Sandra Lorenzano

El futbol a diez mil kilómetros

14/06/2026 - 12:02 am

"Estaré gritando y saltando frente al televisor, tal como lo harán mi padre y mis hermanos a diez mil kilómetros, sentiré que los estoy abrazando".

Cualquiera que me viera podría pensar que estoy loca o que soy una fanática irredenta: sentada sola frente al televisor grito, salto, les hablo a los jugadores, discuto con el árbitro. La verdad es que no soy tan fanática como podría pensarse, y lo de estar loca, espero que por ahora sea sólo en sentido figurado. Lo que de verdad pasa es que sé que a diez mil kilómetros, allá al sur de todos los sures, mi papá y mis hermanos están sentados frente al televisor, y gritan, y saltan, y les hablan a los jugadores, y discuten con el árbitro. Lo mío, en realidad, es un gesto de cariño a mis seres queridos.

Si alguno de ustedes vive lejos de su familia, sabrá de qué hablo: solemos inventar las cosas más inverosímiles para sentirnos un poco más cerca, ¿o no? Ahora hay whatsapp y zoom y quién sabe cuántas maravillas más, pero muchos recordamos las largas colas de exiliados, en los años 70, frente a algún teléfono público que, según había contado el primo del amigo de un amigo, permitía hablar al extranjero poniendo sólo 20 centavos. Un teléfono “pinchado”, pues. Y hacia allá íbamos todos: chilenos y salvadoreños, uruguayos y nicaragüenses, argentinos y guatemaltecos. Recorríamos la ciudad de México durante horas con tal de poder escuchar durante unos minutos las voces queridas de los que estaban lejos.

“¿Mamá, todo bien? ¿Cómo están?” “¿Cómo sigue el abuelo?” “¿Ya nació el bebé de la Paula?”, y así, preguntas y más preguntas, a los gritos, por la emoción, porque sentíamos que si no gritábamos no nos escucharían, y porque el corazón se nos salía por la boca. “Sí, sí, acá todo bien”. “Ya me inscribí al curso”. “Ya estoy trabajando”. “No, no ha llovido todavía”. Y en la garganta se quedaba lo más importante: “Los quiero”. “Los extraño”. “Me duele estar lejos”. Y se quedaba allí porque no se trataba de tristear, ni de dejar preocupados o “apachurrados” ni a mamá ni a los hermanos ni a la abuela. Se trataba sólo de lanzar un cable a tierra, una señal a la tierra del corazón.

Y así es también mi relación con el futbol: una forma de lanzar un cable, una señal a aquella mi otra tierra del corazón. Una forma de decir, los quiero, los extraño, me duele estar lejos.

Pero, ¿qué se nos juega en esa pelota tras la cual corren veintidós hombres o mujeres vestidos con pantalones cortos? Quizás tenga razón Juan Villoro, y “el futbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional; rebasarla significa traicionar la infancia…”.

A mí, se me juega una cierta comunión con mi gente. Una sensación de pertenencia. (Dejo de lado en estas líneas lo que tiene que ver con el deporte como negocio, la mafia de la FIFA, etc., etc., y me quedo con lo puramente afectivo). Cuando siento que lo que empieza a prevalecer no es eso, sino un supuesto “orgullo patrio” me aterro. Aunque se me acelere el corazón cuando veo las tribunas pintadas de verde o de celeste y blanco, o cuando suena alguno de los dos himnos, me aterro. Me aterro de mí misma y de la multitud. Entre el patriotismo y el patrioterismo hay una línea muy muy muy delgada, y en épocas en que crecen la xenofobia, el racismo y los nacionalismos excluyentes, es bueno recordarlo.

Los argen-mex tenemos un chiste: “Si juega Argentina, le voy a Argentina. Si juega México, le voy a México. Si juegan Argentina y México… me voy al cine”. Y algo de eso hay. Me ha tocado vivirlo, y antes de sentirme como la protagonista de “Sophie’s choice”, elijo uno de los estrenos de la semana.

Me gustaría recordar esta anécdota de Borges que viene muy a cuento. A la pregunta de si fue alguna vez a ver un partido de futbol, Borges respondió:

“Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. (…) Ya en la calle yo le dije a Amorim: ‘Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo– para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para que usted se sintiera feliz’”

Escribo esta nota pocas horas antes del comienzo del Mundial 2026. En un rato más estaré gritando y saltando frente al televisor, tal como lo harán mi padre y mis hermanos a diez mil kilómetros, y sentiré que los estoy abrazando.

Pero quiero decirles que lo que verdaderamente me importa es que ustedes sean felices; así que, si el azar y los goles hacen que mis dos patrias se enfrenten en algún partido, tengan por seguro que yo me iré al cine.

Sandra Lorenzano

Es "argen-mex" por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, sus libros más recientes son "Herida fecunda" (Premio Málaga de Ensayo, 2... Ver más

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