Héctor Alejandro Quintanar
El Mundial y la perri… ¡la mascota de Trump!
17/06/2026 - 12:04 am
"Le salió el tiro por la culata a la perrita de Trump, porque se apersonó en un estadio con miras a atacar y resultó neutralizado".
Esta videocolumna se publica un día antes del partido México contra Corea del Sur en el marco de la Copa del Mundo de 2026. A ese respecto, no se hacen predicciones, porque un análisis serio trata de decir qué ha pasado en vez de qué va a pasar. Quienes tenemos el enorme privilegio de ser voces publicadas, debemos jugar más de historiadores y menos de futurólogos.
Con esa premisa dicha, vale decirse que México jugó contra Sudáfrica con una cautela excesiva, con demasiados pases laterales sin profundidad, y con una generación ofensiva modesta ante un rival que era completamente a modo. Corea del sur tiene un vendaval veloz y muy técnico no por las laterales sino por el centro y buenos disparadores de media distancia, que lograron sacar la victoria ante nuestro querido equipo checo. Ese partido sí pinta para ser un medidor más ponderado de qué alcances, potencialidades y límites tiene nuestra selección.
Dicho esto, van asimismo aquí un trío de elementos qué destacar en este marco que representa el Mundial de Norteamérica 2026, bajo la tesis muy sabida, pero que no está de más recordar, que los campeonatos del mundo no son sólo vitrinas políticas, sino que en sí mismos son política pura, tanto para ocultar las miserias históricas, como pretendió la dictadura argentina que organizó la Copa del Mundo de 1978; como para exacerbar mentiras también históricas, como lo hizo Mussolini al convertir el Mundial de 1934 jugado en Italia en un asunto de Estado para demostrar la supuesta superioridad competitiva del fascismo.
Un primer elemento que debemos destacar es que este Mundial es inédito en un aspecto fundamental. En ediciones pasadas, muchos gobiernos dictatoriales y autoritarios pretendieron usar las Copas del Mundo para simular que los suyos eran países civilizados, incluyentes y respetuosos de los derechos colectivos. Así la Junta Militar liderada por el asesino Videla en Argentina, usó el lema de que en su país eran “derechos y humanos” y engañó a la mirada internacional en el Mundial de 1978 para ocultar la crisis humanitaria que vivía la nación sudamericana producto de la represión brutal; cuestión no muy distinta al Gobierno de Díaz Ordaz que, empecinado en resaltar a México como una especie de potencia periférica, no tuvo empacho en reprimir con brutalidad en las Olimpiadas de 1968 y pavonearse en el Mundial de 1970, jugado en nuestro país.
En este 2026, uno de los organizadores de la Copa, Estados Unidos, aparece como el verdadero país atrasado, porque su gobierno, encabezado por el criminal Trump, no sólo no disimula las bajezas autoritarias, sino que las presume. Es indigno que en una fiesta deportiva que se supone engloba la inclusión, la tolerancia y la unión de la humanidad, el postfascista Trump impide el paso a un país participante -Irán, mismo que Estados Unidos bombardea-, a cuya selección de futbol deja a su suerte en términos de seguridad, que debió asentarse en Tijuana, para hospedarse y entrenar ahí y sólo entrar 24 horas a Estados Unidos para jugar sus partidos y volverse a cruzar la frontera.
Mención similar amerita que negaran la entrada a Estados Unidos a un árbitro avalado por la FIFA, el somalí Omar Artan, arguyendo alguna estupidez racista, y que la máxima institución del futbol mundial no hiciera nada para proteger a su juez, quien debería ser un ejemplo y orgullo para todas las naciones; y lo mismo con el trato migratorio que le dieron tanto a selecciones africanas como a Uzbekistán en la potencia del Norte. La fiesta ha quedado manchada no por la mala conducta de los invitados, sino por la sevicia de uno de los anfitriones, que, volviendo a patrones propios de Orwell, ahora también deniega al español en conferencias de prensa post-partidos, a pesar de ser esa la lengua oficial de uno de los coorganizadores.
