Oiga, oiga, ¿usted cree que lo que ve es de veras lo que ve? ¿No será más bien que lo que ve es lo que puede ver, o incluso que ve sólo lo que quiere ver? ¿Serán verdaderas nuestras percepciones, o sólo mentiritas blancas con las que llenamos de realidad nuestras vidas y cerebros? Y conste que no estamos hablando de metafísica, sino de fisiología. Y aunque estas preguntas han preocupado al hombre desde épocas anteriores a Sócrates, aún no tenemos respuestas. Podemos ir a Marte, disfrutar del iPod y de las redes sociales, pero en cuanto al conocimiento del cerebro —o sea, al conocimiento de nosotros mismos— seguimos en la Luna.
Los filósofos han discutido sin cesar sobre este problema y se han dedicado a su estudio a través de la epistemología, que es la rama de la filosofía que estudia el conocimiento científico. La epistemología es la teoría del conocimiento, o más bien, de cómo conocemos. Este asunto viene de muy atrás. En Grecia, el tipo de conocimiento llamado episteme se oponía al conocimiento denominado doxa. La doxa era el conocimiento común y corriente del hombre, el que no era resultado de una rigurosa reflexión o detalle. Por el contrario, la episteme era el conocimiento reflexivo al que se llegaba con rigor. De ahí que el término epistemología se utilice
como equivalente de teoría del conocimiento científico.
Hoy se utiliza también como sinónimo de teoría del conocimiento en general. Yo me atrevería a decir que, a la luz de los conocimientos actuales, estos temas son más neuropsicológicos que filosóficos, y que saber si vemos la realidad tal y como es, o en forma diferente a como la percibe una rana o un hipopótamo, es ahora objeto de interés fundamentalmente científico.
Sabemos ya que el mundo percibido por el hombre es bastante diferente al percibido por otros vertebrados, pero en lo que nos parecemos mucho es en los sentimientos. Quizá llegamos a esta conclusión por la pura observación del comportamiento animal, muy parecido al de nosotros mismos, pero también al ver que las respuestas emocionales parecen estar relacionadas con la parte más central y filogenéticamente más antigua de nuestro cerebro.
En cuanto a la percepción, hoy sabemos que una rana sólo ve lo que se mueve dentro de su campo visual, y que para ella los objetos que no se mueven no existen.
Conocemos también el ojo poliédrico de la mosca y otros insectos, constituidos por muchos ojitos que trabajan juntos para la formación de una imagen perfectamente fracturada.
Nos asombran y atemorizan las serpientes cuando nos enteramos de sus capacidades para percibir radiaciones infrarrojas y saber así cuándo deben atacar a un ser cálido y vivo. Estos animales tienen una percepción del mundo que
está predeterminada por sus receptores, y que es parcial y diferente a la de los demás seres vivos.
Los humanos también percibimos sólo una parte de la realidad, restringidos como estamos a la utilización de los canales sensoriales con los que nacimos. ¿Qué sabe usted si en la sala de su casa se está desarrollando en este momento una batalla, o si dentro de su automóvil animales infernales juegan una partida de ajedrez? Vemos, oímos, sentimos y olemos sólo lo que nuestros órganos de los sentidos nos
permiten.
Como diría Immanuel Kant, gran y complejo filósofo alemán de la Ilustración, la realidad es una construcción de nuestro cerebro, o mente, si ustedes prefieren. Es decir, nosotros percibimos colores, olores, formas y sonidos a través de nuestros sentidos, y al combinarlos con nuestras experiencias previas sentimos emociones como la alegría, el miedo, la ira, etcétera. Nosotros organizamos el espacio y el tiempo para darle coherencia y congruencia a lo que vivimos. Nosotros creamos al mundo, lo elaboramos gracias a nuestro cerebro, le damos la forma a las cosas que percibimos en una organización espacio-temporal. En fin, la realidad en sí no existe, es sólo la construcción que hacemos con los estímulos la que nos hace tener una visión de ella. Es temerario decirlo pero creo que no existe nada fuera de nosotros mismos. Por algo escribió Goethe:
Lo que no agarráis, se os escapa totalmente
lo que no contáis, creéis que no es cierto
lo que no pesáis, no tiene peso para vosotros
lo que no amonedáis, creéis que no es dinero.




