MICROHISTORIAS: A TRIBUNAL ¡POR MARIHUANOS!

04/05/2014 - 12:00 am

Autor: Daniel Luna

El Estado del Maximato persiguió a los menores que por sus hábitos y relajación moral fueron considerados como trasgresores del orden social establecido por la Revolución y las buenas costumbres. Tanto las “desviaciones” sexuales como las sociales fueron perseguidas por un Estado preocupado por el control social y la homogeneización de los individuos. Defensores de un modelo de ciudadano, el gobierno de la posrevolución persiguió a los disidentes sociales, en este caso, a los menores, pobres en su gran mayoría, asociados con la distribución y consumo de marihuana. A pesar de que en la Revolución se fumó la llamada “yerba del soldado” en cantidades industriales, la Revolución hecha gobierno persiguió y encerró a los menores en situación de calle que consumían la famosa “juanita”. Los siguientes casos describen un tanto aquella persecución.

Casos

El menor Marciano B., de 14 años, fue sorprendido por la policía mientras espulgaba y forjaba cigarros de marihuana al interior de un domicilio en compañía de otros adultos. Era originario de Querétaro, trabajaba como canastero (cargador en mercados), carecía de hogar y apoyo familiar. Por eso cuando un individuo le ofreció trabajo y lugar para dormir, Marciano lo aceptó. Tenía un mes en dicha casa, cuando la policía lo aprehendió en medio de una redada, no era la primera vez que era detenido. A los 11 años había robado un rebozo con otro menor que vendieron por 25 centavos para comprar comida. En otra ocasión fue conducido a una oficina de policía por dormir en la calle. Al carecer de familiares fue remitido al Hospicio, de donde se fugó a la primera oportunidad.

El Estado intentó normar las conductas de los menores. Aquí en el servicio médico social de Xocoyahualco, en 1928.
El Estado intentó normar las conductas de los menores. Aquí en el servicio médico social de Xocoyahualco, en 1928.

En su expediente, el Tribunal de Menores subrayó que era inteligente y hábil, pero se le consideró pervertido por su medio social. Su historial señaló que su padre estaba lisiado de una pierna y vivía de la caridad y del trabajo de su hijo, quien harto de sus maltratos lo abandonó y cambió de lugar de trabajo: La Merced por Tepito. Los tíos, quienes eran los parientes más cercanos y vivían en “absoluta miseria”, se mostraron indiferentes con la suerte del menor en la entrevista que sostuvieron con la sección social del Tribunal. El expediente también informa de su inteligencia, pues esgrimió razonamientos para probar su inocencia y argumentos en los que se mostró ignorante del delito cometido. El Tribunal resolvió enviarlo a la Correccional para: “encargarse de su educación y prevenir los actos antisociales”. Liberado meses después, volvió al Tribunal a los dos años por el mismo delito: forjar cigarros de marihuana.

En otro caso, José P., de 15 años, bolero de oficio, fue llevado al Tribunal tras ser percibido por un policía con signos de intoxicación por marihuana. Tampoco era su primera vez, un año antes, otro gendarme lo había detenido cuando en la Plaza de Toros “El Toreo” levantó un sombrero del ruedo e intentó salir con él. En esa ocasión fue consignado a la instalaciones de la 10 Demarcación de Policía, donde pasó preso cinco días.

En el estudio, realizado a su ingreso en la Casa de Observación, se informó que el menor era hijo natural y vivía con su abuela y hermana, quien pagaba un cuarto “bien amueblado”, pero no daba para la comida. Su padre se había casado y trabajaba como mecánico. José intentó trabajar como aprendiz de su padre, pero éste lo golpeaba a menudo. Al huir de su casa, el menor fue entonces aprendiz de chofer, bolero y, en sus ratos libres, practicaba las artes taurinas en Nativitas e Ixtacalco. La conclusión del expediente fue que la culpa del trastorno del muchacho la tenían sus padres, quienes “olvidaron sus obligaciones conyugales y paternales” y aunque su abuela veía por él, estaba imposibilitada de sujetarlo. En cambio, su hermana fue tildada como: “mujer egoísta y libertina” por el delegado social. El informe también detallaba su amistad con vagos, su propensión a los teatros de carpa, al cine, a las “casas de mujeres de mala conducta” y al vicio de la marihuana. El infante le declaró al delegado que “amaba la gloria y que por ello buscaba los aplausos en sus ensayos como torero”, pero también manifestó su deseo de terminar la primaría y aprender el oficio de mecánico.

En un caso dramático, el del niño de 9 años Benjamín O., es evidente el abuso tanto de su tía como del aparato carcelario. Asunción González, presa en la cárcel de Belem, lo utilizaba como “burrero” para introducir marihuana al penal, bajo el pretexto de salir por “el mandado”. Al ser sorprendido, el niño, que vivía en la cárcel con su tía, fue detenido en marzo de 1928 y tras ser sometido a un exhaustivo interrogatorio por los custodios, finalmente aceptó “con mucha dificultad que introducía marihuana al penal”.

Benjamín O. era amigo de niños que también vendían la marihuana de un tal don Eleuterio, con ellos frecuentaba el cine. Fue calificado por el delegado social como vago y por ello fue conducido a la Escuela Correccional, donde pasó seis meses. Sus tíos solicitaron su salida tras su pena y “dada las garantías morales y económicas de los solicitantes, así como la buena conducta observada por el menor” fue entregado a sus familiares.

La pena para los menores vinculados con la marihuana, fuera su comercio o consumo, era de seis meses, si sus familias no solicitaban su salida podían ser más, de igual modo podían pedir la extensión de la pena. La gran mayoría eran infantes pobres, utilizados por traficantes de poca monta, al ser aprehendidos por el Estado se convirtieron en transgresores sociales y fueron tratados como tales. Benjamín O. fue sometido a un largo interrogatorio por los custodios de la cárcel de Belem, cuando sólo tenía 9 años y, seguramente, estaba asustado. A José P. lo detuvo un gendarme por levantar un sombrero del suelo y pasó preso por ello 5 días.

ENTRESACADO_MICRO_DOM04

La mirada del Tribunal se centró en los niños pobres y en los transgresores de las normas de conducta. Al estudiarlos, los catalogó como inferiores y degenerados, ya fuera por condiciones físicas o morales. Pese a todo, el Estado buscó regenerar a los menores a través del trabajo y la educación, por ello dictó leyes y fundó instituciones, pero las prácticas no siempre fueron consecuentes con los ideales revolucionarios.

Publicado por Wikimexico / Especial para SinEmbargo

Redacción/SinEmbargo

Redacción/SinEmbargo

Lo dice el reportero