Susan Crowley
Lo que le debemos a Timothée Chalamet
14/03/2026 - 12:03 am
"Pero si observamos bien, Chalamet hizo un favor a quienes amamos el arte y rogamos que se eleven los presupuestos raquíticos".
El nuevo escándalo previo a la entrega de los premios Oscar, merece un poco de atención debido a su contenido. Timothée Chalamet pasó de consentido de las multitudes a condenado por las comunidades dedicadas al arte, que si bien no son grandes masas, viven en el mundo del esfuerzo y la calidad. Un comentario desafortunado del actor, que toca a una de las fibras más delicadas del medio artístico, el arte. Eso que dije y que no debí haber dicho y que dan ganas de regresar el reloj y no llegar al momento en que lo inadecuado borró a los años de esfuerzo por hacer las cosas bien.
Para quien no suele estar dentro de las redes, es mi caso, o en el mundillo del “chisme”, palabra espantosa, pero la proteína que alimenta Instagram, Facebook, tik tok y demás, esta semana explotó una bomba mediática: el desafortunado comentario del multipremiado actor respecto a las artes del ballet y la ópera, calificándolas como intentos de mantener vivo lo irrelevante, como disciplinas que “ya no interesan a nadie” y en las que no desea trabajar.
¿Quién es este joven actor y por qué su comentario trascendió? Un poco de contexto. Chalamet proviene de una familia dedicada al arte, especialmente a la danza. Su presentación en el mundo del cine fue en una edulcorada historia de amor gay que fascinó a todos los géneros. Dirigido por el fantástico Woody Allen en Días de lluvia en Nueva York, convenció no sólo por su presencia entre ambigua, frágil y un poco pose neoyorkina sino por su capacidad actoral. Ya en Dunas se colocó como el representante de la nueva generación y gracias a Zendaya (ella es perfecta, hasta ahora) escaló a la casi perfección. Como se dijo tanto, no importaba que la cinta fuera lenta, aburrida, que no pasara nada, la aparición de Chalamet obligaba a permanecer en estado de fascinación.
Pero luego, ese mismo actor, que parecía sacado de otra época por su languidez, falta de testosterona y ciertas pulsiones misteriosas, se encontró con uno de los fenómenos mediáticos más impactantes de la era del espectáculo. El romance acaparó los medios. Se llama Kyliee Jenner, proviene de la dinastía de influencers y exitosas empresarias, modelos Kardashian; una más de la tribu de la nueva estética seguida por millones y que hace ganar billones a cosmetólogos y empresas de belleza. Guapas naturales pero engrandecidas a base de cirugías y un equipo gigante de diseñadores de imagen hasta ahora han sabido ser unas magas en el manejo de las redes sociales; algo tendrá que aprender Chalamet de ellas. A este grupo por cierto pertenece la hoy esposa de Bezos, Lauren Sánchez, que de ser una inteligente y sexy latina, se ha convertido en referente del nuevo “buen gusto” de los millonarios excesivos: pechos, cinturitas, labios turgentes como globos y una personalidad arrolladora que ha influido en aquel Jeff afable, culto, lector apasionado y discreto, para transformarlo en un personaje que pule su calva, que está lleno de músculos, viste a la moda y gasta sus millones sin límite en yates, viajes, galas de moda y una boda que cimbró a la elegante y decadente Venecia para volverla casi escenario de Las Vegas.
El romance con Jenner llevó a Chalamet a dejar su vida discreta y convertirse en uno más del medio. Luego vino la cinta Marty Supreme que me parece una de las peores películas de la temporada. Un remedo malo de las antologías de los hermanos Cohen o Scorsese, sin genio. Tediosa y aburrida, plantea la historia de un oportunista antipático y arrogante que cree que se merece todo. Como una ironía a los comentarios desafortunados del protagonista, trata de la vida de un jugador de ping pong, un deporte que no parecía interesar a las masas en la actualidad. Pero, a falta de buenas películas, la competencia hacia el Oscar lo vuelve favorito. Hasta que, sin medir las consecuencias desata esta enorme ola de hostilidad. Tal vez no reciba la tan preciada estatuilla y se vaya a su casa con un palmo de narices, lo cual será muy bueno para que reflexione sobre la incorrección política.
