Susan Crowley
Wagner descafeinado
28/03/2026 - 12:03 am
"Llevarnos a experimentar el éxtasis y el erotismo que sólo tiene sentido de cara a la extinción humana y no un Wagner descafeinado".
El romanticismo Wagneriano permeó el espíritu europeo de muchas y muy distintas maneras. La belleza absoluta incluye su propia extinción. Tocar los límites y romperlos. Provocar estallidos de gozo, “la pequeña muerte”. Novalis, Friederich, Kleist, Mann, Beuys, Kiefer, Schopenhauer, Nietzsche, Wagner lo han representado en la poesía, en la pintura, en la música y en la filosofía.
Richard Wagner, el genio alemán, creó una ópera en la que el erotismo es el inexorable camino hacia la muerte. Ese es el deleite que nos provoca acudir cada vez que es posible a presenciar la historia de los amantes, Tristan und Isolde. ¿De qué trata esta historia?
Isolde, la princesa y hechicera irlandesa es llevada prisionera por el caballero Tristán al rey Marke. Para evitar ser humillada decide envenenar a Tristan y después morir. Pero el destino de ambos está echado en el aire y por error toman una pócima de amor. Al instante caen perdidos en las redes inescrutables de la pasión. Amar lo prohibido los conduce a la fatalidad. Amparados por el manto de la noche, la entrega mística los vuelve uno. Rompen con el mundo y con las convenciones sociales. Sufren y se complacen en un júbilo absoluto. Ambos son reflejo del espíritu romántico.
Asumiendo su fatal destino, retan a la noche para amarse y son descubiertos por Marke. Tristan es herido y condenado al exilio. Ahí sufre los estertores de la muerte y se lamenta de una vida sin sentido, fue infiel a su amado rey y perdió a Isolde. Pero el destino aún juega otra carta. Sin él saberlo, todo se ha aclarado: la pócima es responsable de su irrefrenable pasión. Marke los ha perdonado. Pero es inútil, cuando su amada llega encuentra el cuerpo inerte de Tristan. Su desesperación es total. El amor es tan grande que no puede contenerlo el cuerpo. Isolde canta tal vez el momento más importante de la historia de la música: Liebestode, (muerte por amor), melodía infinita, el poder de la música, de la voz humana, de las emociones.
Dispuesto todo, existe un sólo objetivo, mostrar el misterio, la belleza. Difícilmente existe otro concepto como este en el que la totalidad se conjuga con la vulnerabilidad del ser humano. La fragilidad que ha consumido el cuerpo de Tristan, consuma el amor de ambos. La poderosa Isolde, clamando por el cuerpo de su amado, redime a la condición humana. No hay resentimiento, no hay dolor, solo éxtasis. Sensualidad, erotismo, gozo. En el último respiro se ha trascendido la muerte. A esto llamamos: transfiguración.
Si bien es cierto que se valen interpretaciones libres, y vaya que Tristan se presta para eso, también se debe ser riguroso. La última propuesta estrenada recientemente en el Metropolitan Opera House de Nueva York y transmitida en el Auditorio Nacional, será una de las más memorables; no por Tristan (Michael Spyres), que no dejará que lo recordemos al no poder encumbrarse como helden tenor a pesar de dejar la vida en el papel. En cambio, sí por Isolde, (Lise Davidsen), que sin ser aún perfecta, sí desparrama toneladas de voz que estremecen al espectador. Amén de la admirable acometida de Yaanick Nézet- Séguin y la orquesta de descomunal sonido.
Mirada en conjunto la puesta en escena es una de las más fallidas y llenas de despropósitos de la que tengo memoria. El director de escena es Yuval Sharon, el nuevo rockstar y multi aclamado director de ópera, que se ha dado a conocer por su capacidad de innovar el género con osadas propuestas, incluso, dirige en la catedral de Wagner, Bayreuth. En 2027 estrenará la nueva producción de la Tetralogía de Wagner, también en el MET.
Pero lo que ha hecho con Tristan… En varias entrevistas declara que para él esta historia es una película en la que se narra visualmente lo que los personajes cantan. En una era de abuso de la imagen, en la que se dificulta poner más de tres minutos de atención gracias a Tik Tok, Sharon asume una disyuntiva: ante la densidad musical y la falta de acción, hay que inventar cualquier cantidad de ocurrencias. Una de ellas es duplicar a los protagonistas: mientras unos cantan, otros actúan. A través de videos gigantes se asegura que lo que no se entendió sea reiterado hasta la ignominia.
