Fabrizio Mejía Madrid
Por qué "La Perrita de Trump" importa
19/06/2026 - 12:04 am
"El componente popular que tiene la identidad nacional mexicana acompañó al obradorismo y sigue vigente en la 4T".
https://youtu.be/pBJmf41WAUI
Esta columna trata de responder una primera pregunta. ¿Por qué un video de tres segundos en un celular y una frase denigrante pueden destruir las aspiraciones de líder del dueño de una de las dos televisoras mexicanas? ¿A qué se debe que una millonaria y larguísima campaña de TV Azteca de odio raci-clasista y del supuesto narco-Estado mexicano, se puede desinflar con unos cuántos segundos, los mismos segundos que uno tarda en decir: “Ahí va 'La Perrita de Trump'”? De la sorpresa inicial de que eso fuera posible, necesitamos analizar cómo es que eso fue posible. De eso va esta columna.
Lo primero es pensar el contexto en el que se dio este suceso. En un Estadio Azteca donde se iba a inaugurar la Copa Mundial de Futbol de la FIFA. Adentro estaban los que podían pagar boletos de 120 mil pesos. Afuera, los mexicanos. Hago este énfasis porque me parece crucial para entender qué se desenvolvió ante nuestros ojos ese día. Fue, según alcanzo a entender, una demostración más del nuevo arraigo, las formas politizadas de la pertenencia a México, que son obra de esos 15 millones que irrumpieron en la política en 2018. Lo repito porque me parece de una importancia cultural tan apabullante que cualquier asunto que se analice debe, al menos, de considerarla. El componente popular que tiene la identidad nacional mexicana acompañó al obradorismo y sigue vigente en la 4T. Hay muchos ejemplos que aquí hemos tratado cuando chocan el raci-clasisimo de los medios de comunicación con las expresiones populares y su autodefensa: la inauguración del Aeropuerto Felipe Ángeles y la señora de las tlayudas; el trabajador que sacó su brazo del camión para recordarles a los manifestantes del FRENA quiénes eran los que sacaban adelante al país, y las visitas tanto de Andrés Manuel como de la Presidenta con los migrantes mexicanos en Estados Unidos. Ahí está ese componente popular de la identidad.
Lo que había adentro del estadio es lo que me dicen que el ensayista Jorge Aguilar Mora llamaba “la élite en busca de su metrópoli”. Adentro del Estadio Azteca estaban no sólo los que podían pagar y quisieron hacerlo a pesar de que fuera una estafa a cielo abierto. Son una identidad de clase, no de memoria histórica, injusticias compartidas, jornadas épicas de defensa de la Nación. No. Son, en cambio, los que se han pasado siglos en búsqueda de un lugar que no les avergüence, donde todos tengan la misma apariencia, modos, acento, y marcas comerciales. Habitan una nube que quisiera gravitar en torno a Miami o Madrid, pero siguen viviendo, quejumbrosos, en un país de feos, flojos, violentos, elusivos, y profundamente envidiosos de su blanquitud, supuestos logros económicos y académicos, de sus formas de estar en un país que no quieren. Así es como la élite mexicana mira al resto del país desde hace siglos. Pero me interesa poner el énfasis en la identidad politizada del México de la 4T. Muchos académicos se llenan el gaznate con la idea de que el nacionalismo es igual en todas partes, es decir, en los países europeos, donde degeneró siempre en imperios o ansias de colonizar, saquear, y esclavizar a los demás países. Resulta que nosotros somos los demás países y aquí el nacionalismo, además de ser anti-colonial, es profundamente popular. ¿Por qué? Porque en cada una de las invasiones extranjeras fueron los que la élite calificaba de flojos, violentos, y feos, los que sacaron al país a cuestas, los que se lo echaron al hombro, sin pensar que la élite los quería muertos. La élite en busca de su metrópoli siempre jugó a ver qué sacaba de una reconquista española, un imperio francés o estadounidense. Por eso el sentido de pertenencia en México es popular y se arraiga en una memoria histórica de resistencias. Los pobres, los prietos, los que hablan mal y huelen raro, son los que no han permitido que México desaparezca. La élite no. Y es por eso que el arraigo y sus ramificaciones son de los menospreciados por la élite.
