Susan Crowley
Los silencios de Luis Felipe Ortega
21/03/2026 - 12:03 am
"Luis Felipe Ortega es un estratega que elije borrar, rayar, tachar. Antes del arte está la filosofía, y el arte de hacer es primero idea".
Más allá de la simple vista, un paisaje se conforma de los mundos interiores que provoca. Sueños, vigilias, la memoria interviene para revivir el tiempo que escapa. Silencios, contemplación, abismos insondables, naturaleza que invoca otros tiempos, otras atmósferas. Soplo de bruma en el que el artista emprende su búsqueda. Exhibida actualmente en Le Laboratoire, la obra de Luis Felipe Ortega (México, 1966) inicia con un paisaje habitado por el tamiz de su mirada. Más allá de la contemplación y el abandono, es un espacio de melancolía que despliega conversaciones silenciosas, murmullos que apremian al espectador a sumergirse en aquellas voces que Ortega revive en su obra.
Como si de un libro se tratara, en el que cada página representa una idea, un encuentro, una provocación, el prólogo de la exposición sería la obra "Sin título (geometría sobre horizonte - y una idea compartida con Beckett)", que invita a múltiples lecturas y posibles comuniones: Sugimoto y sus horizontes ya sea en Japón o en algún país nórdico; Panofsky y la perspectiva invertida en un punto de origen lejano que apunta al infinito, a nosotros; Malevich y el suprematismo que sin palabras enuncia, construye fortalezas que nos resguardan; Turner y sus torbellinos y ráfagas de viento que giran de manera concéntrica, anunciando el sosiego después del naufragio, soufflé que el artista ejerce en el pigmento; Angelopulos y su perturbador "Paisaje en la Niebla". También se vislumbra la indistinción amazónica, un amanecer en Machupichu o la noche de invierno en Central Park. Y desde luego Beckett y su presencia silenciosa a la que Ortega pareciera acudir como un acto de sanación.
Como lo apunta Daniel Montero, el artista decidió alejarse de su generación para voltear la mirada hacia el sur global. Afortunado viraje que le ofreció un trópico lleno de relatos, de otras formas de habitar el paisaje. A raíz de sus viajes y largas estancias en Brasil, Ortega ha llenado de simultaneidades insospechadas su trabajo. Pero, así como un determinado encuentro sólo puede darse una vez, ya que el tiempo, el espacio y las personas nunca seremos las mismas, en esta exposición se intuye una urgencia: apurar en los cuadernos, elaborados primero como apuntes de un diario, más tarde trasladados a planos de gran formato, aquellas ideas que van y vienen, que juegan con la memoria. En las obras expuestas en "Y donde estás (es donde no estás)", existe una constante, una cierta agitación, probable intento de reivindicar el tiempo, sus autores, los momentos vividos.

La obra de Luis Felipe es una vasta conversación abierta al tiempo y a nosotros. Como en un pentagrama, donde las notas establecen recorridos, sus grafismos crean tensiones musicales en las que el punto y la línea se manifiestan. Perspectivas que generan espacialidades inesperadas que dejan que otras voces, tonos, ideas sean escuchadas y que de ser observadas nos seducen e invitan a utilizarlas como estrategia propia. Una suerte de conversación ilimitada, de atonalidades que se extiende y continúa más allá de la exposición.
"Sobre la noción de vacío (y un diálogo con Kawabata)" en sus tres versiones, son módulos de óleo sobre tela en los que el artista se entrega al juego del punto y la línea sobre el vacío. Una mirada más atenta nos muestra cómo el espacio está contenido por las muchas capas de óleo que anteceden a la figura dando soporte y abrigo a la composición; me hace pensar en un icono, que no encierra sino protege la imagen. En su totalidad, un manifiesto de cuerpos volátiles que actúan libremente. Presencia/ausencia, la obra del escritor japonés Kawabata que tantos momentos de erotismo nos ha regalado. Eros/vida, vacío/posibilidad, punto/origen, línea/trayectoria múltiple. Así, de pronto, nos convertimos en funambulistas enfrentados al desafío de la nada. Geometrías danzarinas se niegan a ser atrapadas y apuntan insolentes: "Y donde estás (es donde no estás)".
Una nueva puerta se abre hacia el espacio salpicado de formas escultóricas, creadas con péndulos, pesos, apariencias que juegan con nuestra percepción. Construidas a base de estrategias tridimensionales que han quedado apuntadas en los diarios de Ortega, se trata de cuerpos que parecen negarse a ser atrapados por el lienzo. Ese es el desafío, prolongar la mirada observadora, dejarse llevar y establecer nuevas e inéditas conversaciones.

