Mario Campa

La mediocridad del futbol mexicano: Parte 2

17/06/2026 - 12:05 am

"Una liga mediana y exportaciones chatas son causa de una selección nacional desnutrida, y también son efecto de estructuras condicionantes".

https://www.youtube.com/watch?v=QkbNY3VEse4

Arrancó el Mundial de futbol y, como cada cuatro años, las esperanzas de los mexicanos renacen de las cenizas. El tiempo dirá si “imaginar cosas chingonas” a la "Chicharito", quien envejeció bastante mal, reditúa. Entretanto, la ocasión invita a reflexionar sobre la mediocridad subestimada del futbol mexicano, tesis defendida en la videocolumna anterior (Parte 1). En síntesis, argumento que la prueba de ácido de calidad son los minutos totales de Champions League disputados por nacionalidad. En la pasada edición del torneo élite, Rodrigo Huescas y Obed Vargas apenas sumaron en conjunto 104 minutos para ocupar la nada halagüeña posición 76 en el ranquin de nacionalidades. En un futbol globalizado, el efecto esperado es una debilidad relativa de la selección nacional frente a sus pares, cuyos jugadores compiten al más alto nivel. Toca en esta Parte 2 sondar las causas.

Comienzo por el elefante en la habitación. En principio, poco impide que una liga local fuerte pueda nutrir a una selección nacional como sustituto de la exportación de jugadores a Europa. En el béisbol, por ejemplo, Japón gana Clásicos Mundiales aun con una exigua representación de nipones en Grandes Ligas, si bien la liga japonesa es considerada la segunda mejor y en ella predominan beisbolistas nacionales. Típicamente, en cualquier deporte el mejor reflejo de una liga local poderosa es que aun los contados jugadores exportados triunfen a nivel élite, como es el caso de Ohtani, Yamamoto o Murakami en MLB ahora mismo. Además, Japón paga bien a sus peloteros—segundos sueldos más altos del mundo—y ello no frena la exportación sustantiva. Si la Liga MX tuviera en verdad un alto nivel competitivo, varios futbolistas mexicanos o incluso extranjeros en México descollarían en Champions League. No es el caso.

Una liga mediana y exportaciones chatas son causa de una selección nacional desnutrida, y también son efecto de estructuras condicionantes. En cualquier mercado, un influjo de importaciones desmesuradas tiende a debilitar la capacidad productiva nacional. Incluye las fábricas de jugadores, conocidas como canteras. No obstante, para desenterrar la raíz de la mediocridad, es preciso indagar los motivos que facilitan la importación allende el diferencial de precio entre locales y extranjeros.

Un agente patógeno mayor del malestar del futbol mexicano es la debilidad del trabajo en relación al capital. No existe un sindicato formal. La Asociación Mexicana de Futbolistas (AMFPRO) carece de estatus legal, en buen parte por amenazas de los dueños. En muchas ligas del mundo, los sindicatos son los primeros en protestar contra la entrada masiva de trabajadores extranjeros. Para muestra, el Sindicato de Futbolistas Profesionales de Chile (SIFUP) votó en 2024 un paro indefinido que impidió el inicio del Torneo Nacional luego de que los clubes aprobaron aumentar el cupo de extranjeros de cinco a seis por plantilla. En muchas ligas deportivas, antes de cualquier paro, los dueños negocian las cuotas de foráneos con los sindicatos. Lo normal es la negociación, no la imposición desde arriba. Sin contrapeso al capital, que exprime el negocio como rentas, las utilidades inmediatas vía importaciones de alcance fácil sesgan la dirección del balón.

Esta asimetría de poder tiene otra implicación: una subinversión en las categorías formativas, gimnasios, analítica aplicada al deporte e instalaciones de práctica. Que la selección japonesa haya abandonado en la víspera del Mundial sus entrenamientos en el Centro de Entrenamiento Tigre de Monterrey por las malas condiciones de la cancha es mala señal. Otra muestra es que las categorías juveniles disputan torneos en divisiones etarias discontinuas (sub-15, sub-17, sub-20) por ahorro de costos, cuando Argentina y otros países segregan por años-calendario continuos, dando mejores perspectivas laborales a cientos de aspirantes más versus el modelo mexicano de austeridad abajo.

