejarlo solo en ese reclusorio si no le confesaba de una vez por todas cada una de sus aventuras con esas mujeres que desde las ocho de la mañana se aglutinaban en la puerta principal del penal exigiendo ver al detenido.

Griselda quizá era, entre sus últimas mujeres, la que más lo amó. La que siempre estuvo a su lado, en las buenas y en las malas. Pero la paciencia tenía un límite: Griselda tuvo la valentía de amenazarlo con irse lejos con sus hijos si no le daba su lugar. La amenaza lo puso iracundo. El Varón de la Droga no era un hombre que se doblegara con amenazas. Se le acercó a centímetros del rostro y con gesto fiero, característico en él en momentos de ira, le advirtió que si lo hacía no viviría para contarlo.

Los días dentro del penal transcurrían en una tediosa rutina. El Chapo se levantaba temprano para caminar en el patio. Uno de esos días sucedió lo inesperado: se encontró́ con dos de sus amigos y colaboradores cercanos que habían cometido un delito para hacerse capturar y terminar en el mismo reclusorio de su jefe. Luego de saludarse emotivamente, le contaron que estaban allí porque tenían la misión de sacarlo de la cárcel; necesitaban trabajar en el plan. Además, tenían una noticia impor- tante: el nombre de la borrega que lo había delatado.

Tras conocer el nombre, un deseo de venganza infinito se apoderó de él. Ya no era una especulación, no, ahora tenía la certeza de que los Arellano Félix, al no poder ultimarlo y para tranquilizar a las autoridades por el asesinato del cardenal, optaron por delatarlo. Sin más preámbulo, levantó el teléfono —contaba con un aparato de éstos en el penal porque a esas alturas ya había sobornado a los custodios para que cumplieran cada uno de sus caprichos— y los sentenció.

Luego de la amenaza, sintió algo de temor al pensar que sus enemigos podrían aprovechar su vulnerabilidad al estar en reclusión, pero no le dio mayor importancia. Tranquilamente, se sentó con sus hombres a planear su fuga. Llevaba tiempo estudiando las posibilidades y había concluido que la llave a su libertad estaba en la enfermería, pero necesitaba saber más acerca de cómo operaba esta oficina. Sin pensarlo dos veces, se hizo él mismo una herida en la mano. Fue atendido por Camila, la doctora encargada del área.

Él y sus camaradas se dieron a la tarea de estudiar a la doctora, de evaluar las innumerables situaciones posibles e imposibles, así como los riesgos para facilitar la huida. Como parte del plan, el Chapo debía seducir a la doctora con su encanto y fortuna. A él no le desagradaba la idea: de hecho la consideraba atractiva. Así que, con la ayuda de los custodios, inventó mil y una excusas para ir a parar constantemente en la enfermería.

El Chapo, con su nadadito de perro, se fue ganando la confianza de la doctora. De a poco descubrió la operación del pabellón de sanidad. Al volver a su celda escribía en pequeñas hojas las rutinas que, según él, eran el punto vulnerable del departamento.

Mientras eso sucedía en prisión, afuera Griselda estaba ocupada en sus propias indagaciones y descubrió que el Chapo había tenido múltiples amoríos en la región mientras estaba casado con ella. Volvió a visitarlo. Estaba que se la llevaba el diablo. Se sentía traicionada. Lo insultó. Le dijo que debería estar preso en los Estados Unidos para que realmente pagara bien caro por haberla traicionado.

El Chapo juró no saber de qué hablaba, negó las afirmaciones que sobre él hacían las mujeres en la calle. Argumentó que en su condición lo más fácil era ser atacado por cualquiera que quisiera vengarse de él por la razón que fuera, le dijo que lo que más lo ofendía era la afirmación de Griselda sobre una supuesta relación con Jessica, la agente de la DEA que lo había puesto tras las rejas. El Chapo se defendió de las acusaciones que le hacía su esposa con sus argumentos: para él todo había sido un plan orquestado años atrás por los gringos, con la única intención de capturarlo en suelo americano y recluirlo en una celda de por vida.

A pesar de que Griselda no le quería creer, la dulzura con la que el Chapo le susurraba al oído que, en caso de ser cierto, ella era la catedral y las demás siempre serían las de- más, logró convencerla. Se rompió el momento cuando uno de los guardias dio por terminada la visita. El Chapo, que estaba acostumbrado a hacer de las suyas en el reclusorio, salió del cuarto de visitas conyugales a poner en su sitio al custodio que se atrevió a molestarlo en un momento tan delicado. Con una mirada desafiante lo obligó a retirarse mientras él regre- saba a la celda donde, a puerta cerrada, le demostró a su esposa que era y seguiría siendo el amor de su vida. Griselda accedió a permanecer a su lado y luchar hasta alcanzar la libertad del padre de sus hijos.