Aún hay mucho por decir, pareciera indicar el recorrido. Toparse con "Algunos momentos en que algo pierde peso I, II, III y IV". Este paisaje nos invita a sostener la mirada, se antoja activar la mente. Un ejercicio fascinante. Son de nuevo paisajes que nos evocan aquellas ciudades suprematistas que Malevich creyó que existían en algún sitio, en otra dimensión. Si bien no son reales, son verdaderas y sus habitantes son las ideas, Ortega las convoca. Pero el factor humano, nuestro, invita a recordar que son diálogo. Esta vez se establece en murmullos. Son desdoblamientos que, de nueva cuenta juegan con nosotros para evitar el tedio de una geometría impositiva.
La negación a caer en los dogmas que alguna vez impusieron las vanguardias lleva al artista a trasgredir el espacio, a ejecutar acciones que han de cuestionar la tradición; una especie de parricidio necesario en el arte. Intervenir genialmente la genialidad, sin pretensiones, establecer espacios liminales, para obligarnos a salir de la confortable inacción contemplativa. Ortega es un estratega que elije borrar, rayar, tachar. Antes del arte está la filosofía, y el arte de hacer es primero idea. Mirar de nuevo al sur, alejarse de las estructuras frías, de las fórmulas dadas, como aquellos a los que admira y que han sido convocados: Oticica, Clark, Pape, toca al aprendiz lograr un conceptualismo humanizado.
Ortega mismo se exige la apostasía para explorar otros sitios, intersticios en los que la mirada apenas puede asomar. Ejercitar la trasgresión para poder reordenar el espacio. Quiero decir, reinaugurarlo, nombrarlo por primera vez. Y de nuevo establecer el caos que es inicio. Y si no quedara claro, es necesario observar "Sin título (cuadernos y ruidos II)", en la que la milimétrica cuadrícula, obsesivamente dibujada en negro y rojo, intenta sostenerse frente a los objetos que pululan a su alrededor. Un gesto arrebatado del artista nos recuerda esa escritura con la que Twombly irrumpía en sus lienzos; violenta, a punto de destruir, construye un más allá. El yo opera ejerciendo el poder del artista. Pero él lo sabe, su único dominio es de nuevo, el vacío.

Tal vez por eso, deambular por una exhibición de Ortega nos ofrece no sólo la intermediación con otros artistas y otros tiempos, también están convocados los distintos medios: la escultura, el dibujo, el video, la instalación y uno de estos días la exhibición de la obra creada por él en el Amazonas.
Se trata de una instalación de video que nos sumerge en los días de silencio obligatorio a los que Ortega se sometió en un viaje a través del caudal del Amazonas. Penumbras prolongadas en auroras que se niegan a amanecer. Ocasos que se traducen en silencios. Nostalgias que despiertan a un ritmo, a veces tenue, otras violento. Claustrofobias que recuerdan los pasajes en los que Herzog quiso revivir las aventuras de Fitzgerald, aquel soberbio y deleznable cauchero que se atrevió a lo inverosímil y que es inmortalizado y vestido de leyenda por el director alemán en su poderosa "Fitzcarraldo".
La filmación es un continuum, como lo son los paisajes de grafito, soplos de penumbra que ocultan y desocultan. Un intento de devolver la luz que esclarezca. Pero en esta secuencia, Ortega prefiere nombrarla sura, no se espera la claridad de un día soleado tropical. En vez de ello hay una incitación: habitar el misterio y lo que ofrece. ¿Qué es lo que hay detrás? Una voz trémula, como diría el poeta, que se lanza con una intención "Y donde estás (es donde no estas)". @Suscrowley
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