Los ex presidentes de México, Carlos Salinas; Vicente Fox y Felipe Calderón. Fotos: Cuartoscuro

+ Los ex presidentes y su mezquindad

+ Objetivo común: descarrilar a AMLO

 

Están desatados.

Se quejan. Patalean. Amagan.

El problema no es que opinen. Tienen derechos y libertades.

El conflicto, es que amenacen. Que embusten. Que intenten desestabilizar.

Y ese sí que es un problema para todos.

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         Horas antes de que dejara su gobierno, le pregunté a Carlos Salinas de Gortari qué tipo de ex Presidente deseaba ser. Entrecerró sus ojillos – gesto característico en él cuando pensaba una respuesta-, y contestó: “Caminar por las calles de Coyoacán y ser reconocido…”.

Pues no.

Hoy por hoy, Salinas de Gortari no puede caminar por las calles de su querido Coyoacán – la residencia familiar de sus juventudes, junto con el tenebroso Raúl incómodo, se ubicaba en la calle de Dulce Olivia-, a menos que se arriesgue a ser abucheado. Aborrecido. Mucho menos sería “reconocido”, tras ser el responsable de la crisis económica más grave y dolorosa de la historia, incubada en 1994: un millón de mexicanos perdió todo: casas, empresas, autos, bienes, negocios. Así lo ha juzgado ya la historia.

Ahora, Salinas reaparece públicamente y cita y desmenuza a Maquiavelo. “La República está ante un gran riesgo, el de renacer o el de desaparecer…Quien se prepara para gobernar, tiene que prepararse para el golpe inesperado”, sentenció Salinas.

La reacción de Salinas es hasta lógica: está dolido por el mazazo en la nuca que AMLO le propinó a su cuñado, Hipólito Gerard – hermano de Ana Paula, esposa de CSG-, por la cancelación del NAIM en Texcoco. Gerard era uno de los contratistas beneficiados.

Es el dinero, y es el poder.

El enemigo histórico de Salinas se llama Andrés Manuel López Obrador, y el triunfo legítimo y contundente de AMLO el uno de julio, es un contraste demoledor con la manera como Salinas llegó al poder: mediante un fraude electoral en 1988. AMLO, legítimo. Salinas, ilegítimo. Esa es la realidad, y Salinas no lo supera.

Por lo demás, ¿a qué se refiere Salinas cuando amenaza con eso de “un golpe inesperado” contra quien se prepara para gobernar, en directa e innegable alusión a AMLO? ¿Acaso Salinas piensa en intentar desestabilizar al país en confabulación con los barones del dinero a quienes benefició en su sexenio? ¿Acaso piensa en Lomas Taurinas? ¿Acaso piensa en la calle de Lafragua?

Salinas está dolido, y eso lo hace peligroso. Está en su naturaleza, como el escorpión que picó a la rana en medio del río.

Ya quebró al país una vez.

Una segunda tragedia alimentaría su ego y mezquindad, sobre todo, si con ello perjudica a su enemigo histórico: nada menos que el próximo presidente de México.

Cuidado con Salinas.

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         Vicente Fox no debe esperar flores, cuando públicamente califica de “pendejada” la consulta pública respecto a la ubicación del NAIM.

Hasta un tipo tan limitado intelectualmente como Fox, debería saber que en política, las traiciones y los desvaríos se pagan.

Y Fox ha hecho de la traición una forma de vida.

Primero, traicionó a millones de mexicanos que votaron por él en el 2000 con un claro mandato: desmontar al sistema político priista y acabar con la corrupción. Pero no lo hizo. Fox prefirió montarse en ese sistema, beneficiarse él y su familia de las prebendas del poder, y nadar de a muertito, permitiendo que todo permaneciera igual: podrido, nauseabundo.

Segundo, traicionó a su partido – el PAN-, apoyando públicamente a Enrique Peña Nieto, en lugar de respaldar a la panista Vázquez Mota. Una vergüenza histórica el ranchero guanajuatense porque, hasta para traicionar, hay que tener cierta categoría. Y Fox no la tiene.

