Por: Mauricio Montiel Figueiras / SINEMBARGO
Hay costas donde se ve cómo el cielo se curva para precipitarse en el mar. Allí se confirma que la Tierra es una prisión esférica.
La noche es el inicio de algo que siempre termina por fugarse entre los dedos. En la noche no hay epílogos sino prólogos secretos.
El tacto es a la piel lo que la escritura a la página: la posibilidad de generar signos indelebles que serán leídos con asombro.
Por los hilos de la lluvia bajan porciones minúsculas de cielo. Forman charcos para que al escampar haya nubes en la tierra.
Por más cerca que lo escrutemos, un espejo nunca nos revelará en qué punto exacto termina la realidad que refleja.
En la estática televisiva se captan sonidos del origen del universo. Los canales muertos ceden su transmisión a la vida inaugural.
El insomnio se cuela a través de cerraduras microscópicas. Uno abre los ojos y en la oscuridad advierte un rumor de llaves que giran.
Nada en la luz garantiza una constancia. Todo son fluctuaciones diminutas, temblores de fuegos fatuos en un lago al crepúsculo.
La palabra mar intenta contener la inmensidad. En apenas tres letras busca resumir una epopeya hecha de agua inabarcable.
El cielo es un cementerio de estrellas: la mayoría murieron tiempo atrás. Las luces que vemos son las últimas velas del funeral.
A veces los muertos llaman por teléfono. Sus voces son las pequeñas crepitaciones que surcan el vacío donde nadie contesta.
Es falso que el fantasma atraviese superficies sólidas como los muros: simplemente ve puertas que habían pasado inadvertidas.
No existe palabra que no sea huella. Las historias constituyen el registro de largas caminatas emprendidas entre un polvo feroz.
En el calcio de los huesos se distinguen rastros de polvo interestelar. El esqueleto constituye un traje de astronauta al acecho.
Para concebir el fin del mundo no es necesario imaginar un vacío. Basta pensar en un espacio que nunca se terminará de llenar.