Para entonces la doctora se había involucrado más de lo que debía. Secretamente tenía la ilusión de que el Chapo, una vez cumplida su condena, sería un hombre distinto. Sentía cierta atracción por aquel recluso en quien todos veían a un demonio, pero que con ella se portaba como un angelito. Bajó la guardia. Ella, en el fondo y en contra de sus sentimientos, sabía que era una relación imposible. Él era un criminal. Ella, una mujer de bien, incapaz de cometer la locura de llevar a la realidad un romance con un reo.

El Chapo, como era su costumbre, comenzó a nadar entre dos aguas aparentemente tranquilas, que en cualquier momento se podrían convertir en un maremoto capaz de mandar a la chingada cualquier plan que estuviera fraguando para escapar del penal de Puente Grande, una de las prisiones más seguras de México.

Debido a las múltiples infidelidades del Chapo, Griselda, su esposa, aunque le había dicho que lo perdonaba, tenía la inquietud de separarse de él, de llevarse lejos a sus hijos, ponerlos fuera de su alcance para que su destino no fuera el mismo que el de su padre. Camila, la doctora del penal, por su parte ahora estaba más confundida al sentirse engañada por un hombre que se atrevía a tener una compañera de reclusorio durmiendo en su propia celda.

Por su parte, Jessica insistió en establecer contacto con él y le hizo una oferta por escrito que otros habrían aceptado. Sabiendo que tarde o temprano saldrían a relucir todos sus trapitos sucios, le pidió de manera formal que firmara voluntariamente su extradición a los Estados Unidos para trabajar con la justicia estadounidense. En otras palabras, le pidió que se convirtiera en informante para evitar una condena; para ella era una forma de salvar a su amigo.

El Chapo no aceptó. Entonces Jessica le envió una nueva misiva donde le expuso las dos opciones que tenía, a cuál peor: permanecer en cautiverio por el resto de su vida o que sus enemigos le jugaran una mala pasada y lo mandaran al cementerio.

Aunque tenía la certeza de que no terminaría convertido en soplón, no podía evitar que los caminos planteados por Jessica le martillaran el cerebro. Sin embargo, el ofrecimiento nunca fue para él una opción. Los hombres de verdad no se rajan, y el Chapo se asumía como tal. Aunque tuviera que engañar a mil mujeres o empeñarle el alma al diablo, su idea era fugarse, y para ello contaba con el apoyo de sus camaradas, dentro y fuera del penal.

CORRELACIÓN DE FUERZAS

Los Arellano Félix, jefes del cártel de Tijuana, y sus sicarios creían que al estar el Chapo en prisión ganarían la batalla. Para rematarlo, estaban dispuestos a darle otro golpe certero que, pronosticaban, marcaría el final del cártel de Guadalajara, ahora mal organizado y en decadencia. La intención de los Arellano Félix era quitarle las rutas, quedarse con sus plazas, con la lana que tenía escondida y cobrarse por derecha una supuesta mer- cancía que les había robado Ismael Zambada —obedeciendo órdenes del Chapo—, socio de Joaquín Guzmán, más conocido como el Mayo Zambada.

La historia comenzó cuando una de las lanchas propiedad de los Arellano Félix fue incautada por las autoridades mexicanas. Los Arellano Félix responsabilizaron al Mayo Zambada, encargado de la logística en esa zona del país. Él se defendió diciendo que no tuvo nada que ver. Sin embargo, no fue un hecho aislado; la policía les daba un golpe tras otro, ¿quién era la borrega? Los Arellano Félix no se comieron el cuento, sus pesquisas siempre los llevaron a un mismo norte: acusaron al Mayo del robo, confirmando que hay dos cosas en el mundo del narcotráfico que los mafiosos no perdonan: que les roben la “soda” o a sus mujeres.

Los Arellano Félix le pidieron al Chapo —entonces en libertad— la cabeza del Mayo Zambada para equilibrar la balanza. Lejos de esto, Joaquín, fiel escudero de su socio, amigo y compadre, le advirtió que sus enemigos lo andaban buscando para matarlo. Este hecho marcó el inicio de una nueva guerra al interior de la mafia, la cual se venía fraguando desde mucho tiempo atrás. En vista de que se acercaba una confrontación inevitable, los Arellano Félix visitaron a su socio Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, para pedirle ayuda. Y éste tomó partido a favor de los Arellano Félix sin que el Chapo lo sospechara.

El Mayo Zambada debió esconderse mientras que el Chapo viajó a Guadalajara para hablar con Amado Carrillo, a quien le confió la ubicación de su refugio. Ese descuido derivó en un atentado del que Joaquín logró salir con vida. Fue una advertencia clara en un territorio donde los jefes eran otros. Ese evento y el atentado en el aeropuerto de Guadalajara obligaron al Chapo a salir de México para refugiarse en Guatemala, con la esperanza de que la marea bajara y las aguas tomaran su curso.

El Chapo informó al Señor de los Cielos sobre su paradero. Éste, que jugaba a doble banda, aprovechó sus contactos en el interior del gobierno y de algunas agencias federales estadounidenses para delatarlo. Su objetivo era que lo capturaran o lo ultimaran: de una forma ganaba y de la otra también. Pero no contaba con que México y la mafia del narcotráfico tendría Joaquín Guzmán Loera para rato.

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