Iniciamos una transición a la democracia con la finalidad de llegar precisamente a la democracia. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

La ciencia y la lógica aplicadas tienden a hacer estudios comparativos. Se habla de una diversidad de elecciones entre partidos y políticos que aspiran arribar al poder. Por ejemplo, la de la mexicana de 2018, que encumbró a Andrés Manuel López Obrador, podría catalogarse como elección crítica, porque marcó un cambio de orientación estable a largo plazo en lo que se refiere a las preferencias partidistas, lo que habla inequívocamente del desplazamiento del poder de varios partidos como el PAN, el PRI, el PRD y sus satélites. Obviamente que esto conduce a un reagrupamiento de fuerzas que no harán su aparición pública y fuerte de la noche a la mañana, pues el parteaguas de ese año cimbró a profundidad. Pienso que esto no hay que perderlo de vista, sirve para serenar ilusos.

Pero ahora se pondrá de moda lo que se conoce como “elección plebiscitaria”, que el mismo triunfador de 2018 quiere imponer a toda costa, provocando, de consumarse ese propósito, una distorsión grave para la vida nacional, con la pretensión de abrir una era de nueva hegemonía cuyos contornos son más que alarmantes, algo que tampoco hay que perder de vista.

Hago un rodeo apoyándome en los siempre sabios consejos de Max Weber. En alguna parte de su obra habla de que hay, entre otros, dos tipos de democracia: democracia con jefes y sin jefes. Como la mexicana actual es de las primeras, se puede entender que al imponer una consulta adicional a la elección de diputados federales el año que entra, para mandatar o no el procesamiento penal de los expresidentes Salinas, Fox, Calderón y Peña Nieto, con todo lo que eso repercute a los procesos locales de elección de gobernadores, se introduce un sesgo plebiscitario inadmisible. Si así ocurre, el debate y la deliberación públicas se centrarían más sobre el curso político de la hegemonía pretendida pasando a segundo término las plataformas de los partidos políticos y la atención preferente de algunos de los más grandes problemas nacionales, así como la orientación del Presupuesto General de Egresos de la federación para tiempos de crisis como los que vienen.

Detrás de esto y como premisa mayor se esconde el refrendar una democracia con jefe, carismática, evidentemente caudillista y con recursos más emotivos que racionales para una significativa elección como la del año entrante. Si por AMLO fuera, él estaría en la boleta electoral, pues se autoconcibe como una especie de fuerza telúrica que provocaría otro tsunami como el de 2018, sobre todo ante las flaquezas de liderazgos en el país. Es propio de los liderazgos tipo AMLO que no produzcan, por su enorme sombra, el crecimiento de nuevas figuras para el recambio de los mandos y los hombres y mujeres de Estado. Mal irá el país si esta pretensión se consolida.

Pero, además, si nos apegamos al Estado de derecho tenemos que reconocer que las facultades que López Obrador quiere pedir al “pueblo bueno y sabio” ya las tiene en sus manos, no tan sólo como una facultad sino como una obligación que entraña considerar que si un expresidente cometió faltas y delitos no hay que esperar para proceder de inmediato. Por tanto, hay doblez en la pretensión y se involucra indebidamente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como máximo tribunal de legalidad y constitucionalidad, en una decisión política que ya tiene una normatividad que, de antemano, el Presidente quiere torcer.

Además, hay que hacerse cargo de que el tiempo juega un papel en todo esto; al igual que una prescripción, lo que aconsejaría, si se quiere enjuiciar a las cabezas del PRIAN, no hay tiempo qué perder, ni consulta qué hacer. En todo caso, lo recomendable es manos a la obra. Y no aprovechar las elecciones para privar de libertades a los ciudadanos que se verían impelidos a votar por la prolongación de la anhelada hegemonía que el país no merece.

Iniciamos una transición a la democracia con la finalidad de llegar precisamente a la democracia. No entenderlo será de grandes consecuencias, y si bien el actual Gobierno federal puede contar con grandes apoyos no debe olvidar que los líderes carismáticos cuando caen presas del híbris inician su propia marcha a la autodestrucción, marcha que Bárbara W. Tuchman llama “de la locura”.