Un segundo elemento es el cinismo elitista. Esta columna no es ingenua. Se sabe que los mundiales son fiestas caras por definición. Pero al menos hasta hace poco era relativamente razonable poder contar con un boleto de ingreso y el mayor obstáculo era la fila virtual de las taquillas digitales de la FIFA, pero hoy, con precios impagables, se ha tornado en un espacio excluyente que ensucia el espíritu popular que siempre debe tener el futbol.
Un tercer elemento es más festivo. Y es que dentro de esa parafernalia impopular que se trató de hacer alrededor de la inauguración del Mundial en el Estadio Azteca (sí, ese es el nombre con el que habremos de referirnos a la majestuosa cancha sita en el Sur de la Ciudad de México), cuando, de forma oportunista, un evasor y vendedor de telechatarra, cuyo nombre se puede adivinar, quiso hacer uso del escenario para confirmar su campaña política, al aparecer caminando entre la gente y luego en medio de una zalamera entrevista banquetera que le hizo uno de sus empleados.
Pero donde no hay espacios controlados, usualmente los politicastros suelen terminar perdiendo y exhibiéndose como limitados y autoritarios. Le pasó a Peña Nieto en la Feria del Libro en 2011, cuando no supo nombrar tres tristes libros que hubiera leído en toda su zafia vida; le pasó en la Universidad Iberoamericana en mayo de 2012 cuando no supo afrontar las consecuencias de sus actos y los estudiantes le hicieron ver su suerte; o le pasó también a Díaz Ordaz al recibir abucheos en el Estadio Azteca.
Como no podía ser de otra forma, cuando el usurero evasor, cuyo nombre de poca monta no vale la pena mencionar, hizo aparición en la explanada del Estadio Azteca, recibió timoratos gritos a su favor de algún par de despistados, pero lo único memorable fue cuando, en un acto que quedó registrado en video y viralizado más tarde, un ciudadano le gritó ser “la perrita de Trump”. Es verdad que algún tufo grosero y sexista existe en el grito, que sin embargo se comprende por la actitud vil, con la que el usurero de marras ha tratado de irrumpir en la escena política, que es tan servil a los deseos de un perdulario sucio como Donald Trump.
Y, no puede pasarse por alto, el insulto recibido por el evasor, que a estas alturas su nombre no importa porque su bautizo político ya es ser “la perrita de Trump”, se dio en un espacio futbolero, ese de extracto popular donde a veces las palabras hieren con resabios culturales, pero también desazolvan el alma y a veces son descriptivas. Así, hay que decirlo, llamar a un tipejo “perrita de Trump” por su actitud fascistoide, pendenciera con el de abajo pero servil con el magnate, no es un simple apodo burlón sino toda una categoría descriptiva, que se une a otras igualmente ingeniosas y lúcidas como “Alcaldesa de poca monta”, “saco de pus”, “borolas”, “alto vacío” o “riqui riquín”, empleadas menos para agredir que para denunciar actitudes destructivas y malignas en la política mexicana.
De ese modo, le salió el tiro por la culata a la perrita de Trump, porque se apersonó en un estadio con miras a tratar de atacar y resultó neutralizado con un vocabulario que él usa. Con sus propias armas fue derrotado en un terreno donde él se pensaba ganador indiscutible. Ahí descubrió a la mala, o más bien a la merecida, que las calles no son las redes sociodigitales, y por más cuentas apócrifas y letrinas virtuales, estilo La Derecha diario, "Ventaneando" o "Hechos"; que emplee para ensalzar su apodo amigable, ese que es “tío perrichi”, o algo así, el golpe de realidad ya lo puso en su lugar con su memorable nombre de pila a partir de hoy.
Con esa doble victoria México se alzó el jueves pasado: en la cancha ante un rival que dio poco de sí, como Sudáfrica, y fuera de ella, cuando la gente puso en su lugar a un abusador económico y político serial que quiso llegar al Estadio como goleador batiente para encaminarse a un campeonato y terminó amarrado a un apodo, como mascota que mucho ladra porque sabe que ya no podrá morder.
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