Pero si observamos bien, Chalamet hizo un favor a quienes amamos el arte y rogamos que se eleven los presupuestos raquíticos dedicados a las puestas en escena en Bellas Artes y debemos conformarnos con las transmisiones del Met en el Auditorio Nacional. La “indiscreción” de Chalamet catapultó en las redes un tema que merece discusión. Según cifras citadas por The New York Times, la venta de entradas para óperas y ballets en Estados Unidos oscila entre 1.4 y 3 millones al año, dependiendo del período. En contraste, la ceremonia de los Premios Óscar reúne en promedio a unos 19 millones de espectadores en una sola noche.
En esta entrega de premios, veremos desfilar a las luminarias que compiten en un año con pocos méritos. Me parece que Bugonia, El agente secreto, The ugly step sister, Sentimental Value, Syrat y Sinners merecen la pena y creo son decepcionantes las más aclamadas, Marty Suprem y Hamnet. Veremos qué pasa y cómo sale el joven actor de esta desagradable experiencia.
Pero en medio de la estridencia de las redes, queda la reflexión que me parece interesante. Difícilmente la comunidad artística se mueve con tal vigor y creatividad para defender las artes como lo ha hecho esta semana. Recuerdo el fenómeno que causó la pandemia. Los grupos de bailarines, cantantes y músicos de todo el mundo usaron las redes para hablar de la desesperación de una parálisis por el cierre obligatorio de las salas. Una gigantesca cadena humana transmitió de forma remota su angustia y necesidad de seguir vivos y nos hizo sentir el poder de un cuerpo, de la voz, de la actuación y de la vida.
Desde la Staatsoper de Viena, el Ballet de Nueva York o la magnificencia del piano con “un grito silencioso, el reflejo de un sentimiento de resistencia” del pianista Igor Levit desde su casa interpretando veinte horas de música, o el legendario Barenboim retomando las 32 sonatas de Beethoven en ese retiro obligado. En una gala del Metropolitan Opera House, los más grandes cantantes se conectaron desde sus casas para interpretar nuestras amadas arias de ópera. La pandemia logró convocar a esta comunidad que no sólo vive del aplauso del público, a diario expresa la esencia de su arte con extenuantes ensayos y preparación. El cuerpo es una máquina que debe aceitarse y probarse todo el tiempo. Por desgracia, los presupuestos son cada vez más precarios y es muy difícil sostener una temporada de producciones medianamente buenas sin dinero y el dinero lo da el público que es verdad, cada vez es más difícil de atraer.
Hace poco, en un restaurante, me topé con una jovencita mesera, es violinista pero debe ganarse la vida entre audiciones. Vive de las propinas y no sabe si algún día logre pertenecer a una orquesta; ama a su violín y lleva cinco años preparándose, por no decir que toca este instrumento desde los cinco. Ella lo sabe, sólo las mejores pasarán a formar parte de los primeros circuitos. La mayoría terminará por dejar atrás su pasión para conseguir un trabajo estable.
Tiene todo el mérito que jóvenes graduados de las distintas escuelas de música, danza y canto decidan emprender la vida de sacrificio y entrega que implica el arte, cuando frente a ellos un actor gana millones por lo general por sus atributos físicos. Pero incluso entre los afamados de Hollywood, no hay un artista serio que pueda presentarse sin haber vivido años de estudio, ensayos y preparación como debe ser el caso de Chalamet. Unos serán producto de la industria, otros vivirán para contribuir en la cosmogonía del arte, de los teatros y salas de concierto, y entregarán su vida a pesar de los sueldos castigados, sabiendo que el verdadero triunfo no es la popularidad ni el éxito económico, sino quedar en el corazón de todos nosotros. @Suscrowley
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