Alejandro De la Garza

Administrar la confusión y el caos

14/03/2026 - 12:02 am

“La indignación se convierte en moneda y la verdad en daño colateral”.

Administrar la confusión y el caos.
"La desinformación es una herramienta que altera el curso de los hechos". Foto: Cuartoscuro

El sino del escorpión se pierde en el laberinto de espejos, voces y ecos, rumores, murmullos y gritos, mentiras, noticias falsas y demás perversiones algorítmicas y propagandísticas que conforman hoy el horizonte de confusión y caos de los medios de comunicación de masas, no sólo en nuestro país, sino en el planeta entero.

Diarios, cadenas televisivas y de radio, redes sociales, plataformas digitales, influencers, expertos, corporaciones planetarias, empresas, gobiernos y políticos contribuyen a una auténtica incomunicación babélica a la que parece habernos condenado —por soberbios y ambiciosos, jeje— no el dios del Génesis, sino el dios frío, robótico y artificial de la tecnología.

Vivimos una era en la cual, de manera progresiva e irremediable, la información dejó de ser un bien público y se tornó campo minado. El alacrán no se refiere a que enfrentemos meros fallos técnicos en la Matrix o errores aislados generadores de tal desorientación global. Hablamos de una condición estable, extendida y auto reforzada de disolución de la verdad en una mezcla de ruido, interés, morbo, espectáculo, violencia, indignación, fanatismo. Nuestro caos informativo —tan orgulloso de serlo— no es un accidente sino la forma en que hoy se organiza la realidad política, corporativa y mediática. Su lógica no busca remedio: busca obtener ventaja política o lucro.

El venenoso destaca la peligrosidad de este caos, donde lo extraordinario ya no es la mentira, sino la velocidad con la que una falsedad cualquiera puede convertirse en realidad social. Un vídeo manipulado, una foto fuera de contexto, una cifra inventada, en pocos instantes circulan por redes, cadenas de mensajería, portales y canales “alternativos” hasta que la repetición constante les confiere peso, visos de verdad. La repetición sustituye a la verificación; la viralidad, a la evidencia. Cuando la corrección llega (si llega), lo hace a destiempo y con menos audiencia que la falsedad original. El desajuste entre difusión y rectificación no es un fallo técnico: es constitutivo de la arquitectura envenenada del sistema.

Otra característica de este caos es la falta de ética que lo alimenta. La información se ha mercantilizado hasta el punto en que la credibilidad es un insumo prescindible si la pieza monetiza, genera tráfico, donaciones o adhesión política. Medios que alguna vez se definieron por la verificación compiten ahora por audiencias que premian la confirmación de prejuicios. Plataformas que diseñaron algoritmos para “conectar” usuarios han aprendido que la conexión más rentable es la que enciende la ira o el miedo. La indignación se convierte en moneda y la verdad en daño colateral. No hay conspiración única y maligna detrás de esto; hay un conjunto de incentivos que empujan y benefician a actores diversos —empresas, políticos, influencers, corporativos, gobiernos— a explotar la confusión.

Padecemos también una fragmentación deliberada. Donde antes existía un espacio público relativamente compartido, hoy conviven múltiples realidades paralelas. Cada comunidad informativa construye su propio archivo de hechos: lo que para unos es prueba irrefutable, para otros es montaje; lo que para unos es noticia urgente, para otros es propaganda. Esa fragmentación desde luego que no es neutral: es funcional a la confusión. Permite que narrativas incompatibles coexistan sin necesidad de diálogo, porque ya no se busca convencer al otro, sino reforzar la propia tribu. La consecuencia es que la política deja de ser negociación sobre hechos y se convierte en guerra de relatos entre bandos.

En contextos de conflicto global como el que actualmente enfrentamos, el caos informativo adquiere una dimensión ciertamente letal, advierte el arácnido. La guerra moderna, bien lo sabemos, se libra tanto en el terreno físico como en el simbólico: imágenes de bombardeos, testimonios de víctimas, mapas y filtraciones veraces o supuestas se convierten en munición. Cuando una falsedad sobre un ataque se propaga, no solo distorsiona la percepción; puede condicionar decisiones militares, obstaculizar evacuaciones y sembrar pánico entre poblaciones ya vulnerables, y desde luego aumentar o bajar el precio del petróleo o de las acciones de corporativos inversores. La desinformación es una herramienta que altera el curso de los hechos.

El escorpión no es ingenuo y no es dado a ver con romanticismo la respuesta pública a este caos: la saturación informativa ha hecho que la mayoría aprenda a desconfiar y se prevenga contra la manipulación y la mentira, pero esa desconfianza no conduce a un escepticismo crítico, sino que impulsa al fanatismo en uno y otro bandos, a una supuesta neutralidad escaldada de la política, o al cinismo puro. Si todo puede ser falso, entonces nada importa; si la verdad es relativa (o irrelevante como dijo el filósofo de lo “Estrictamente Personal”), la política se reduce a la gestión de incontables impresiones. La ciudadanía termina narcotizada ante lo abrumador del torrente desinformativo y es menos capaz de exigir responsabilidades y más proclive a aceptar narrativas que confirmen su identidad.

Otro elemento que contribuye al caos es la teatralización del poder. Gobiernos y líderes que instrumentalizan la confusión para consolidar apoyo o desviar culpas encuentran en el caos informativo un aliado perfecto. No necesitan convencer con argumentos, basta con sembrar dudas sobre la calidad moral del “enemigo” para manipular la respuesta colectiva.

Ante la confusión y el caos ha emergido también una narrativa recurrente que promete “soluciones” tecnológicas disruptivas o incluso impulsos educativos que suenan ingenuos frente a la realidad. El caos informativo no es un problema técnico que se arregla con filtros tecnológicos o cursos de alfabetización digital. Más bien es una condición social y económica que reproduce poder. Hay un ecosistema que funciona porque beneficia a quienes lo alimentan, lo que nos lleva a reconocer que la información y la desinformación se han transformado en recursos estratégicos manipulables y que la vida pública lo ha aceptado.

En una sociedad donde la verdad es un botín disputado y la información un campo de batalla permanente, las decisiones colectivas se toman en un terreno movedizo donde la memoria y la misma vida pública se fragmentan en relatos irreconciliables. Y mientras esa condición persista, la política, el espacio corporativo tecnológico y el ecosistema mediático seguirán concentrados, en buena medida, en la administración de la confusión y el caos.

El venenoso se despide desconsolado con una cita de José Emilio Pacheco:
“¿Pero a dónde huir de los centros comerciales, las máquinas, los ruidos, los anuncios, los plásticos, los televisores, los automóviles, los teléfonos, los bancos, los ejércitos, los gobiernos? A cualquier lugar fuera de este mundo”.

Alejandro De la Garza

Alejandro de la Garza. Periodista cultural, crítico literario y escritor. Autor del libro Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana (Cal y Arena, 2011). Desde los años ochenta ha escrito ensayos... Ver más

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