Melvin Cantarell Gamboa

Alegato contra la guerra

25/03/2026 - 12:05 am

"La guerra no está en nuestros genes ni forma parte de la naturaleza humana, es un instrumento de poder subordinado a intereses económicos y políticos".

Alegato contra la guerra
Una persona protesta contra la guerra. Foto: Xinhua

“Un imperio fundado en la guerra tiene que mantenerse
por la guerra y morirá por la guerra”
Barón de Montesquieu

“La guerra es una infamia que debe ser
eliminada a toda costa.
El que marcha alegremente a la invasión de otro país, ya se ha ganado mi desprecio”
Albert Einstein

“Es preferible morir a odiar y temer;
es preferible morir dos veces a hacerse odiar y temer”
Federico Nietzsche

¿Quién querría una guerra? La respuesta obvia: el insensato, el deficiente moral falto de inteligencia ética, de espiritualidad y sabiduría, porque desprecia la enseñanza, la historia y a la humanidad o, lo que es igual, alguien como el actual Presidente americano. En términos objetivos, las guerras responden a dinámicas complejas de carácter sistémico impulsadas por ambiciones económicas, políticas y sociales de dominación; elementos explosivos que en manos de gobernantes irresponsables y élites que sólo desean acrecentar sus riquezas recurren a nacionalismos extremos para alcanzar sus fines reduciendo la razón y los actos humanos en herramientas de cálculo enfocadas exclusivamente a la utilidad y el beneficio económico sin considerar ningún principio ético que oriente sus conductas, pese a ser estos fundamentos parte inseparable de la praxis humana (acción libre, consciente y reflexiva que va más allá de la razón subjetiva dominada por la emociones, para, elevarse a la razón objetiva que involucra dialécticamente lo real con las acciones humanas y sus consecuencias morales).

Históricamente el militarismo nunca ha sido un recurso defensivo de legítima defensa ni los ejércitos protectores de la paz, desde una posición pacifista, las guerras responden a patologías fundamentadas en la avaricia y la codicia, de ahí que al ambicioso le sea fácil recurrir a la guerra para alcanzar sus fines, empieza por demonizar y presentar a la víctima como un enemigo existencial, lo acusa de terrorista, de poseer armas letales o de estar armando bombas atómicas que amenazan su autoconservación y seguridad nacional para concluir, con perfidia, que hay que destruirlo; se trata de un recurso retórico eficaz que deshumaniza al adversario; la mentira ha funcionado por siglos y confundido a la opinión pública al grado de obligar al ciudadano común a ver la aniquilación de otros pueblos, no como un abuso de poder, sino como responsabilidad moral ineludible de un gobernante soberbio y belicista.

La guerra no está en nuestros genes ni forman parte de la naturaleza humana es un instrumento de poder subordinado a intereses económicos y políticos de carácter irracional: desmesura, codicia, odio o arrogancia que altera el orden social y conduce a la destrucción de los débiles. Sólo la dominante mentalidad belicista de Occidente hizo creer a Thomas Hobbes (Leviatán) que la guerra es el estado de naturaleza de la humanidad; según este filósofo inglés, los hombres, a causa de su disposición a la violencia, viven en estado de guerra permanente en que cada individuo lucha por su supervivencia y sobrevive el más fuerte; la paz es una construcción artificial que sólo puede alcanzarse con el orden obtenido mediante un pacto social, la imposición de leyes y el establecimiento de una autoridad. Por otra parte el filósofo y sociólogo ingles Herbert Spenser (Decadencia de Occidente), en la búsqueda de una explicación biológica para la moral y la organización social extrapola a las sociedades humanas la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin; Spencer considera la guerra como parte necesaria del mecanismo de evolución de las sociedades; las confrontaciones, escribe, se han dado a lo largo de la historia, explican el sometimiento y la esclavitud de los hombres y los pueblos, las desigualdades económicas, las diferencias raciales y las guerras entre los las naciones; sus tesis sirvieron para justificar el racismo, el fascismo, el nazismo y los imperialismos.

