Ernesto Hernández Norzagaray
Carnaval de Mazatlán, ¿seguridad real o seguridad selectiva?
21/02/2026 - 12:01 am
"Una golondrina no hace un verano. La experiencia de estas carnestolendas lleva a preguntar: ¿esto es señal de seguridad real o seguridad selectiva?".

¿Cómo explicar de que a pesar de que hubo una campaña desde los grandes medios de comunicación y de importantes comunicadores (Azucena Uresti y Ciro Gómez Leyva) en contra de la asistencia al Carnaval de Mazatlán la evidencia parece demostrar que no tuvo éxito?
No porque les faltarán argumentos a los comunicadores para remarcar que se corría un riesgo al asistir a esta fiesta tradicional que data de más de un siglo, y más por la violencia ocurrida durante las últimas semanas que ha ganado las primeras planas de diarios nacionales, los horarios estelares de TV y circulado profusamente en las redes sociales.
Estamos ante la paradoja de la abstracción, y es que cuándo la atmósfera era proclive para contener los viajes a Mazatlán me tocó observar cómo ese gran estacionamiento que existe frente al Acuario Mazatlán era escenario de llegadas y salidas de autobuses procedentes desde distintas regiones del país.
¿Qué explica que esos viajeros sean impermeables a las malas noticias que salen de distintos puntos de la geografía sinaloense? ¿Acaso, esos turistas no leen prensa, no ven televisión o no están conectados a las redes sociales? Seguramente si leen prensa, ven televisión y están conectados a las redes sociales.
Entonces ¿cómo explicar esa sinrazón de decenas de miles que decidieron venir a Mazatlán a disfrutar del Carnaval de Mazatlán?
Voy a intentar encontrar explicaciones racionales a este fenómeno sociológico que seguramente Azucena y a Ciro siguen buscándolas, pero también quienes por cautela se replegaron en sus hogares para no ser parte de una eventual tragedia, que estaba en los medios de comunicación más que en la cabeza de los turistas que llegaron a Mazatlán.
Primera: la relación entre violencia criminal y éxito turístico implica romper con una intuición simplista: qué más violencia equivale automáticamente a menos turismo, porque esa relación es más compleja y, a veces, hasta paradójica, por las impredecibles conductas humanas que buscan momentos de desfogues cotidianos incluso en estados de alto riesgo.
Segundo: Mazatlán funciona un enclave diferenciado dentro de un estado con alta conflictividad criminal y es que, si bien ocurren constantemente eventos criminales, la mayor violencia está concentrada en los municipios aledaños como es Concordia o en disputas muy focalizadas como sucede en Culiacán, Escuinapa o Badiraguato.
El corredor turístico que va de la Marina al Centro Histórico, pasando por la Zona Dorada, opera, con seguridad reforzada y vigilancia estratégica, que se traduce en una débil criminalidad.
Entonces, para el visitante medio, la percepción de riesgo no coincide con la estadística estatal, es decir, puede haber violencia en el resto del estado sin que el turista la experimente directamente y es frecuente que taxistas, “pulmoneros” y vecinos, recomienden que no salgan de ese perímetro especialmente por las noches.
Tercero: en destinos estratégicos como Mazatlán, todos los actores que en ellos participan, sean los gobiernos, el sector empresarial o incluso el criminal tienen incentivos mayores para no dañar la gallina de los huevos de oro y que les afecte directamente.
Mazatlán, recordemos, es generador clave del empleo formal del sur de Sinaloa en un 80 por ciento, es recaudador fiscal y una plataforma inmobiliaria y portuaria. La violencia criminal entonces tiende a ser administrada para no afectar los flujos turísticos y negocios, lo que no significa que sea absoluta y tenga sus zonas rojas.
Cuart: también está visto que el turismo mexicano, que es el que llega mayoritariamente a la Perla del Pacífico, paradójicamente muestra ya una alta tolerancia al riesgo cuando el destino ofrece precio, playa y conectividad; y es que el puerto sigue siendo un destino barato y permisivo de tal suerte que tiene una extraordinaria capacidad de recuperación después de eventos violentos si no impactan directamente a los visitantes.
Y ese rasgo de tolerancia es efectivo, lo hemos visto en otros destinos de playa, como son los casos de Cancún y especialmente Acapulco, donde los episodios violentos no necesariamente colapsan la ocupación hotelera si, en cambio, las tragedias naturales.
Quinto: hay una disociación, además, entre violencia estructural y violencia visible de manera que podemos hablar de ciertos silogismos donde la violencia de alto impacto, es decir, ataques en zonas turísticas tienen un efecto inmediato en la imagen del destino. Asimismo, una violencia focalizada entre grupos criminales fuera del corredor turístico tiene un impacto limitado en la percepción de inseguridad.
Finalmente, una violencia estructural, entendida ésta como desapariciones, fosas y extorsión, tiene un efecto reputacional lento, de manera que puede permitirse que las familias con miembros desaparecidos se hayan manifestado libremente durante el desfile del domingo pasado bajo una consigna: No venimos a molestar, venimos a visibilizar, que recibió el aplauso sonoro de locales y turistas, que probablemente fue la estampa que más circuló en los medios y redes sociales opacando toda la parafernalia del Carnaval.
Sexto: ante las resistencias mediáticas, muchos nos preguntamos por qué el gobierno no había considerado cancelar el Carnaval y opto, mejor, por redoblar sus esfuerzos en materia de seguridad.
Desde el primer día fue notoria la presencia de miles de efectivos del Ejército, la Guardia Nacional, la policía estatal y municipal que, si bien no sorprendía, porque los mazatlecos lo hemos vivido por años y es una suerte de raya más al tigre, imponía el objetivo estratégico del gobierno.
El éxito turístico es un indicador de gobernabilidad. Es decir, al menos, por estos seis días había que demostrar que todas las piezas de la seguridad funcionaron y se logró también un éxito económico con ese 80 por ciento de ocupación que presumió la Presidenta Sheinbaum y se “alcanzó a tener un Carnaval blanco”, como es costumbre decir cuando concluye esta festividad.
Y esto permite una narrativa de normalidad, una contención a las críticas sobre la seguridad y poder decir desde los gobiernos, con cifras en mano y llamar a la gente e inversiones que sigan llegando al puerto.
Sin embargo, una golondrina no hace un verano. La experiencia de estas carnestolendas lleva a preguntar: ¿esto es señal de seguridad real o seguridad selectiva?
Y es que, una vez que concluyó el Carnaval, también la labor de las fuerzas de seguridad que sirvieron para transmitir que existe gobernabilidad y volveremos al punto donde estábamos antes de esta celebración.
Debo aceptar que soy poco optimista porque volverá el desamparo expresado en ese 80 por ciento de percepción de inseguridad que se manifestó en la encuesta del INEGI; que continuará mientras no haya un reflujo de la violencia, no sólo local, sino circundante, como es el caso de Concordia, donde no se sabe de los mineros todavía desaparecidos y tampoco de detenciones.
Al tiempo.
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