Otro síntoma de una debilidad del trabajo en relación al capital es la opacidad salarial. A contracorriente de las mejores ligas, en la mexicana la comparación de sueldos es tarea reservada al rumor. Dado que los futbolistas son figuras públicas y es de sobra conocido que ganan bien, la seguridad personal no es justificante convincente. En verdad, los dueños esconden las nóminas para eludir impuestos, evitar la inflación salarial—sana para profesionalizar el deporte—, obstaculizar la agencia libre y prevenir críticas de utilidades excesivas a costa del trabajo. De nuevo, el béisbol ofrece rutas alternativas. Amén de sueldos mínimos dignos y transparentes, MLB comparte por presión sindical las ganancias de postemporada con los peloteros: 60 por ciento de la taquilla de los primeros cuatro juegos de la Serie Mundial alimenta una “bolsa de jugadores” (Players’ Pool).

La opacidad salarial tiene efectos indeseados. En primer lugar, impide al aficionado exigir y premiar al jugador en función del costo. En segundo, obstaculiza a los clubes nacionales y extranjeros evaluar cada año las opciones en agencia libre, muy rígida en México a pesar del presunto fin del infame “pacto de caballeros”—otro abuso del capital frente al trabajo—. En tercero, dificulta emplear tabuladores informales o mecanismos de arbitraje para remunerar de forma justa el trabajo similar. En general, a mayor incertidumbre salarial, el jugador rinde menos y subinvierte en dietas estrictas y entrenadores personales: comunes en la élite deportiva.

Los intereses de los dueños del balón tienen un común denominador que todo lo mancha: una cerrazón crónica típica de mercados oligopólicos. La prioridad es blindar las utilidades inmediatas, no la calidad del espectáculo ni la formación de jugadores. Sin un sindicato fuerte, desplazar franquicias al antojo, como Mazatlán al Atlante, enfrenta pocos obstáculos. Sin jugadores organizados, las ganancias no gotean desde un techo impermeabilizado. Ante la debilidad por diseño del trabajo en relación al capital, frenar el ascenso-descenso enfrenta poca oposición, en detrimento de la movilidad laboral.

Una voz autorizada que no levanta sospechas como zurdo revoltoso ha sido vocal sobre la urgencia de empoderar al trabajo en relación al capital: Hugo Sánchez (ESPN). Si bien el exfutbolista no es el lápiz más afilado del estuche, su intuición es correcta: la unión hace la fuerza como contrapeso a los intereses del oligopolio voraz. Como en cualquier industria capturada, la subinversión en innovación y desarrollo (I+D) resta competitividad. La selección nacional es víctima del corsé de mediocridad.

Dice Juan Villoro: “Si hubiera un Mundial de aficiones, México tiene probabilidades de llegar a la Final”. Discrepo. El rol de las aficiones es apoyar, pero también exigir. Vitorear a una selección nacional es un estándar laxo para la calidad de una porra. Si la afición estuviera involucrada de tiempo completo, y no solo en la fiesta mayor, arroparía al futbolista frente al dueño y demandaría simetría en la relación capital-trabajo. Obsequiar apoyo como un cheque en blanco resulta conveniente a quienes manchan el balón. El aplauso ciego y sumiso deviene en rentismo. Si la afición presiona en cancha completa para romper el pacto de oligopolistas, otro futbol mexicano es posible.

En una tercera y última entrega retomaré aquella célebre pregunta que lanzó Lenin como llamado a la acción: ¿Qué hacer?

Mario Campa

Mario A. Campa Molina es economista político e industrial, graduado del MPA de la Universidad de Columbia (2013-2015). Colabora como columnista y panelista en diversos medios y es editor contribuyente... Ver más

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