Tercero, traicionó a Ricardo Anaya en las pasadas elecciones, llamando a votar por José Antonio Meade, relegado el uno de julio a un tercer lugar tan intrascendente como desabrido. Fox ha perdido el olfato político que algún día tuvo.

Ahora, Fox ya no tiene pensión como ex Presidente. Y por ello vocifera. Patalea. Amenaza.

Ya pocos lo escuchan.

Empero, sus virulentos llamados a la violencia contaminan el entorno nacional.

“Si el pueblo de México no lo hace, yo mismo me encargaré de que ese cuate (AMLO) no llegue (a la presidencia). No queremos otra Venezuela aquí…”, amenazó Fox en junio de 2017. Bocazas: no pudo hacer nada para evitar el triunfo arrollador de López Obrador.

Fox no empuñará pistola ni sabrá disparar. Sin embargo, sus llamados al odio en contra de AMLO encienden y envenenan a miles que aún lo siguen y que toman sus frases muy a pecho. Y ya sabemos que nunca falta un loco con delirios de grandeza enfermiza que pueda cometer algún atentado descabellado.

Fox debería ser más cuidadoso con sus palabras. La violencia es el signo de nuestros tiempos.

Mayor prudencia en sus dichos, porque pedirle palabras más inteligentes, equivaldría a pedirle a Peña Nieto que nos diera una conferencia sobre literatura.

Cuidado con Fox.

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         A Felipe Calderón no le bastaron seis años para convertir a México en un camposanto, bajo una maraña de combate al crimen organizado absurda, sin estrategia y, por tanto, fracasada.

Aclaro: nadie, absolutamente nadie le pedía a Calderón que dejara de luchar contra el narcotráfico o la violencia. No. Nada de eso.  Era, inclusive, su obligación constitucional. En cambio, lo que sí se le exigía, era revisar su plan que provocó la muerte de miles de civiles inocentes y que en nada disminuyó el poderío de los cárteles mexicanos. Desde Bill Clinton hasta Felipe González se lo advirtieron: era una guerra cruel que no ganaría el Estado mexicano. Pero Calderón, bajo una terquedad enfermiza, prefirió escuchar a García Luna y rodearse de cientos de federales y militares cada vez que hacía apariciones públicas. El mensaje era: yo estoy protegido, ustedes no.

Ahora, a Calderón se le ha vuelto obsesión enfermiza llevar a su esposa, Margarita Zavala, a Los Pinos. Lo intentó dentro del PAN, y Ricardo Anaya los hizo pedazos. Lo volvió a intentar impulsando a Zavala como candidata independiente, y les fue tan mal que Margarita tuvo que abandonar la carrera presidencial porque de llegar al uno de julio, hubiera quedado empatada o debajo del Bronco. Así de mal. Tanto, qué orillado por la intrascendencia, Felipe renunció al PAN el domingo pasado. Derrotado.

Por ello, Calderón amenaza con fundar un partido político que tendría una sola misión: ser plataforma para que su esposa compitiera en las elecciones de 2024. Por supuesto que Zavala tiene todo el derecho y la libertad de buscar la presidencia. Claro. Pero el problema no es ella, sino quién está detrás de ella: Felipe Calderón. Ese es el detalle que millones juzgan inapropiado.

Calderón tuvo su oportunidad.

Margarita también, y falló.

Calderón ahora siembra discordia, retuitea mentiras, asume falsedades como ciertas. Enrarece el clima político con sus bravatas. Amenaza, pues. Y eso no se vale.

Bienvenida la crítica y la opinión rigurosa. ¡Por supuesto! Pero tratar de descarrilar al nuevo gobierno con intrigas y odios, es de mal nacidos. No se vale.

Cuidado con Calderón.

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         El conflicto emocional de Salinas, Fox y Calderón, se unifica: no superan – ni superarán- que AMLO sea el Presidente más votado y legítimo de la historia moderna en México. Eso es un cautín ardiente clavado en lo más sensible de su humanidad.

Por ello, los ataques contra AMLO.

Salinas, defendiendo sus intereses económicos.

Fox, defendiendo sus privilegios.

Calderón, defendiendo a Margarita.

Esos son nuestros ex Presidentes.

Es lo que hay.

 

TW @_martinmoreno

                  FB / Martín Moreno