Fierros usados, resortes, trozos de madera e incluso moleskines, todo se conjuga con cables, leds y sobre todo instrumentos musicales. Las esculturas sonoras de Felix Thorn son un conjunto de objetos que por separado son solo basura. Sin embargo, una vez que pasan por sus manos se convierten en paisajes visuales y sonoros cercanos a la psicodelia.
Las facetas de músico y escultor de Thorn se combinan para crear obras en las que la mecánica y la electrónica se asocian para producir un resultado sonoro. No obstante, el ensamblaje por sí sólo podría ser una pieza escultórica aislada que reúne las condiciones de movilidad del arte kinético. Si a ello se le suma el sonido, el resultado es redondo.
De acuerdo con Thorn, todo empezó con el piano de sus padres, al construir un mecanismo que hacía que el instrumento dibujara. “Al tocarlo, producía un registro gráfico, una especie de partitura inversa.”
Las máquinas del artista inglés son ahora esculturas musicales en las que la estética y el placer sensorial se convierten en el objetivo. Surgidas de su habitación, las construcciones abstractas actúan como diagramas que, de acuerdo con Thorn, “crean un espacio donde entornos artificiales y oníricos pueden convertirse en realidad.”