Desde el punto de vista de la razón objetiva, las guerras representan el fracaso absoluto de la razón y el entendimiento humano, sus resultados se miden en el recuento de vidas perdidas, los recursos materiales y culturales destruidos y los perjuicios infligidos la libertad y la dignidad de los vencidos; la guerra es un círculo destructivo que acaba con la prosperidad de los pueblos y asesina a centenas de millones de no combatientes (el 90 por ciento de las bajas en los conflictos bélicos son civiles). A grandes rasgos, durante la Segunda Guerra Mundial murieron 80 millones de personas, 90 por ciento de no combatientes, 20 millones en la Unión Soviética; en la guerra de Corea (1950-53) murieron más de tres millones de civiles; cuatro millones en Vietnam; en Irak y Medio Oriente, un millón y el promedio se mantuvo en muchos otros conflictos que por falta de espacio no puedo enumerar; a estos crímenes hay que sumar la infinidad de muertes producto de sanciones y bloqueos a Cuba, Medio Oriente y otros Estados; estos mecanismos no militares, debieran ser considerados actos de guerra por los daños mortales que generan como lo prueba la reciente investigación de John Mearsheimer, (ver La Jornada, 11 de marzo 2026) en ese trabajo, el experto en relaciones internacionales, muestra que dichas medidas han provocado, en los últimos años, 38 millones de muertes alrededor del mundo al condenar a los habitantes de los país víctimas a pasar hambres y dolor; la tasa anual de víctimas es de 564 mil 258 personas por año, un homicidio silencioso masivo que no debe ocultarse.

En el mundo del capitalismo Estados Unidos es el país más guerrista de la historia, durante sus 250 años de independencia ha estado en guerra continua con el mundo, según registros históricos, todo ese tiempo, sólo ha gozado de paz total 15 años, ha participado en 114 conflictos enfrentando directamente a 30 países en guerras formales, más decenas de invasiones a otros territorios en Europa, Asia, Medio Oriente y Latinoamérica, su hostilidad no tiene fin. Su actual presidente se lleva el trofeo del más guerristas de los jefes de Estado yanquis a causa de no entender lo que hace, Trump no ve el bosque porque los árboles se lo impiden a falta de sabiduría, inteligencia y racionalidad. Ser racional significa situarse en relación armónica con lo sensible, ser inteligente significa no fiarse de los impulsos, no obedecer a las emociones ni a las pasiones, aprender a dominarse, empezando con la sensibilidad, ya que entendimiento y sensibilidad son inseparables.

¿Por qué afirmo que tampoco es sabio? El 12 de julio de 2012, este hombre hizo mención al libro El arte de la guerra de Sun Tzu, filósofo, general y estratega chino del siglo VI a. de n. e., en especial a una de sus máximas: “El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar, utilizar la negociación como estrategia política valiéndose del engaño y la sorpresa”; sus asesores James Mattis, Steve Bannon y otros han hecho también referencias a este texto, pero ninguno de ellos ha hecho mención alguna a las partes ajenas a la estrategia militar, en especial a aquellas donde Sun Tzu condena la guerra que justifica sólo en dos casos: resistir una agresión o ayudar a un aliado atacado. Sin ser pacifista Sun Tzu, fue hombre pragmático, como filósofo hace una dura condena moral a la guerra y aconseja que antes de entrar en combate es conveniente agotar las posibilidades de entendimiento a fin de evitar daños irreparables y reducir los costos materiales derivados del conflicto, dice literalmente, “la guerra no es el camino de la seguridad, sino hacia la ruina de los combatientes, nadie sale ileso de la lucha pero sí arruinado, ninguna guerra debe tomarse a la ligera; sólo el hombre sabio sabe cómo ganar rápido con la menor violencia posible. Solo los sedientos de sangre, los despiadados criminales a quienes falta prudencia y sensatez gustan de celebrar la destrucción y se jactan de victorias anticipadas. La historia condenará a todos aquellos que creen poder triunfar sobre el mundo”.

A dos mil 500 años de distancia, Sun Tzu envía otro contundente mensaje a los jefes de Estado que creen poder alcanzar sus objetivos mediante el uso de la fuerza: “la guerra agota todo tesoro público, causa daños irreparables a las tropas y a su propio pueblo al que deja vulnerable ante otros enemigos que esperan su debilitamiento. Sólo el estúpido ama la batalla por la batalla misma, lo que es por sí mismo un peligro. La victoria suprema es la no-guerra, este es el ideal del estadista, que antes de entrar en batalla vence sin combatir; la fuerza bruta, sitiar ciudades y masacrar a su población es una derrota de la inteligencia las guerras son fútiles y sólo sirven para el desarrollo de nuevos movimientos de resistencia”.