Así que vuelvo al estadio. El futbol, como ningún otro deporte, saca a relucir las identidades nacionales. Es una dramatización de las mismas. También es una dramatización de lo que es justo e injusto. La afición al Mundial -distinta de la afición al futbol en general- es una donde se juegan imaginarios de países pequeños que no se dejan doblegar por la selección favorita en las apuestas, donde se deja todo por apoyar a su selección, donde se apela al coraje y a la suerte. Ahí donde la élite ve jugadores mediocres, acomplejados, derrotas siempre anticipadas, el pueblo ve resistencia. Ahí donde la élite baja la cabeza y se dice resignada, el pueblo ve las pausas, respiros, y treguas que se hacen para continuar. No se resignan. No quiere decir tampoco que se rindan. En la resistencia se está dispuesto a sufrir, al dolor, la derrota y la muerte. Los que vienen de afuera se combaten con otro afuera más grande, llamado esperanza, que envuelve las penurias y los dolores, y que viene de la imaginación. Es un futuro que los que resisten no verán. Quizás sus hijos o nietos. Por ello luchan, siempre insatisfechos, sublevados por lo inalcanzable, pero, aún, justo. Quien no sabe qué es la resistencia, no sabe lo que es apoyar a la Selección Mexicana de futbol. Desde los palcos y los asientos VIP, por supuesto que la élite exige resultados en forma de goles, exige al jugador mercenario, envilecido por el marcador final. El juego le aburre, le molesta. En cambio, en la afición de las calles, de las casas y los restoranes, lo que importa es justo el apoyo incondicional y el detalle del juego, el pase, la coreografía. Si en la élite el festejo es por un México que demuestra estar a la altura de las potencias futbolísticas del momento, en el pueblo es la posibilidad de festejarse como parte de un drama donde sólo a veces triunfa la justicia. Así de distinto.
Por eso, quien quiso utilizar ese espacio ya de por sí indignante de exclusión como ese Estadio Azteca para lanzar su candidatura prematura a la Presidencia, tenía que haber anticipado que iba a fracasar. ¿Por qué no lo hizo? Porque vive en la nube que busca una metrópoli imperial. Ahí sí, las cosas funcionan de otra manera, pero no en la realidad.
En segundo lugar, está el tema de la nueva laicidad. No se trata de la separación iglesia-Estado, el César y Dios, sino ahora de los magnates y la política. Es nuestra segunda laicidad. La laicidad es nuestra capacidad de distinguir entre lo que es demostrable racionalmente de lo que en cambio es objeto de fe, y de distinguir las esferas y los ámbitos de las distintas competencias. Así la separación entre poder político y económico viene de la misma capacidad de discernir lo que es sólo del ámbito de la política como son la soberanía nacional, la justicia social, los derechos colectivos, y los entramados públicos. Si se confunden con la economía, la soberanía no existe porque los mercados son globales, la justicia social es demagogia y desperdicio de recursos, los derechos colectivos son una compra de votos de los huevones, y las infraestructuras y servicios públicos son ineficaces y corruptos. Una decisión política, un proyecto de Nación, una forma de bienestar y justicia no puede ser no políticas. Así como un teorema tiene que obedecer a las leyes de las matemáticas y no a las de la religión, el Estado debe tomar decisiones políticas que están separadas de las consideraciones económicas.
Esa separación de la nueva laicidad mexicana estuvo también presente en el Estadio Azteca. Un empresario que le debe a Hacienda miles de millones en impuestos atrasados, que compró jueces de la Suprema Corte para que escondieran su caso, y que utiliza su frecuencia concesionada para atacar al Gobierno fabricando mentiras, se presenta a un estadio excluyente, y espera el aplauso. Lo que recibe es la frase que lo nombra: “perrita”, en el sentido peyorativo de obediente, ganosa, y quejumbrosa. Es un millonario que se presenta a promover su candidatura presidencial rodeado del símbolo de la prepotencia del viejo régimen: los guardaespaldas, los guaruras, los guarros. Es un millonario que se presenta a un estadio de ricos, blancos, y bien vestidos, a tratar de formular lo que parece un discurso de destape. Lo que alcanza a decir frente a sus propias cámaras de televisión es: “México necesita un Gobierno efectivo, no una sarta de mentiras e ineptitudes. Los mexicanos deben pensar qué país queremos, con menos violencia”. Él mismo había hecho un llamado a la violencia en días anteriores. Había dicho, por si no lo recuerda: “Nada de que manifestación de blanco y pacífico vale madre, ya lo hicieron, no sirve para nada, es más rudo. Es más rudo, más rudo, pero va a tener que hacer otra cosa más ruda. Por ejemplo, a lo mejor es necesario hacer una huelga en cierto momento... pero a lo mejor es necesario hacer presencia física y bloquear los accesos. Nada de que manifestación de blanco y pacífico vale madre, ya lo hicieron, no sirve para nada, eso es el más que es más rudo”. Él mismo hizo, después, un llamado a agitar unos pañuelitos blancos en el estadio, ridiculez que nadie hizo.