No se puede ser conceptual y llegar a elevar la condición de una obra de arte como la de Wagner, si no se es un genio. Sharon no lo es. Tal vez por ser tan norteamericano y haber aprendido una cultura que tiende a simplificar y hacer las cosas fáciles, for dummys, o porque de plano cree que sí es un genio y puede hacer de una obra del tamaño de ésta, algo que él considera genial.
El minimalismo inicial, asombra con una escenografía en forma de túnel gigante que, literalmente, sirve como amplificador de las voces, creado por la escenógrafa Es Devlin. Muy pronto, por una mala concepción en la dirección de escena, todo se convierte en una especie de gabinete de lo que se nos ocurra: elixires, mesas con objetos, bailarines que entran y salen, velas encendidas, relojes de arena, marineros que brotan de la nada, hasta platos rotos. Y videos gigantes que no aportan nada.
El mismo escenario se divide en una especie de esferas cósmicas que terminan por distraer al público, hasta convertirse en un cuchillo gigante, que atraviesa el escenario como si fueran las escaleras eléctricas de un almacén. Los amantes furiosos suben y bajan sin poder encontrarse. Razón por la cual nos pasa inadvertido la escena en la que beben el elixir que los condenará a morir por amor.
En la segunda parte, esta vez los actores en el proscenio, se encuentran sobre una mesa que tiene platos rotos, ¿por? En la pantalla de video se agrandan y hacen pensar, ¿qué demonios me quieren decir? Los cantantes y su amor desesperado quedan en segundo plano. Isolde (Davidsen) por lo menos un metro más alta y con doscientos kilos más de voz, aplasta a Tristan (Spyres). Brangane queda disminuida porque ya pasaron los mejores años de la mezzo Ekaterina Gubanova. La aparición del rey Mark (Ryan Speedo Green) no resuelve nada porque su voz no es atractiva es demasiado baja para enfatizar el drama.
En el tercer acto viene la desgracia. Tristan suplica que Isolde, su amada hechicera llegue a salvarlo de sus heridas con sus brebajes mágicos. Uno de los momentos más fascinantes, bellos y oscuros de la historia de la ópera. La desesperación de Tristan es algo que nos sumerge en el drama. Isolde es su salvación y no llegará. La ausencia de la princesa hace que Tristan cante a la muerte y al desasosiego durante treinta minutos y nosotros suframos una ansiedad exquisita. A Sharon le pareció mejor subir al escenario no sé cuántas réplicas de Isolde bailando, como si fuera festival de primavera de alguna escuela. Justo la ausencia que duele de la persona amada, es multiplicada al infinito… adiós ansiedad.
Tristan se desdobla también y camina como si nada le hubiera pasado en un espacio que pretende ser metafísico, pero más bien recuerda al Túnel del Tiempo (chiste de generación); alguien olvidó que estaba herido de muerte. Baila con múltiples Isoldes que lo abrazan, juguetean y huyen. Sharon destruye el dolor de la espera.
Eso no es lo peor, finalmente Isolde aparece ¡embarazada! No sólo eso, da a luz en el escenario. A partir de ese momento el público deja de preocuparse por la muerte de los amantes y se ocupa del futuro del niño, opina mi gran amigo Manuel. ¿Cómo es posible que un amor que no puede generar nada más que la pasión que lo consume, que ni siquiera reconoce al amado en su propio solipsismo, que es totalidad en el acto de destrucción más bello que se ha escrito termine con bebé en brazos?
Entiendo que se haga un esfuerzo por atraer públicos nuevos, vale la pena seguir experimentando con las obras de arte, intervenirlas, activarlas a través de nuevas voces, pero si no nos ponemos exigentes, al rato nos vamos a encontrar a Isolde cocinando o de invitada al show de las Kardashian y a Tristan jugando golf o cantando corridos norteños. No debemos olvidar que el desafío del arte siempre será llegar más lejos, romper con todo lo anterior. En el caso de Wagner, encontrar lo sublime y llevarnos a experimentar el éxtasis y el erotismo que sólo tiene sentido de cara a la extinción humana y no un Wagner descafeinado. @Suscrowley
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