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La violencia que padece Michoacán no es un fenómeno aislado ni reciente, y no puede entenderse sin mirar su historia. Es el resultado de una cadena de acuerdos, alianzas, rupturas y sustituciones de un enemigo por otro. Las guerras internas entre grupos criminales han convertido al estado en un laboratorio de poder donde las organizaciones cambian de nombre, se fragmentan o se fusionan según los intereses del momento. Así, Michoacán ha sido el laboratorio perfecto para demostrar que la desaparición o captura de líderes —las estrategias de guerra contra el crimen organizado que emprendió Felipe Calderón en 2007 en esa misma tierra, y luego la política de descabezamiento de capos durante el gobierno de Enrique Peña Nieto— no han debilitado a las organizaciones criminales, sino que las han obligado a adaptarse.
En Michoacán, los nombres de los grupos cambian, pero las prácticas se repiten: extorsión, secuestro, cobro de piso y control social a través del miedo.
Surgida a inicios de los años 2000, La Familia Michoacana perdió influencia entre el 2010 y el 2011. Sin embargo, en 2014, se reconfiguró y hoy es uno de los objetivos principales del Gobierno de Estados Unidos, lo mismo que sus líderes: los hermanos Hurtado Olascoaga.
El Tesoro acusó que La Nueva Familia Michoacana es una organización de tráfico de drogas, principalmente establecida en los estados de Guerrero y Michoacán, que ha traficado fentanilo, metanfetamina, heroína y cocaína a los Estados Unidos.
Mejor conocido como “El Fresa” por sus aires de alta sociedad, José Alfredo Hurtado Olascoaga aparece con una camiseta Gucci y un reloj Franck Muller en un video donde habla de la masacre en San Miguel Totolapan. Además parece tener un gusto por el ajedrez.

