Sandra Lorenzano

Alcaravea: un libro talismán

15/03/2026 - 12:02 am

"Digo Alcaravea y sé que amaré como Lope de Vega amó a esa mujer que se perdió dentro de sí, o como Machado fue amado".

Cuando el mundo -el de afuera o el de adentro, o ambos a la vez- se sacude, me refugio en los libros. Es así desde siempre, desde que con seis o siete años me trepaba a las ramas del damasco que había en el jardín de casa y leía allí como si fuera en un nido.

Para ustedes, que son también de las personas que encuentran en las palabras escritas su ancla y su talismán, comparto hoy una lectura que me ha conmovido: el libro de cuentos Alcaravea(*), de Irene Reyes Noguerol, escritora sevillana nacida en 1997. Permítanme empezar citando unas líneas para que entiendan mejor lo que me ha pasado leyendo estas páginas: 

“Basta una palabra, como las de la nana cantada por su madre, sólo una palabra que retorna a su memoria, alcaravea, y todo vuelve a ser amable y sencillo, se arrinconan los miedos que acechan en las sombras, alcaravea, y el mundo recupera su firmeza, la estabilidad de un tablero sobre el que pisar seguro, no más un acertijo ni las paredes de un laberinto cambiante.” (p. 152)

Alcaravea, digo yo también, y me pregunto de dónde ha salido esta voz tan joven que parece enraizada en un alma antigua, de dónde ha salido esta voz que se carga de poesía en cada línea, que construye un mundo amoroso y cruel a un tiempo, que habla con la dulzura y el amargor de la propia planta que nombra. 

Alcaravea, digo yo, para poder habitar cada cuento con el cuidado que merece su sutileza, la frágil fuerza de la lengua que los construye. Fragilidad y fuerza como las de las palabras, capaces de matar y a la vez casi vapor, casi nube, casi sueño.

Alcaravea, digo, y huele a azahar y a días azules y a sol de la infancia, como decían aquellos últimos versos de otro sevillano, el gran Antonio Machado. “Esos días azules y ese sol de la infancia”, encontraron escrito en un pequeño papel que llevaba consigo al morir. 

Digo en un susurro alcaravea y sé que habitaré memorias ajenas como si fueran mías, que caminaré sendas de otros como si fueran mías, que abrazaré otras ternuras y otros dolores como si fueran míos. Y amaré con la desesperación del que se sabe perdido, como se amaron con un amor prohibido Abenámar y Almutamid, allá por el año mil y pocos. Y agradezco a esos maestros que me trajo el exilio, el de ellos y el mío -uno desde España, el otro desde el sur de todos los sures-, les agradezco que me enamoraran del romancero viejo, como enamorada está la propia Irene (“¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida, moro que en tal signo nace no debe decir mentira”).

Y le agradezco a Irene que me traiga nuevamente esas historias que han pasado de generación en generación, de siglo en siglo, y vuelva a estremecerme al ritmo de la respiración que regalan los versos. Le agradezco que se ponga en la piel de un personaje real o literario, y haga desde ahí un relato poético en una primera persona absolutamente envolvente.

Digo Alcaravea y sé que amaré como Lope de Vega amó a esa mujer que se perdió dentro de sí misma, o como Machado fue amado y sabré como él que no queda nada, porque como él “aquí estamos, incompletos, nómadas, la mirada puesta en otro lado, siempre al sur, allá en la ribera de un río grande, esperando para siempre a que ese coche dé la vuelta…” (p. 42), porque sabré que compartimos la misma melancolía. “…no nacimos para esto (…) Hay que volver ya a casa. (…) A ser uno con el barro que tantas veces pisamos. A morir donde la tierra nos espera, besar su suelo.” (p. 43)

Los amores nos dan vida cuando aparecen y nos la quitan cuando se deshacen. Y todo se deshace: por la guerra, por la locura, por la violencia.

Y seré, seremos, las niñas que sueñan con otras vidas: sin orfandades, sin manos oscuras que quiebran sus cuerpos pequeños y tibios, sin silencios ni burlas. Y habitaré, habitaremos, pieles y corazones endebles, pero capaces de volverse pura fortaleza. Y descubriré, descubriremos, la música que Irene compone cuando escribe. “Un piano basta para detener la caída”, dice esa chiquita cuyas medias son destrozadas cada día por la violencia de alguien más fuerte y más poderoso. Y yo digo que Irene sabe que es la poesía lo que basta para detener cualquier caída. Y seré, seremos, todas las madres que sufren con su niño en brazos, aun cuando el niño sea ya un hombre; y todos los padres que, como el arriero, nacieron para ser buenos. 

Alcaravea, digo, y me pregunto de dónde ha salido esta voz que canta en cada página haciendo de la lengua algo casi sagrado, o sin el casi. Lengua que viene danzando desde lejos, desde antes, desde esas abuelas y bisabuelas que vuelven a ser nana amorosa en la garganta y en la pluma de esta niña nacida en Sevilla.

Irene Reyes-Noguerol -éste el nombre que tienen que aprenderse- ha creado un mundo propio, un mundo que es pura belleza, aun en medio del dolor o de la pobreza, una belleza que trasciende el hoy -sus modas literarias, sus rituales repetidos- para volverse sensibilidad, sutileza, inagotable río de palabras que, con un susurro, vienen de un tiempo sin tiempo, de un pasado imaginado o escuchado con la piel, con el corazón, como se escucha lo que de verdad importa, lo que de verdad vale la pena. Porque como escribió León Felipe y nos lo recuerda uno de los epígrafes del libro, “Yo no sé muchas cosas, es verdad / pero me han dormido con todos los cuentos”.

Por todo esto, como un buen libro de poemas, Alcaravea es para leer y releer, para tener a mano cuando el mundo se oscurece, porque la prosa de Irene es tan luminosa como nuestro más íntimo y personal sol de la infancia. Y quién acaso no se arrulla en los momentos difíciles con aquella nana que nuestra madre o nuestra abuela nos cantaba, como canta Paca, la niña-niñera: “Ea la ea, / ea la ea, / cominitos y clavos / y alcaravea”.

Porque “basta una palabra (…) -citábamos al comienzo- solo una palabra que retorna a su memoria, alcaravea, y todo vuelve a ser amable y sencillo”.

Tan sencillo y tan profundo como agradecer. 

Gracias, Irene, por tu escritura.

* Irene Reyes-Noguerol, Alcaravea, Madrid, Páginas de Espuma, 2024.

Sandra Lorenzano

Es "argen-mex" por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, sus libros más recientes son "Herida fecunda" (Premio Málaga de Ensayo, 2... Ver más

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