Esa misma falta de conciencia social está causando estragos en el manejo de la pandemia. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Los mexicanos tiramos basura en la calle. Lo hacemos por muchas razones, todas equivocadas. Es manido el argumento de que, cuando un mexicano viaja al extranjero, por mucho que haya tirado basura en la calle de su ciudad, se contiene a la hora de hacerlo en su destino. La razón es simple: sabe que el sistema legal podría multarlo. Así que es mejor no hacerlo. Aquí, sabemos bien que es muy poco probable que esto suceda. Entonces el temor se elimina.

Esa, sin embargo, no es la razón principal por la que nuestras calles están sucias. Sucede que somos malos ciudadanos y que nuestra visión de lo inmediato suele privar sobre la del futuro. Tiramos basura a la calle porque somos individualistas. Buscamos el beneficio propio sobre el colectivo; resolver el problema ahora aunque se vuelva más grande en el futuro. Pensemos en las calles inundadas en la época de lluvia porque las alcantarillas y el sistema de drenaje entero está saturado de desechos sólidos. Lanzar una envoltura a la calle nos ahorra el tránsito con ella en las manos, hasta encontrar un bote disponible. No importa, entonces, que el problema se multiplique o que le cause daño a alguien más. Lo relevante, desde esta mentalidad empequeñecida por el individualismo, es que el yo no tenga que pasar penurias.

Esa misma falta de conciencia social está causando estragos en el manejo de la pandemia.

Hemos visto, en las últimas semanas, a importantes empresarios y políticos confesando su contagio de COVID-19. Y la gran mayoría de ellos han tenido síntomas molestos pero controlables por un par de días. Luego han incorporado a lo anecdótico la enfermedad, reduciéndola a una simple gripa. Tanto, que para muchos ha dejado de valer la pena seguirse cuidando.

El eco de estas actitudes ha permeado en las clases sociales más privilegiadas. Sabemos bien, por estudios y porque la realidad no deja de abofetearnos, que el problema con la COVID es, también, un problema económico. Los números son contundentes: alrededor del 3 por ciento de los enfermos graves en los hospitales particulares más caros de la ciudad mueren; en contraparte, hay instituciones públicas que rebasan el 50 por ciento en esa misma estadística. También es un hecho que la detección temprana, el diagnóstico y una pronta respuesta con tratamiento reduce la potencia de la infección. Sólo que las pruebas gratuitas disponibles para el público son escasas y las privadas son costosas. Eso, más la consulta y todo lo relacionado con el precio de la salud.

Escucho testimonios de conocidos, alumnos y compañeros que han decidido salir a encuentros sociales porque “ya no aguantan” y, además, “los demás también se están cuidando” o “sólo éramos 10 en la reunión”. Acuden a restaurantes para convivir. No les importa mucho el contagio porque, en la experiencia de sus círculos sociales, bien podría no ser tan grave la enfermedad. Y podrían tener razón. Sigue siendo una apuesta elevada pero, en una de esas, contagiarse de algo que se siente como una gripa y salir tras una semana es mejor que la perspectiva de seguir encerrado varios meses más.

Se les olvida, sin embargo, la parte social. Al margen de que aún nos falta mucho para entender a cabalidad al virus, lo cierto es que una persona enferma es capaz de contagiar. Y no necesariamente transmitirá la enfermedad a otras personas que podrían pagar pruebas a destajo u hospitalizaciones de primer nivel. Así que, de nueva cuenta, estaremos viendo a personas lanzando basura a la calle. Porque es fácil, porque se puede, porque se convierte en el problema de alguien más. Mientras el yo esté tranquilo aquí y ahora, para qué angustiarse pensando en el otro o, aún más, en el futuro.

Es un problema de civilidad y de ciudadanía. Grave. Y de educación. Grave. También es una forma de explicar por qué hay países que llevan meses sin nuevos muertos y con un número mínimo de contagios. Son países que tienen sus calles más limpias y no es, necesariamente, porque impongan sanciones muy elevadas a quien tire basura sino porque a sus ciudadanos no se les ocurre hacerlo.