Es más, sí quienes rodean al Presidente de los Estados Unidos fueran un poco más ilustrados y al mismo tiempo quisieran saber algo más sobre la sabiduría china y la inutilidad de la guerras, se acercarían a El libro del Tao de Lao Tsé, ahí se enteraran que los pueblos no hacen la guerra, los conflictos armados son una desviación trágica de la armonía del orden natural, surgen de la ambición, la soberbia y desmesura de gobernantes ambiciosos que en contextos de excesivo poder, ira y megalomanía furiosa se concretan en actos de violencia sin medida; las armas, en tanto instrumentos de destrucción, debieran ser detestadas por todo ser viviente y, sí se gana una guerra, no debiera haber motivo que celebrar, la victoria debe ser vista de la misma manera de un funeral; el verdadero líder prefiere la retirada al ataque, la humildad a la prepotencia y la paz al triunfo por las armas. Este es el verdadero sentido de la frase de Sun Tzu, “ganar sin luchar”.

En esencia a toda guerra le es inherente la destrucción, acaba con bienes materiales y recursos, destruye vidas humanas, afecta psíquica y moralmente a los sobrevivientes pues, aniquila toda posible cooperación, convivencia y solidaridad entre seres humanos y altera el comportamiento ético en las relaciones humanas. Esa es la razón por la que al interior mismo de los Estados Unidos abundan las críticas al belicismo estadounidense; destaca sobre todos ellas las de Howard Zinn, quien en su libro Por qué falla la guerra hace una severa condena de la invasión a Irak en 2005; afirma que USA con la falsa acusación de terrorismo y poseer armas letales invadió y arruinó a ese país (la acusación que nunca se probó); escribe Zinn: “La guerra contra el terrorismo es una contradicción de términos, toda guerra es terrorismo” y adelantó para el conflicto con Irán la siguiente premonición: “Lo que se conoce como la guerra contra el terrorismo no es sólo una guerra contra personas inocentes de otros países, también es una guerra contra el pueblo de los Estados Unidos: Una guerra contra nuestras libertades, contra nuestros niveles de vida.

Le roban al pueblo la riqueza del país para dársela a los ricos. Roban la vida a nuestros jóvenes. Y los ladrones están en la Casa Blanca” (Howar Zinn. Sobre la Guerra. La paz como imperativo moral. Editorial Debate. 2007). Efectivamente, los bombardeos a Irán serán inútiles para lograr los objetivos deseados por Trump, la ofensiva conmocionará y aterrorizará a los iranies, generará caos a escala internacional e incluso podrá llevar a una tercera guerra mundial (la cuarta, predijo Einstein, se hará con palos y piedras), pero no brindará estabilidad al Medio Oriente ni Irán se convertirá en una copia de Estados Unidos.

Para concluir, vista la guerra desde un punto de vista ético, matar no es distinto a un asesinato común; los actos de guerra han de considerarse a partir de la idea de autoconservación de los seres humanos y el derecho de los pueblos a poseer un territorio; todo acto de violencia tiene límites de carácter moral que el atacante debiera considerar, no sólo por su valor legal, sino en tanto accione humanas sujetas a principios de justicia, responsabilidad y humanidad. Incluso en circunstancias extremas antes de atacar hay que inclinarse por el uso de la fuerza mínima, diferenciar entre combatientes y civiles, que los dirigentes son responsables de sus actos y que los soldados no son máquinas obedientes faltos de conciencia, voluntad y sumisión ciega al déspota y a sus superiores, en circunstancias de abuso de fuerza, las tropas tienen la prerrogativa, el derecho inherente a su capacidad racional conforme a su consciencia de oponerse a toda mentalidad belicista que trastoque la ética de la paz que la inmoralidad militarista parece haber olvidado.

Melvin Cantarell Gamboa

Nació en Campeche, Campeche, en 1940. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es excatedrático universitario (Universidad Iberoamericana y Universidad Autónoma de Sina... Ver más

MÁS EN Opinión

MÁS EN Opinión