Para quienes asistimos, Quito fue un dolor de cabeza por el tráfico insufrible, las enormes filas de espera para entrar a la cumbre y la invasión a cotidianidad de los quiteños. Foto: EFE

Para quienes asistimos, Quito fue un dolor de cabeza por el tráfico insufrible, las enormes filas de espera para entrar a la cumbre y la invasión a cotidianidad de los quiteños. Foto: EFE

Por: Paloma Neumann y Juan Mayorga

Hace unos días concluyó Habitat III, la cumbre global más importante para la discusión internacional sobre asuntos urbanos.

Debido a que sesiona cada 20 años, la tercera edición de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Sostenible (mejor conocida como ONU Habitat), fue anunciada, ansiada y presentada como un foro único en la materia. Sus resultados, no obstante, no estuvieron a la altura de las expectativas.

El encuentro tuvo lugar del 17 al 20 de octubre en Quito, Ecuador, y culminó con la aprobación  por parte de 167 países de la Nueva Agenda Urbana (NAU). El documento fue descrito por el secretario ejecutivo de la Convención y exalcalde de Barcelona, Joan Clos, como “un nuevo mapa de ruta para los próximos 20 años” y como “un compromiso de que todos nos hacemos responsables en la dirección del desarrollo de nuestro mundo urbano común”.

Sin embargo, como lo implican las mismas palabras de Clos, el documento es más una carta de buenas intenciones que un instrumento medible, aplicable y efectivo en la resolución de nuestros problemas urbanos.

Pero si las carencias de nuestras ciudades y el consecuente sufrimiento para millones de habitantes no fueran suficiente, la reunión de Habitat en Quito, a diferencia de sus símiles en Vancouver (1976) y Estambul (1996), estuvo plenamente enmarcada en el mayor desafío que como sociedad global hayamos tenido: el cambio climático. Habitat III se convirtió en la primera convención de Naciones Unidas en discutir activamente la implementación de los Acuerdos de París, enfocados a detener bajo 1.5 grados el calentamiento promedio del planeta. También es la primera en atender los Objetivos de Desarrollo Sustentable. Ambos son documentos aprobados el año pasado tras extenuantes discusiones y que serán medulares en para las próximas décadas.

Pasada la convención, sus tímidos resultados nos obligan a preguntarnos:

¿Quién nos defenderá cuando próximos gobernadores vuelva a dar paso franco a las constructoras especuladoras para que desarrollen viviendas donde no se necesitan?

¿A qué instancia apelaremos cuando nuestros alcaldes se nieguen a asumir las consecuencias de sus políticas fallidas que incentivan el auto privado en medio de contingencias ambientales?

¿A quién volteamos a ver cuando se sigan construyedo segundos pisos a costa del presupuesto para transporte público y áreas verdes?

Para quienes asistimos, Quito fue un dolor de cabeza por el tráfico insufrible, las enormes filas de espera para entrar a la cumbre y la invasión a cotidianidad de los quiteños. Pero para quienes vivirán el mediano y largo plazo, Quito fue otra oportunidad perdida para anclar los fuertes discursos políticos en el papel y lograr instrumentos fuertes, capaces de conseguir los cambios que tanto necesitamos.

Pero si la montaña no va a Mahoma, Mahoma debe de ir a la montaña. Conscientes de las limitaciones del proceso de negociación de Naciones Unidas y previendo el escuálido peso vinculante de la Nueva Agenda Urbana, distintas organizaciones de la sociedad civil aprovechamos el marco provisto por Habitat para estrechar vínculos, compartir experiencias y visualizar juntos un futuro urbano deseable.

Greenpeace, en alianza con las organizaciones Engajamundo (de Brasil) y Ciudad Emergente (de Chile), organizamos el encuentro El poder de la gente en las ciudades: buscando formas de fortalecer movimientos urbanos, con la misión de afianzar el poder ciudadano, ese tejido legítimo y fino que las grandes cumbres no alcanzan a entender, y que al final del día es responsable de facto en la implementación de las grandes agendas.

Más de 100 personas, representando a distintas organizaciones con distintos niveles de experiencia, asistieron al llamado, compartiendo casos tan disímiles como las obtenidas de  Moscú, Sao Paulo y ciudades de México y Alemania. Por supuesto, el ejercicio no puede competir con la representatividad que tienen las negociaciones de Habitat, pero los aprendizajes fueron muchos y empoderantes. Entre ellos, rescatamos que los ciudadanos podemos moldear activamente o padecer pasivamente los procesos de desarrollo que sufrirán nuestras ciudades en las próximas décadas.

La organización y fomento del poder ciudadano son cruciales para responder apropiadamente a esta última pregunta y así avanzar a un futuro urbano sano, sostenible y humano.