Pero más allá de esto, la idea de que un empresario evasor de impuestos, con un manejo de sus propias empresas tan malo que ha perdido en sólo dos años 72 por ciento de su fortuna, venga a hablar de “eficacia”, como algo inherente, consustancial a la actividad empresarial, es ridículo. Pero es lo que ha hecho Donald Trump que quizás sea el más corrupto y ventajoso Presidente que haya tenido Estados Unidos en su corta historia. De que un empresario sea intrínsecamente más eficaz que un político se dispara la conclusión que también manejaba Vicente Fox en sus días gloriosos de 1999: que si alguien tiene dinero, ya no se roba el dinero público. Es como si la corrupción fuera por necesidad y no por una decisión inmoral de robarle a los demás. Pero la nueva laicidad que separa lo político de lo económico también hace ver este discurso como disonante para la mayoría de los ciudadanos. Ya tuvimos a Fox y vean qué bien le fue a sus compadres y a su propia familia. Así que esa nueva laicidad entró también en juego.
Aquí un breve paréntesis que me parece pertinente. Desde Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez en la Universidad de TV Azteca en semanas pasadas se vino utilizando una frase, la misma frase sobre la inseguridad en México: que cientos de miles de madres mexicanas buscaban con las uñas en la tierra los restos de sus hijos desaparecidos. Luego, la misma frase la utilizó Felipe Calderón y Maru Campos en el acto en que Acción Nacional respaldó la injerencia de la CIA en México. La misma frase. La idea era apropiarse del dolor de esas madres para convertirlo en un arma contra el Gobierno. Algunas influencers en el estadio sacaron sus mantas donde acusaban de los 130 mil desaparecidos a Claudia Sheinbaum y la acusaban de no abrirles las puertas de Palacio Nacional. La idea es interesante, aunque fallida, ya si vemos los datos. Es interesante porque ya no pueden decir que los homicidios dolosos sean la causa para la inconformidad, toda vez que han bajado a la mitad en dos años. A la mitad. Entonces son los desaparecidos y las madres con las uñas llenas de tierra de los campos de aniquilamiento del narco. Digo que es fallida porque los datos dibujan otra realidad, quizás no tan dramática. Por ejemplo, desaparecen medio millón de personas al año en Estados Unidos. 600 mil en Europa. El tema no es la violencia, sino la rastreabilidad. En México, 96 por ciento de los casos con reportes de desaparición son ausencias voluntarias. En México el tema es la migración interna y hacia Estados Unidos. Luego está un cuatro por ciento de desapariciones por particulares. Sólo el restante es responsabilidad de una autoridad. De las desapariciones reportadas, 31 por ciento tienen actividad uso de tarjetas de banco, teléfonos celulares o trámites. Un 36 por ciento carecen de información crucial, es decir, no tienen nombre completo, ni sexo, ni edad en los reportes. Así que esos 130 mil desaparecidos no quieren decir violencia desbocada y fuera de control como quieren los que sacaron sus mantitas en el estadio.
Pero voy al tercer y último punto de por qué se destruyó en segundos la campaña para posicionar a Salinas Pliego como actor político relevante. El tema es “la perrita”. La “perrita” en su acepción peyorativa es sobre alguien que es obediente y que se comporta como servidumbre de un patrón. Esto cobra relevancia justo en estos días en que la soberanía nacional frente a las exigencias de Estados Unidos se intensifica en una suerte de mezcla entre memoria histórica y acuse de recibido de lo que las consecuencias dolorosísimas por seguir las órdenes de el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Vistos como siervos del emperador Trump, los personajes de la oposición, desde Claudio X. González recibiendo dinero de la Embajada gringa hasta Maru Campos dejando operar libremente a la CIA en el territorio que dice gobernar, pasando por Xóchitl Gálvez y "Alito" Moreno cariacontecidos, atribulados, desde unas escalinatas en Washington, todos ellos, son vistos por la identidad popular como súbditos, vasallos, subordinados del patrón extranjero, en este caso, Trump. Una persona sin dignidad, es decir, sin la entereza irreductible de todo ser humano, se convierte en un perro hembra.
Así, me parece que estos tres asuntos -el nuevo arraigo popular del patriotismo, la separación de la política de su remedos empresariales, y la dignidad del país ante el patrón envilecido- fueron claves para el derrumbe en tiempo real de la candidatura presidencial del millonario. Parte de esa mezcla de los tres asuntos es que no se puede ya en la esfera pública mexicana pretender una candidatura sin mayores esfuerzos que el gasto en publicidad y propaganda. Eso parece ya descartado, pero algunos apenas se despiertan para aceptarlo.
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